4/02/2012

Un Marlon Brandon Muy particular -2ª parte-





Cuando usted venía a casa, frecuencia que fue aumentado con excusas banales conforme yo iba creciendo y adentrándome en la adolescencia, yo corría a meterme al cuarto que compartía con mi hermano alegando que tenía que estudiar, pero usted bien que se las inventaba para que yo saliese a saludarla, tanto a la llegada como a la partida y a darle dos besos.
¿Qué edad tendría usted por entonces?
Un día se lo pregunté a mi madre, la cual me contestó que había cinco años de diferencia entre Doña Paquita y ella.
- ¿Y cuántos años tiene usted, madre? –le pregunté.
- Doña Paquita cumplió en el mes de las flores cuarenta años, pero ya la ves, hijo, está como una flor ceniza, viuda, sin hijos y con una mirada de mujer marchita.
Desde que mi madre me la definió así, usted cobró una atención especial para mí. Aunque seguía rehuyéndola, pero cuando usted me acosaba, me fijaba en todos sus detalles. Lo primero que pude comprobar eran sus ojos. Intenté buscar lo que mi madre había dicho, pero yo no vi nada, solo unos ojos marrones. Tardé mucho tiempo en comprender la tristeza de sus ojos.
Me consta que yo fui importante para usted, pero usted no lo fue para mí. Guardé el secreto para siempre, su secreto. No era mío aunque, más tarde me di cuenta de que al callarme, me hice su cómplice. Fue la única pregunta que le hice en aquella primera visita que me hizo a la residencia de estudiantes:
-¿Qué cree usted que diría mi madre si supiese que me obligó a acostarme con usted?
Con su elegancia innata no respondió, dirigió su mirada a una orla con la fotografía de la promoción del año anterior a la mía. Y me preguntó:
- Ya te queda poco para acabar la carrera, ¿no?

Creí que había me liberado de usted cuando marché a la ciudad a estudiar la carrera; pero cuando menos lo esperaba, me encontraba con la ausencia de sus besos, de su delicada y suave ropa interior blanca, de su piel nívea. Usted siempre fue muy astuta, Doña Paquita, nunca permitió algo más, solamente momentos. Consiguió aplacar mi rebeldía, fue atrapándome despacito, enseñándome el sexo paso a paso incluso, aprendiendo los dos a la vez. Nunca he sido capaz de explicarle a mi mujer el por que aborrezco la mantequilla. ¿Se acuerda? Usted había visto la noche anterior “El último Tango en París” y quiso que yo fuese su Marlon Brando particular. Se creó una rutina mensual, una visita a la capital, una pensión discreta y muchos momentos de jadeos.

Todo cambio el día en que usted se enteró de que yo tenía novia formal. Ese día no permitió que yo acariciase su piel ni quiso oír ningún susurro, nada .No quiso atenerse a razones, me dijo que la había engañado, que había jugado con ella. Que la había defraudado. Sería mejor dejarlo. A partir de ese momento, se cancelaron las visitas a la ciudad.

Solo la vi una vez más, en el entierro de mi padre, ella, astuta como siempre, se las ingenio para esquivarme y evitar darme el pésame.

Desde lejos, pude comprobar que el tiempo había corrido muy deprisa por ella.



© Miguel Urda

3/15/2012

Un Marlon Brandon muy particular -1ª parte-

Hay llamadas de teléfono que no dejan buen sabor de boca. Era mi madre quien me llamaba para comunicarme la muerte de Doña Paquita. En un principio, la noticia me ha dejado indiferente o, por lo menos, eso he intentado mostrar. Mi mujer me ha preguntado si la quería mucho, si fue parte importante en mi vida. No he sido capaz de responderle, tampoco ella ha insistido y he intentado continuar con lo que estaba haciendo, pero hay cosas que, por más que uno intente olvidarlas, no se consigue fácilmente. Muchas veces pretendemos ocultar los recuerdos innecesarios en vez de afrontarlos, aceptarlos como parte de uno mismo. En un momento pensé ¿cuántos recuerdos hay en la vida que no queremos recordar? Una barbaridad. Pero la mente no juega así, no te deja tener los recuerdos a tu antojo. Cuando menos te lo esperas, ¡¡Zass!! Va y te los arroja al presente, en el momento que tú menos esperas. Y así me ha sucedido a mí.

