Los Papeles Olvidados es un espacio que recoge los excedentes de producción creativa de mi imaginación y que muestro como proceso final en relato, comentarios o recomendaciones. Es una forma de reflejar mi vida y mis pasiones: la literatura y la escritura, y que decido compartir con usted, contigo, con vosotros respetables y apreciables lectores. Blog abierto a la opinión, a la sugerencia, a la critica, a la creatividad.


miércoles, 30 de noviembre de 2011

La vida suficiente





- El verano es el punto y final de muchos años de convivencia, es el inicio de muchas vidas. –Dice el abogado a su cliente- Un porcentaje muy elevado de parejas rompe al finalizar las vacaciones. Está comprobado estadísticamente.
-Me dan igual las estadísticas. Eso es cosa del gobierno, de los políticos. Yo no quiero separarme de mi marido. –dice Doña María.
-Pero señora, -responde el abogado-. Su marido ya no la quiere. Quiere comenzar una nueva vida.
-No, él no puede comenzar ninguna nueva vida. Él me prometió amor eterno, lo juró ante la biblia y nuestro Señor Dios Todopoderoso hace sesenta y seis años.
-Pero, los tiempos cambian.
-Cambian –replica ella, con una fuerza inesperada- pero no para el amor. El me lo juró bien jurado y tiene que cumplirlo. Juntos hasta la muerte.
- Pero mamá –dice, Frasquita la hija mayor del matrimonio, con el fin de ayudar al abogado- Papá ya no te quiere. Se ha ido con otra mujer.
-Me da igual que se haya ido con otra mujer, no será la primera ni la última. ¿Acaso ese mequetrefe me tomó por tonta? Pero el divorcio no se lo doy. Antes muerta.
-No de usted ideas, Doña María, no de usted ideas, que ya tiene usted una edad.
-¿Me esta llamando usted vieja?- Increpa Doña María al abogado que acaba de arrepentirse de las palabras que ha dicho- Que sepa que tengo ochenta y cuatro años, no me casé mocita, pero a los dieciocho años le entregué mi vida al mozo Bernardo, quien ha estado conmigo todo este tiempo. Siempre ha sido muy caprichoso, pero este antojo no se lo paso. Separarse o divorciarse, me da igual lo que sea, como que no.
La señora María parece haberle cogido gusto a su temeroso interlocutor y sigue hablándole.
- El último caprichito del Señorito Bernardo, bajarse del barco en las islas griegas con una señora mucho más fea que yo y perderse por allí. Y ahora resulta que quiere el divorcio. Pues lo ha escuchado usted bien, Don abogado, no le doy el divorcio. Ni tampoco le dejo que regrese a casa, que se lo hubiese pensado antes. Ya he cambiado el testamento. Yo sé que por mi edad no me quedan muchos años de vida, aunque nuestro señor Jesucristo el Todopoderoso me va a regalar la vida suficiente para ver como ese mamarracho se arrastrara a mis pies.
-Pero mamá, si papa esta en una silla de ruedas, ¿cómo se va a arrastrar a tus pies?
-Yo lo veré con mis ojos, con estos ojos, si nuestra Virgen del Rocío, nuestra Virgen Esperanza de Triana y nuestro Cristo de Medinaceli, me lo permite. Arrepentidito vendrá a decirme que le recoja en mis brazos como lo hice hace sesenta y seis años, porque eso fue lo que hice, recogerlo en mis brazos para hacerle un hombre como dios manda, que si no vaya usted a saber lo que hubiese sido de él.
- Señora María, su marido, Don Bernardo –dice el joven abogado tímidamente- no quiere nada de usted. Sólo quiere que le firme los papeles del divorcio para volver a casarse.
-Volver a casarse, volver a casarse –refunfuña Doña María-. ¿Jamás le firmaré nada ha escuchado usted bien? jamás le firmare nada. Antes le hundo un chuchillo en cada ojo.
-Señora, por favor, -susurra el abogado, todo transpirado y nervioso-. Que me está usted hablando de asesinato.
-Aquí nadie esta hablando de asesinato- responde la anciana gesticulando y haciendo señas a su hija para que le acerque el bastón-. Vámonos, aquí se ha acabado lo que se daba.
La hija se lo acerca. Doña Frasquita con aire desafiador le señala al abogado con él.
-Recuerde, abogado, recuerde, “antes de divorciarme le hundo un cuchillo en cada ojo”.




