Los Papeles Olvidados es un espacio que recoge los excedentes de producción creativa de mi imaginación y que muestro como proceso final en relato, comentarios o recomendaciones. Es una forma de reflejar mi vida y mis pasiones: la literatura y la escritura, y que decido compartir con usted, contigo, con vosotros respetables y apreciables lectores. Blog abierto a la opinión, a la sugerencia, a la critica, a la creatividad.


jueves, 15 de diciembre de 2011

Silencio, la etiqueta me hace cosquilla



Perdóname mamá. No sé como ha sido o si yo he tenido algo de culpa. Sabes, me resulta difícil articular palabra y eso que lo intento.

Te voy a decir la verdad: le temía a este momento, encontrarnos frente a frente.

Aquí hace frío mamá, así que abróchate un poco la rebeca negra, no vayas a resfriarte. A partir de ahora tienes que cuidarte un poquito más por ti misma. Me preocupa ese gesto tan serio que tienes. Prefiero verte con algo de expresión, para poder interpretar tus sentimientos, así me das miedo. Solamente escucho tu fuerte respirar. Cuánto silencio hay aquí ¿verdad, mamá?

No sé como me verás, pero noto mi cara algo hinchada ¿Cómo me ves tú, mama? ¿Estoy guapa? La noche en que todo pasó si lo estaba. Me lo dijiste cuando salía de casa: “que guapa vas, Paloma. No vengas más tarde de las doce y ten cuidado, que la noche es más profunda y peligrosa que un abismo” “No te preocupes que lo tendré te respondí”. Y lo tuve, mamá, tuve cuidado. Desde bien tempranito me inculcastes el sentido de la responsabilidad. Eso no me lo podrás reprochar. Siempre fui una niña responsable en todo.

Me gustaría contarte con todo detalle como sucedió, pero no quiero hacerte sufrir más. Bastante tienes con todo lo acontecido en estos días. Por cierto, mamá, he perdido la noción del tiempo ¿cuantos días han pasado? ¿Dos? ¿Tres? Me mata estar a expensas todo el día de la luz artificial de esta habitación.

Yo volvía para casa y no era muy tarde. Me había despedido de mi amiga Clara en la esquina, donde siempre lo hacíamos. No le tenía miedo a ese camino, estaba iluminado y nunca había pasado nada. Sí que me sorprendió que una voz familiar dijese mi nombre saliendo de la oscuridad y a esas horas de la noche. Me preocupó más que hubiese pasado algo en casa. Me dijo que no, que no pasaba nada, pero la migraña no le dejaba dormir y que iba a la farmacia de guardia a comprar algún remedio para intentar aplacarla. ¿Por qué no me acompañas y después nos vamos los dos juntos? No tuve porque sospechar de él y no me pareció nada malo acompañarlo, la farmacia no estaba muy lejos. Me fue preguntando si ya salía con algún chico, que no le parecía bien que yo fuese tan reservada, que podía contar con él para lo que quisiese, que le gustaba mucho el corte de pelo que me había hecho para el verano y que esa noche iba especialmente guapa; alabó la pureza de mi alma; mi forma de pensar; mi actitud ante la vida en una chica de catorce años.

La farmacia a la que fuimos no era la que estaba de guardia miramos cual era la próxima y nos dirigimos a ella. Él continuo hablando sobre mí: de la felicidad que yo emanaba; de lo contento que se había puesto al saber que había aprobado los exámenes de junio. Íbamos tan ensimismados en la conversación que no percibí que nos habíamos desviado de nuestro camino. No vi nada extraño en ningún momento, solo al final, porque todo fue tan de repente. Oye, ¡que por aquí no es le dije! Sí, sí es por aquí. A lo cual me agarró del brazo y me obligo a caminar por donde él decía. Las luces del pueblo habían perdido intensidad. Yo protesté, mamá. Quise volver, dar marcha atrás, pero apretó mi brazo, y con dura voz me dijo: ¡vamos! Estaba muy oscuro y pisábamos tierra y fue todo tan horrible, mamá, que no te voy a contar los detalles de lo que pasó.