Era muy joven cuando todo comenzó, (con los catorce años recién cumplidos) y por eso he intentado olvidar todos estos años. A veces me pregunto si lo hice de forma premeditada, pero la inocencia intrínseca de la adolescencia me provocó que lo realizase así. Con el paso del tiempo y la experiencia que la vida te hace adquirir, he aprendido que lo primero es ser sincero con uno mismo, si no, todo lo demás carece de valor alguno, y con semejante consigna debo decir que nunca he olvidado los besos de aquella primera vez y la forma en que usted, Doña Paquita, me atrapó para llevarme al huerto. Sí, de una forma premeditada y literal, me llevó al huerto de su Hacienda.

Quizás había algo de mí que yo no sabía y que usted sí y era lo que provocaba que me pusiese nervioso cuando la veía en casa con mamá. Sentía como me miraba, como su mirada me atrapaba y seguía todos mis movimientos. Cuando nos encontrábamos por el pueblo, intentaba esquivarla, pero un día usted se quejó a mi madre: "Hay que ver, Matilde, que tú chico mayor me ve por la calle y no me saluda".

Mi madre me regañó y me castigó sin el postre de los domingos durante todo el mes.

- Que yo no me entere que veas a Doña Paquita y no la saludas –me dijo mi madre, con una voz que había que tener mucho en cuenta.

De esta manera, me vi obligado a saludarla cada vez que la veía. Aunque más de una vez me entro ganas de sacrificar el arroz con leche y canela de los domingos por no darle los dos besos que usted me exigía. Estoy convencido de que usted sabía mis pasos y mi rutina diaria y, cada vez que podía, salía a mi encuentro.

-Pero, Guillermito, hijo, ¿No le das dos besos a Paquita, la amiga de tu madre y de toda la familia? Pero qué criatura más linda. Ojalá Dios te dé mucha salud.

Y yo sin poder llegar a protestar o esquivar los dos besos, porque no eran unos simples besos: usted me agarraba, me apretaba contra su regazo, un achuchón que hacía incrustar mi cara entre sus pechos y hacía que me empapase de su aroma. El olor a jabón Heno de Pravia siempre lo he asociado a usted así como la colonia Maderas de Oriente.

Nunca le dije, doña Paquita, que este olor la delató el día que fue a visitarme a la Residencia de estudiantes. ¡Cómo se las ingenió para sacarles la dirección a mis padres con la excusa de que iba a la capital y me llevaría un paquete con embutidos!

-Matilde –le dijo usted a mi madre-, voy a la capital a resolver unos asuntos; si quieres que le lleve algo a Guillermito, por mí encantada. El pobre, con tantas leyes como tiene que meterse en la cabeza, imagino que no tendrá tiempo para comer en condiciones.

Cuando me anunciaron que tenía una visita, me extraño, pero conforme fui andando hacia la sala de visitas, ya supe que era usted. Y allí que estaba cuando atravesé la puerta. De pie, vestida de negro, siempre la conocí de negro, doña Paquita. Creo que se habituó tanto al luto, que pasó a formar parte de su piel. Y delgada, muy delgada, ahí estaba, junto a un paquete envuelto en papel de periódicos, por algún lado se entreveía El caso, que reposaba en una mesa. Nada mas verme, corrió a mi encuentro, me dio dos besos y un intenso abrazo obligado acompañado por el olor a Maderas de Oriente. Pocas veces le he dado las gracias a Dios, pero una de las veces que más se lo he agradecido fue cuando estaba prohibido subir visitas a nuestro cuarto. ¿Cómo le hubiese a usted gustado ver mi lecho? Me la estoy imaginando tirada allí, encima de la áspera colcha azul marino, abriéndose la camisa y reclamándome. “Ven, ven Guillermo, ven. Hazme tuya… Ven, ven… Hazme tuya”.