© Miguel Urda

lunes, 21 de noviembre de 2011

Cuando llegué, mamá ya estaba alli



Estaba masturbándome, con una película porno de la televisión local, cuando me llegó un sms a mi móvil. La curiosidad pudo más que mi excitación sexual. El texto era conciso “le comunicamos que Cecilia Martínez Pimentel ha fallecido a las 23 horas y 58 minutos. Póngase en contacto con nosotros al siguiente número para los trámites necesarios”.



Por fin, mamá había muerto.


Mostré mi inmensa alegría con un profundo suspiro, a pesar de que con lo ocurrido me bajase la erección por completo y me hubiese fastidiado mi paja nocturna.


Llamé al teléfono indicado. Asentí a todo lo que me dijo la voz, como si aquella conversación fuese ajena a mí. Cuando colgué me di cuenta de que no sentía pena, no había llorado, ni tenía ganas de llorar.


Me duché sin prisas, me vestí con el pantalón y la camisa negra que tenía preparados para la ocasión. A pesar de ser principios de junio la noche era bastante calurosa.


En el ascensor me di cuenta que ahora comenzaba una nueva vida. Mi propia vida. Anduve unos cuantos pasos por la calle cuando decidí volver a casa, necesitaba mostrar mi alegría de alguna forma en esta situación y sólo era posible hacerlo interiormente. Me acordé de los calzoncillos rojos de fin de año. No los encontré en el cajón de la ropa interior, ni de los calcetines ni en el de las camisetas, no estaba por ningún lado; rebusqué en el cesto de la ropa sucia, ahí estaban, casi en el fondo. No recuerdo cuando fue la última vez que me los puse. Los olí, estaban sucios pero los calzoncillos de un día no desprenden mucho olor. Me quité los pantalones y la ropa interior, también negra, me coloqué los slips rojos y de nuevo los pantalones. Era una forma de engañar al luto.


El taxista no tuvo mucho problema de tráfico en la madrugada para llevarme al tanatorio. Cuando llegué, mamá ya estaba allí. Siempre era la primera en todo, incluso hasta en la muerte. Mamá tenía el mismo rostro agrio de siempre, solamente se la veía un poco más delgada tras el cristal. Me acordé de los calzoncillos rojos, y en ese momento me entró un golpe de culpabilidad: estaba delante de mamá con unos calzoncillos sucios, y sin sentir un ápice de dolor.


Pensé que debía comunicarle su fallecimiento a alguien, pero ¿a quién llamar?, ¿a quién debía decirle que mamá había muerto? No tenía a nadie, sólo la tía Puri en el pueblo, pero eran las 4:47 horas, por lo que preferí esperar a una hora prudente, pero para la muerte ninguna hora es buena. También llamaría a mi compañera de trabajo, aunque igual le fastidiaba el domingo.


Debía de estar triste, mostrar pena, pero no podía, siempre he sido muy mal actor.


Al entierro vino más gente de la que yo esperaba. Todos los compañeros de trabajo más cercanos. La vecina, (que me llamó a primera hora de la mañana pues según me dijo me vio salir con el gesto muy preocupado en la madrugada), y varias más cuyo nombre desconozco o me es difícil recordar en estos momentos.


¿Cuántos besos al aire habré dado y recibido en estas horas?, ¿y abrazos?, ¿y palabras de consuelo? Yo solo tenía en mente una cosa, el olor que podría desprender mis calzoncillos rojos y cada vez que daba o recibía un beso lo pensaba; el abrazo implicaba un acercamiento aun mayor, lo que producía más posibilidades de que detectaran un olor extraño en mí.


Durante todo el día no sentí pena por mamá. Me preocupaba el olor de mis calconzillos. Era la primera vez que hacía algo y mamá no podía opinar, ni meterse conmigo, ni echármelo en cara.


No probé bocado desde que cene la noche anterior. Alguien me trajo un termo con caldo, estaba bueno, era un caldo casero como el de toda la vida. Pensé que los fabricantes de caldo en tetrabrik deberían investigar mucho más para conseguir acercar un poco más sus productos al tradicional. Me regañé a mí mismo, como podía estar pensando en cosas en así en lugar de pensar en la muerte de mamá.