Por tus gestos puedo ver que te estarás haciendo reproches por haberte enamorado de un hombre así. Pero no te preocupes, mamá, tú no tienes culpa. Mi juventud no me ha permitido conocerlo muy profundamente, pero por lo poquito que sé y por lo que dicen el amor es ciego.

¿Por qué no me cuentas que pasó después? ¿Al ver que yo no llegaba a casa? Me gustaría saber si lo han encontrado ¿Crees que lo tenía todo planeado? Ahora entiendo muchos de sus comentarios, de sus bonitas, y lo que parecían, espontáneas palabras: eres más linda que el cielo; eres la esencia de mi vida.

Mamá, me gustaría escuchar tu voz. Me impone tu silencio. Por favor, di algo: llora, grita, ríe a carcajadas pero, di algo mamá. Ha sido un golpe muy duro, pero no sé para quién ha sido más doloroso, si para ti o para mí.

Lo prefiero así, mamá. No importa que llores, mamá, no importa. Llora, deja que aflore tu rabia a través de las lágrimas.

¿Qué cosas estarán pasando por tu cabeza, mamá? Tengo curiosidad por saber que pasó después. Pero no creo que ahora estés preparada para contármelo. Quizás cuando veas las cosas con algo más de sosiego, podrás háblame de ello. Ha sido un duro golpe para las dos.

Me gustaría pedirte un último favor, mamá. ¿Podrías mover un poquito la etiqueta que cuelga del dedo gordo de mi pie izquierdo? Me está haciendo cosquillas.


© Miguel Urda






9 comentarios:

MANUEL DELGADO dijo...

tienes razón en lo de mi blog... ;-)

Elysa dijo...

¡Jolines, Miguel! que a mitad del relato ya me has puesto un nudo en el estomago... Si esa era la intención al escribirlo, lo has conseguido.
Me ha gustado, aunque me ha dejado mal cuerpo.

Besitos

Pedro Sánchez Negreira dijo...

Un relato duro, Miguel, crudo, cruel.

Has conseguido una estructura narrativa en la que la acción sugerida se va enturbiando hasta oscurecer el ánimo del lector. Nos sumerges en la desdicha de la protagonista, en el desasosiego de su madre, en el ambiente mortecino del relato.

Apuesto por tus letras y por que te mantengas al pie del blog.

Un abrazo.

Ximens dijo...

Vale, Miguel, puedes cerrar el blog, siempre es mejor finalizar con un relato extraordinario que andar quejándose durante meses de que ya no sirvo. Venga, hombre, si lo haces muy bien y cada día mejor. Ya sé, lo que te gusta es que doremos la píldora.
Este relato se lee estupendamente, creas una necesidad de saber más. Desde el principio se sabe que está en la nevera mortuoria (la etiqueta además es única). Me sorprende la duda inicial de si ella le provocó. El tono está muy conseguido y las preguntas. Otro acierto es que la madre no responda en ningún momento, así creas la incomunicación que existe entre ambos mundos. El final es simpático y deja una gota de humor en este drama de la violencia de género. Quizás el título no me acaba de convencer, y supongo que el efecto del final gana si el relato no aparece precedido por la foto, pero esto son detalles sin importancia. No lo dejes, Miguel.

Nuria dijo...

Yo no estoy aprendiendo a escribir relatos y no sé nada de este mundo de la escritura pero este se que está muy bien porque me ha llevado a sentir la angustia de la situación que planteas , muy bueno y muy duro .

Besillos. Nuria C.

AtHeNeA dijo...

Tu relato traslada al lector a lo vivido, las palabras marcan la intensidad de las sensaciones percibidas, las cuales aumentan poco a poco hasta llegar a la dureza del desenlace.

Enhorabuena;

Saludos desde isla de luz

L.P dijo...

Miguel, un relato estremecedor. Logras transmitir las emociones de los dos personajes, mostrar la situación. Impresionante.

Ximens dijo...

Y ava siendo hora de leer otro relato tuyo.

Farmacias de guardia Cadiz dijo...

Este post me parece muy ilustrativo e interesante, gracias por compartir.