Continuará

Miguel Urda



1/29/2012

Requisitos


Érase una vez un inmenso castillo al borde del océano dónde vivía la princesa más bonita que jamás hubiese existido en cuento alguno y al contrario de lo que ocurre en las narraciones populares, la princesa era feliz, aunque hacía muy pocos días que había quedado viuda. El príncipe consorte falleció en el cumplimiento de sus deberes maritales.

La Corte Suprema de la Imaginación le dio sesenta días a la Princesa para que hallase un nuevo marido si quería seguir manteniendo el trono, en caso que no lo encontrase el poder pasaría a su eterna rival.

Sin dilación alguna la princesa colgó un anunció en Internet con los requisitos que debían reunir los candidatos. La noticia traspasó la frontera local, pueblos, incluso mares y montañas.

Cada noche a las doce en punto comenzaba a recibirlos. Vinieron hombres de todos los lugares y estratos sociales –funcionarios, parados, reyes destronados, príncipes herederos, magos, médicos, sacerdotes camuflados…- cada uno esperaba su turno impaciente y todos decían creían reunir los requisitos que la princesa exigía.

Una noche quedaron todos los candidatos sorprendidos al ver llegar a la cruz roja y sacar en camilla un cuerpo sin vida de los aposentos de la princesa, pero todo quedó olvidado cuando se dio paso al siguiente candidato.

El tiempo apremiaba pero la princesa no parecía muy apurada por encontrar el candidato perfecto para ser el príncipe consorte, sino todo lo contrario, parecía disfrutar cada vez más con la interminable fila de candidatos.

El penúltimo día antes de expirar el plazo pidió ante la Corte Suprema de la Imaginación que le concediese una ampliación del plazo de búsqueda para conseguir marido.

El Tribunal no le concedió la moratoria solicitada por la bella princesa, sino todo lo contrario le pidió que fuese más flexible con los requisitos de los candidatos. Le recordaron que tenía cuarenta y ocho horas para encontrarlo y que difícilmente podría encontrar a una persona que le hiciese gozar ocho veces seguidas en la misma noche.


© Fotografía María Ureña

© Texto Miguel Urda

12/15/2011

Silencio, la etiqueta me hace cosquilla



Perdóname mamá. No sé como ha sido o si yo he tenido algo de culpa. Sabes, me resulta difícil articular palabra y eso que lo intento.

Te voy a decir la verdad: le temía a este momento, encontrarnos frente a frente.

Aquí hace frío mamá, así que abróchate un poco la rebeca negra, no vayas a resfriarte. A partir de ahora tienes que cuidarte un poquito más por ti misma. Me preocupa ese gesto tan serio que tienes. Prefiero verte con algo de expresión, para poder interpretar tus sentimientos, así me das miedo. Solamente escucho tu fuerte respirar. Cuánto silencio hay aquí ¿verdad, mamá?

No sé como me verás, pero noto mi cara algo hinchada ¿Cómo me ves tú, mama? ¿Estoy guapa? La noche en que todo pasó si lo estaba. Me lo dijiste cuando salía de casa: “que guapa vas, Paloma. No vengas más tarde de las doce y ten cuidado, que la noche es más profunda y peligrosa que un abismo” “No te preocupes que lo tendré te respondí”. Y lo tuve, mamá, tuve cuidado. Desde bien tempranito me inculcastes el sentido de la responsabilidad. Eso no me lo podrás reprochar. Siempre fui una niña responsable en todo.

Me gustaría contarte con todo detalle como sucedió, pero no quiero hacerte sufrir más. Bastante tienes con todo lo acontecido en estos días. Por cierto, mamá, he perdido la noción del tiempo ¿cuantos días han pasado? ¿Dos? ¿Tres? Me mata estar a expensas todo el día de la luz artificial de esta habitación.