Tía Puri no ha podido venir. Sus 82 años se lo han impedido. Me ha sido muy difícil comunicarle la noticia de mamá, cada vez está más sorda. Creo que tampoco ha sentido la muerte de mamá.


Después de comer vino mi jefe con su esposa. El olor a vino que desprendía podía camuflarse con el olor que podían desprender mis calzoncillos. Aparentaba más pena que yo a pesar de no conocer a mamá. Es un buen actor.


El final del velatorio ha sido muy rápido. Parecía una obra de teatro, el cura, el sepulturero, las flores como decorado... todos hacían su papel a la perfección en la función de las siete de la tarde.


Volví solo a casa. Mi compañera quiso llevarme pero le dije que no, que necesitaba la soledad de ese instante. En realidad desde ese momento es cuando estaba completamente solo en la vida.


Nada más llegar me quité la camisa, los pantalones y los calcetines. Me resistía a quitarme los calzoncillos, siento que el rojo es la llave de la puerta de mi nueva vida.



© Miguel Urda

jueves, 10 de noviembre de 2011

ESCRIBEME




“Todo ha concluido, todo ha concluido”. Iban rechinando esas palabras en su mente. Tenía que escribir un artículo muy especial para el periódico. Su último artículo. Y no es porque le hubiesen despedido o prescindido de su columna. Había sido por decisión propia, ya no escribiría más.
Días atrás descubrió que había perdido la ilusión por escribir, era incapaz de crear historias para sus relatos, ni sus dedos eran capaces de teclear palabra alguna coherente. Ya no pensaba en el artículo diario, en el relato semanal. Del periódico le llamaron preguntándole qué le pasaba. Les dijo que estaba enfermo, que tirasen de archivo, del fondo de artículos guardados para la ocasión.
A la comodidad uno se acostumbra pronto. Comenzó a acostarse y a despertarse tarde. Dejó de pensar en el agobio de tener que entregar la columna diaria; de tener que estar pensando constantemente qué escribir; los personajes de la novela que nunca conseguía encontrar el ritmo para continuarla parecieron descansar.
Apenas bastaron quince días para olvidar que había sido escritor.
Descubrió las comunidades virtuales de juegos y les dedicaba horas y horas cada día
Una madrugada al acostarse con la ilusión de haber ganado tres casas y un hotel en la Calle Serrano, del juego Monopoly, el sueño no le llegó. Pensó que era a causa de la emoción. Ya sólo le faltaban muy pocas calles para ser el dueño completo de Madrid. Para intentar conciliar el sueño volvió al ordenador. Allí estaba, delante de él, en blanco, y escrito en letras Times New Roman y tamaño 48, “ESCRÍBEME” y sin haber pensado en nada comenzó a pulsar las teclas. Le había salido un relato de un folio, y había seguido la misma trampa que utilizaba cuando no sabía qué escribir, comenzar el relato por la primera palabra que viese escrita y allí estaba “ESCRÍBEME”. Escríbeme, por favor, te lo suplico, no puedo vivir sin noticias tuyas...
No le dio importancia a ese relato, ni a la siguiente noche cuando el ordenador a la misma hora que el día anterior se encendió y en el folio había escritas las palabras “sigue escribiendo”.
Cuando “La reina Palmira”, protagonista de su novela, le despertó de los sueños preguntándole qué pasaba con ella, que estaba a punto de perder su poder. Comenzó a preocuparse, pero un poco aturdido por la situación. Se excusó ante ella por semejante olvido y volvió al ordenador. Tecleó hasta bien adentrado el día.
Sólo cuando puso la palabra FIN a su novela consiguió salir del estado hipnótico en que había entrado se preguntó ¿qué había pasado? El había decidido dejarlo todo, estaba cansado de la presión de escribir cada día, de las teclas, de tener que inventar una historia para cada semana. Tan imbécil era que había sucumbido por la losa de su profesión.
Se acordó del Monopoly. Había perdido todo, sus casas, sus hoteles, estaba en bancarrota y le tocaba estar tres turnos sin tirar. Él, que había pensado que todo estaba acabado vio en ese juego la forma de encauzar su vida. A base de estar horas postrado delante de la pantalla fue recuperando territorio, su economía virtual emergía. Iba ganando posición. A punto de adquirir una casa en la calle Velázquez, un documento en blanco de Word se abrió ocupando toda la pantalla. En él dos palabras estaban escritas “HAZME TUYO” y comenzó a hacer lo que le proponía el papel. Se bajó los pantalones, los calzoncillos, comenzó a masturbarse y cuando llegaba al final, mientras salpicaba a la pantalla, grito, “TODA PARA TI, PERO DEJAME EN PAZ”.