Yo volvía para casa y no era muy tarde. Me había despedido de mi amiga Clara en la esquina, donde siempre lo hacíamos. No le tenía miedo a ese camino, estaba iluminado y nunca había pasado nada. Sí que me sorprendió que una voz familiar dijese mi nombre saliendo de la oscuridad y a esas horas de la noche. Me preocupó más que hubiese pasado algo en casa. Me dijo que no, que no pasaba nada, pero la migraña no le dejaba dormir y que iba a la farmacia de guardia a comprar algún remedio para intentar aplacarla. ¿Por qué no me acompañas y después nos vamos los dos juntos? No tuve porque sospechar de él y no me pareció nada malo acompañarlo, la farmacia no estaba muy lejos. Me fue preguntando si ya salía con algún chico, que no le parecía bien que yo fuese tan reservada, que podía contar con él para lo que quisiese, que le gustaba mucho el corte de pelo que me había hecho para el verano y que esa noche iba especialmente guapa; alabó la pureza de mi alma; mi forma de pensar; mi actitud ante la vida en una chica de catorce años.

La farmacia a la que fuimos no era la que estaba de guardia miramos cual era la próxima y nos dirigimos a ella. Él continuo hablando sobre mí: de la felicidad que yo emanaba; de lo contento que se había puesto al saber que había aprobado los exámenes de junio. Íbamos tan ensimismados en la conversación que no percibí que nos habíamos desviado de nuestro camino. No vi nada extraño en ningún momento, solo al final, porque todo fue tan de repente. Oye, ¡que por aquí no es le dije! Sí, sí es por aquí. A lo cual me agarró del brazo y me obligo a caminar por donde él decía. Las luces del pueblo habían perdido intensidad. Yo protesté, mamá. Quise volver, dar marcha atrás, pero apretó mi brazo, y con dura voz me dijo: ¡vamos! Estaba muy oscuro y pisábamos tierra y fue todo tan horrible, mamá, que no te voy a contar los detalles de lo que pasó.

Por tus gestos puedo ver que te estarás haciendo reproches por haberte enamorado de un hombre así. Pero no te preocupes, mamá, tú no tienes culpa. Mi juventud no me ha permitido conocerlo muy profundamente, pero por lo poquito que sé y por lo que dicen el amor es ciego.

¿Por qué no me cuentas que pasó después? ¿Al ver que yo no llegaba a casa? Me gustaría saber si lo han encontrado ¿Crees que lo tenía todo planeado? Ahora entiendo muchos de sus comentarios, de sus bonitas, y lo que parecían, espontáneas palabras: eres más linda que el cielo; eres la esencia de mi vida.

Mamá, me gustaría escuchar tu voz. Me impone tu silencio. Por favor, di algo: llora, grita, ríe a carcajadas pero, di algo mamá. Ha sido un golpe muy duro, pero no sé para quién ha sido más doloroso, si para ti o para mí.

Lo prefiero así, mamá. No importa que llores, mamá, no importa. Llora, deja que aflore tu rabia a través de las lágrimas.

¿Qué cosas estarán pasando por tu cabeza, mamá? Tengo curiosidad por saber que pasó después. Pero no creo que ahora estés preparada para contármelo. Quizás cuando veas las cosas con algo más de sosiego, podrás háblame de ello. Ha sido un duro golpe para las dos.

Me gustaría pedirte un último favor, mamá. ¿Podrías mover un poquito la etiqueta que cuelga del dedo gordo de mi pie izquierdo? Me está haciendo cosquillas.