© Miguel Urda

martes, 1 de noviembre de 2011

Cuestión milimetrica



Patricio Durán pensó que había llegado la hora de planificar con exactitud su muerte. Era una persona que no le gustaba dejar nada al azar. Toda su vida se había regido por una actitud milimétrica. Se había casado con Estrella Estévez porque así sus hijos seguirían la regla alfabética que instauró su padre. La ceremonia nupcial tuvo lugar un 30 de junio, cuando contaba cuarenta años, a la extraña hora de las doce de la noche, porque así estarían en el ecuador del año y de su vida. Tuvieron dos hijos, Carolina Durán Estévez y Calisto Durán Estévez. Ahora maldecía los avances médicos que permitían poder programar un parto. Según sus cálculos su hija nació con dos días de antelación y su hijo con una semana de retraso, de ahí que la vida no le fuese todo lo bien que les hubiese correspondido.
Para que su esposa no le jugase una mala pasada, esta murió accidentalmente al caerse por las escaleras de la casa un treinta y uno de diciembre, instantes antes del comienzo del nuevo año y que según sus cálculos sería el año de la riqueza individual.
Había quien tachaba a Patricio Durán de extravagante, pero no había nada reprochable en él.
Desde que se jubiló, su vida comenzó a tomar un inesperado rumbo y que significaba el inicio de una nueva etapa. Comenzó a estudiar trigonometría, algebra, calculo, astronomía, llegando incluso a hacer un viaje a las islas con el fin de estudiar las mareas. Al regresar de dicho viaje se metió en su estudio, saliendo de él únicamente para comer; dormía en una cama plegable, no permitía la entrada a nadie; se convirtió en un ermitaño. De vez en cuando un ruido en forma de queja traspasaba hacia el resto de la casa.
Decidió regresar al mundo un veintinueve de febrero, a las doce en punto de la mañana ante el asombro de sus hijos. No dio ninguna explicación sobre sus estudios o el tiempo empleado allí dentro. Buscó algo en la guía de teléfonos, anotó la dirección en un papel y dijo que volvería para la hora de comer. Regresó a casa acompañado de dos hombres que portaban un ataúd.
-Por aquí, por favor –decía Patricio dirigiendo a los operarios.
-¿Esto que es? –gritó la hija al ver semejante cosa mientras se limpiaba las manos en el delantal.
El padre permanecía ajeno a los gritos de la hija.
-Colóquenlo aquí, por favor, en el comedor. Sólo lo utilizamos para la cena de Navidad. Es bonito, ¿verdad? –dijo mirando a la hija.
-¿Te has vuelto loco? –Gritó su hija Carolina a los porteadores-. Ya se están llevando eso de aquí.
Patricio siguió sin hacer caso a los gritos de la hija.
Los operarios colocaron el ataúd en el suelo, lo abrieron, y del interior sacaron uno caballetes plegados, los desplegaron, con la vista midieron la distancia y colocaron el armatoste encima de él.
-¿A qué es precioso? –preguntó, Patricio a su hija esbozando una sonrisa.
-¿Te has vuelto loco? –gritó, aún más fuerte, su hija. -¿Te has vuelto loco?-.
El padre dio las gracias a los trabajadores. Le puso un billete en la mano a uno de ellos cuando se marchan.
-Para que se tomen una cerveza- les dijo-. Hija, acompáñalos a la salida.
Se ha quedado sólo en el salón, despacio se acerca a él, es de lujo, modelo inglés, de color caoba, tapizado en nido de abeja con sudario blonda, realizado a mano con maderas nobles procedentes de los bosques de la India. Lo acaricia, le susurra algunas palabras. El ataúd parece responderle. Patricio sonríe. Todo esta milimétricamente calculado.



© Miguel Urda