© Miguel Urda






11/30/2011

La vida suficiente





- El verano es el punto y final de muchos años de convivencia, es el inicio de muchas vidas. –Dice el abogado a su cliente- Un porcentaje muy elevado de parejas rompe al finalizar las vacaciones. Está comprobado estadísticamente.
-Me dan igual las estadísticas. Eso es cosa del gobierno, de los políticos. Yo no quiero separarme de mi marido. –dice Doña María.
-Pero señora, -responde el abogado-. Su marido ya no la quiere. Quiere comenzar una nueva vida.
-No, él no puede comenzar ninguna nueva vida. Él me prometió amor eterno, lo juró ante la biblia y nuestro Señor Dios Todopoderoso hace sesenta y seis años.
-Pero, los tiempos cambian.
-Cambian –replica ella, con una fuerza inesperada- pero no para el amor. El me lo juró bien jurado y tiene que cumplirlo. Juntos hasta la muerte.
- Pero mamá –dice, Frasquita la hija mayor del matrimonio, con el fin de ayudar al abogado- Papá ya no te quiere. Se ha ido con otra mujer.
-Me da igual que se haya ido con otra mujer, no será la primera ni la última. ¿Acaso ese mequetrefe me tomó por tonta? Pero el divorcio no se lo doy. Antes muerta.
-No de usted ideas, Doña María, no de usted ideas, que ya tiene usted una edad.
-¿Me esta llamando usted vieja?- Increpa Doña María al abogado que acaba de arrepentirse de las palabras que ha dicho- Que sepa que tengo ochenta y cuatro años, no me casé mocita, pero a los dieciocho años le entregué mi vida al mozo Bernardo, quien ha estado conmigo todo este tiempo. Siempre ha sido muy caprichoso, pero este antojo no se lo paso. Separarse o divorciarse, me da igual lo que sea, como que no.
La señora María parece haberle cogido gusto a su temeroso interlocutor y sigue hablándole.
- El último caprichito del Señorito Bernardo, bajarse del barco en las islas griegas con una señora mucho más fea que yo y perderse por allí. Y ahora resulta que quiere el divorcio. Pues lo ha escuchado usted bien, Don abogado, no le doy el divorcio. Ni tampoco le dejo que regrese a casa, que se lo hubiese pensado antes. Ya he cambiado el testamento. Yo sé que por mi edad no me quedan muchos años de vida, aunque nuestro señor Jesucristo el Todopoderoso me va a regalar la vida suficiente para ver como ese mamarracho se arrastrara a mis pies.
-Pero mamá, si papa esta en una silla de ruedas, ¿cómo se va a arrastrar a tus pies?
-Yo lo veré con mis ojos, con estos ojos, si nuestra Virgen del Rocío, nuestra Virgen Esperanza de Triana y nuestro Cristo de Medinaceli, me lo permite. Arrepentidito vendrá a decirme que le recoja en mis brazos como lo hice hace sesenta y seis años, porque eso fue lo que hice, recogerlo en mis brazos para hacerle un hombre como dios manda, que si no vaya usted a saber lo que hubiese sido de él.
- Señora María, su marido, Don Bernardo –dice el joven abogado tímidamente- no quiere nada de usted. Sólo quiere que le firme los papeles del divorcio para volver a casarse.
-Volver a casarse, volver a casarse –refunfuña Doña María-. ¿Jamás le firmaré nada ha escuchado usted bien? jamás le firmare nada. Antes le hundo un chuchillo en cada ojo.
-Señora, por favor, -susurra el abogado, todo transpirado y nervioso-. Que me está usted hablando de asesinato.
-Aquí nadie esta hablando de asesinato- responde la anciana gesticulando y haciendo señas a su hija para que le acerque el bastón-. Vámonos, aquí se ha acabado lo que se daba.
La hija se lo acerca. Doña Frasquita con aire desafiador le señala al abogado con él.
-Recuerde, abogado, recuerde, “antes de divorciarme le hundo un cuchillo en cada ojo”.




© Miguel Urda

11/21/2011

Cuando llegué, mamá ya estaba alli



Estaba masturbándome, con una película porno de la televisión local, cuando me llegó un sms a mi móvil. La curiosidad pudo más que mi excitación sexual. El texto era conciso “le comunicamos que Cecilia Martínez Pimentel ha fallecido a las 23 horas y 58 minutos. Póngase en contacto con nosotros al siguiente número para los trámites necesarios”.



Por fin, mamá había muerto.


Mostré mi inmensa alegría con un profundo suspiro, a pesar de que con lo ocurrido me bajase la erección por completo y me hubiese fastidiado mi paja nocturna.


Llamé al teléfono indicado. Asentí a todo lo que me dijo la voz, como si aquella conversación fuese ajena a mí. Cuando colgué me di cuenta de que no sentía pena, no había llorado, ni tenía ganas de llorar.


Me duché sin prisas, me vestí con el pantalón y la camisa negra que tenía preparados para la ocasión. A pesar de ser principios de junio la noche era bastante calurosa.


En el ascensor me di cuenta que ahora comenzaba una nueva vida. Mi propia vida. Anduve unos cuantos pasos por la calle cuando decidí volver a casa, necesitaba mostrar mi alegría de alguna forma en esta situación y sólo era posible hacerlo interiormente. Me acordé de los calzoncillos rojos de fin de año. No los encontré en el cajón de la ropa interior, ni de los calcetines ni en el de las camisetas, no estaba por ningún lado; rebusqué en el cesto de la ropa sucia, ahí estaban, casi en el fondo. No recuerdo cuando fue la última vez que me los puse. Los olí, estaban sucios pero los calzoncillos de un día no desprenden mucho olor. Me quité los pantalones y la ropa interior, también negra, me coloqué los slips rojos y de nuevo los pantalones. Era una forma de engañar al luto.


El taxista no tuvo mucho problema de tráfico en la madrugada para llevarme al tanatorio. Cuando llegué, mamá ya estaba allí. Siempre era la primera en todo, incluso hasta en la muerte. Mamá tenía el mismo rostro agrio de siempre, solamente se la veía un poco más delgada tras el cristal. Me acordé de los calzoncillos rojos, y en ese momento me entró un golpe de culpabilidad: estaba delante de mamá con unos calzoncillos sucios, y sin sentir un ápice de dolor.


Pensé que debía comunicarle su fallecimiento a alguien, pero ¿a quién llamar?, ¿a quién debía decirle que mamá había muerto? No tenía a nadie, sólo la tía Puri en el pueblo, pero eran las 4:47 horas, por lo que preferí esperar a una hora prudente, pero para la muerte ninguna hora es buena. También llamaría a mi compañera de trabajo, aunque igual le fastidiaba el domingo.


Debía de estar triste, mostrar pena, pero no podía, siempre he sido muy mal actor.


Al entierro vino más gente de la que yo esperaba. Todos los compañeros de trabajo más cercanos. La vecina, (que me llamó a primera hora de la mañana pues según me dijo me vio salir con el gesto muy preocupado en la madrugada), y varias más cuyo nombre desconozco o me es difícil recordar en estos momentos.


¿Cuántos besos al aire habré dado y recibido en estas horas?, ¿y abrazos?, ¿y palabras de consuelo? Yo solo tenía en mente una cosa, el olor que podría desprender mis calzoncillos rojos y cada vez que daba o recibía un beso lo pensaba; el abrazo implicaba un acercamiento aun mayor, lo que producía más posibilidades de que detectaran un olor extraño en mí.


Durante todo el día no sentí pena por mamá. Me preocupaba el olor de mis calconzillos. Era la primera vez que hacía algo y mamá no podía opinar, ni meterse conmigo, ni echármelo en cara.


No probé bocado desde que cene la noche anterior. Alguien me trajo un termo con caldo, estaba bueno, era un caldo casero como el de toda la vida. Pensé que los fabricantes de caldo en tetrabrik deberían investigar mucho más para conseguir acercar un poco más sus productos al tradicional. Me regañé a mí mismo, como podía estar pensando en cosas en así en lugar de pensar en la muerte de mamá.


Tía Puri no ha podido venir. Sus 82 años se lo han impedido. Me ha sido muy difícil comunicarle la noticia de mamá, cada vez está más sorda. Creo que tampoco ha sentido la muerte de mamá.


Después de comer vino mi jefe con su esposa. El olor a vino que desprendía podía camuflarse con el olor que podían desprender mis calzoncillos. Aparentaba más pena que yo a pesar de no conocer a mamá. Es un buen actor.


El final del velatorio ha sido muy rápido. Parecía una obra de teatro, el cura, el sepulturero, las flores como decorado... todos hacían su papel a la perfección en la función de las siete de la tarde.


Volví solo a casa. Mi compañera quiso llevarme pero le dije que no, que necesitaba la soledad de ese instante. En realidad desde ese momento es cuando estaba completamente solo en la vida.


Nada más llegar me quité la camisa, los pantalones y los calcetines. Me resistía a quitarme los calzoncillos, siento que el rojo es la llave de la puerta de mi nueva vida.



© Miguel Urda

11/10/2011

ESCRIBEME




“Todo ha concluido, todo ha concluido”. Iban rechinando esas palabras en su mente. Tenía que escribir un artículo muy especial para el periódico. Su último artículo. Y no es porque le hubiesen despedido o prescindido de su columna. Había sido por decisión propia, ya no escribiría más.
Días atrás descubrió que había perdido la ilusión por escribir, era incapaz de crear historias para sus relatos, ni sus dedos eran capaces de teclear palabra alguna coherente. Ya no pensaba en el artículo diario, en el relato semanal. Del periódico le llamaron preguntándole qué le pasaba. Les dijo que estaba enfermo, que tirasen de archivo, del fondo de artículos guardados para la ocasión.
A la comodidad uno se acostumbra pronto. Comenzó a acostarse y a despertarse tarde. Dejó de pensar en el agobio de tener que entregar la columna diaria; de tener que estar pensando constantemente qué escribir; los personajes de la novela que nunca conseguía encontrar el ritmo para continuarla parecieron descansar.
Apenas bastaron quince días para olvidar que había sido escritor.
Descubrió las comunidades virtuales de juegos y les dedicaba horas y horas cada día
Una madrugada al acostarse con la ilusión de haber ganado tres casas y un hotel en la Calle Serrano, del juego Monopoly, el sueño no le llegó. Pensó que era a causa de la emoción. Ya sólo le faltaban muy pocas calles para ser el dueño completo de Madrid. Para intentar conciliar el sueño volvió al ordenador. Allí estaba, delante de él, en blanco, y escrito en letras Times New Roman y tamaño 48, “ESCRÍBEME” y sin haber pensado en nada comenzó a pulsar las teclas. Le había salido un relato de un folio, y había seguido la misma trampa que utilizaba cuando no sabía qué escribir, comenzar el relato por la primera palabra que viese escrita y allí estaba “ESCRÍBEME”. Escríbeme, por favor, te lo suplico, no puedo vivir sin noticias tuyas...
No le dio importancia a ese relato, ni a la siguiente noche cuando el ordenador a la misma hora que el día anterior se encendió y en el folio había escritas las palabras “sigue escribiendo”.
Cuando “La reina Palmira”, protagonista de su novela, le despertó de los sueños preguntándole qué pasaba con ella, que estaba a punto de perder su poder. Comenzó a preocuparse, pero un poco aturdido por la situación. Se excusó ante ella por semejante olvido y volvió al ordenador. Tecleó hasta bien adentrado el día.
Sólo cuando puso la palabra FIN a su novela consiguió salir del estado hipnótico en que había entrado se preguntó ¿qué había pasado? El había decidido dejarlo todo, estaba cansado de la presión de escribir cada día, de las teclas, de tener que inventar una historia para cada semana. Tan imbécil era que había sucumbido por la losa de su profesión.
Se acordó del Monopoly. Había perdido todo, sus casas, sus hoteles, estaba en bancarrota y le tocaba estar tres turnos sin tirar. Él, que había pensado que todo estaba acabado vio en ese juego la forma de encauzar su vida. A base de estar horas postrado delante de la pantalla fue recuperando territorio, su economía virtual emergía. Iba ganando posición. A punto de adquirir una casa en la calle Velázquez, un documento en blanco de Word se abrió ocupando toda la pantalla. En él dos palabras estaban escritas “HAZME TUYO” y comenzó a hacer lo que le proponía el papel. Se bajó los pantalones, los calzoncillos, comenzó a masturbarse y cuando llegaba al final, mientras salpicaba a la pantalla, grito, “TODA PARA TI, PERO DEJAME EN PAZ”.



© Miguel Urda

11/01/2011

Cuestión milimetrica



Patricio Durán pensó que había llegado la hora de planificar con exactitud su muerte. Era una persona que no le gustaba dejar nada al azar. Toda su vida se había regido por una actitud milimétrica. Se había casado con Estrella Estévez porque así sus hijos seguirían la regla alfabética que instauró su padre. La ceremonia nupcial tuvo lugar un 30 de junio, cuando contaba cuarenta años, a la extraña hora de las doce de la noche, porque así estarían en el ecuador del año y de su vida. Tuvieron dos hijos, Carolina Durán Estévez y Calisto Durán Estévez. Ahora maldecía los avances médicos que permitían poder programar un parto. Según sus cálculos su hija nació con dos días de antelación y su hijo con una semana de retraso, de ahí que la vida no le fuese todo lo bien que les hubiese correspondido.
Para que su esposa no le jugase una mala pasada, esta murió accidentalmente al caerse por las escaleras de la casa un treinta y uno de diciembre, instantes antes del comienzo del nuevo año y que según sus cálculos sería el año de la riqueza individual.
Había quien tachaba a Patricio Durán de extravagante, pero no había nada reprochable en él.
Desde que se jubiló, su vida comenzó a tomar un inesperado rumbo y que significaba el inicio de una nueva etapa. Comenzó a estudiar trigonometría, algebra, calculo, astronomía, llegando incluso a hacer un viaje a las islas con el fin de estudiar las mareas. Al regresar de dicho viaje se metió en su estudio, saliendo de él únicamente para comer; dormía en una cama plegable, no permitía la entrada a nadie; se convirtió en un ermitaño. De vez en cuando un ruido en forma de queja traspasaba hacia el resto de la casa.
Decidió regresar al mundo un veintinueve de febrero, a las doce en punto de la mañana ante el asombro de sus hijos. No dio ninguna explicación sobre sus estudios o el tiempo empleado allí dentro. Buscó algo en la guía de teléfonos, anotó la dirección en un papel y dijo que volvería para la hora de comer. Regresó a casa acompañado de dos hombres que portaban un ataúd.
-Por aquí, por favor –decía Patricio dirigiendo a los operarios.
-¿Esto que es? –gritó la hija al ver semejante cosa mientras se limpiaba las manos en el delantal.
El padre permanecía ajeno a los gritos de la hija.
-Colóquenlo aquí, por favor, en el comedor. Sólo lo utilizamos para la cena de Navidad. Es bonito, ¿verdad? –dijo mirando a la hija.
-¿Te has vuelto loco? –Gritó su hija Carolina a los porteadores-. Ya se están llevando eso de aquí.
Patricio siguió sin hacer caso a los gritos de la hija.
Los operarios colocaron el ataúd en el suelo, lo abrieron, y del interior sacaron uno caballetes plegados, los desplegaron, con la vista midieron la distancia y colocaron el armatoste encima de él.
-¿A qué es precioso? –preguntó, Patricio a su hija esbozando una sonrisa.
-¿Te has vuelto loco? –gritó, aún más fuerte, su hija. -¿Te has vuelto loco?-.
El padre dio las gracias a los trabajadores. Le puso un billete en la mano a uno de ellos cuando se marchan.
-Para que se tomen una cerveza- les dijo-. Hija, acompáñalos a la salida.
Se ha quedado sólo en el salón, despacio se acerca a él, es de lujo, modelo inglés, de color caoba, tapizado en nido de abeja con sudario blonda, realizado a mano con maderas nobles procedentes de los bosques de la India. Lo acaricia, le susurra algunas palabras. El ataúd parece responderle. Patricio sonríe. Todo esta milimétricamente calculado.



© Miguel Urda

10/23/2011

¿PRISIONEROS TECNOLOGICOS? 2ª parte




Con el teléfono móvil estamos perdiendo el respeto a los demás. Cuando voy a escribir en la biblioteca no hay un minuto donde una persona no se levante corriendo –desplazando la silla con el ruido que esta hace- porque tiene una llamada y debe responderla lo antes posible ¿cómo se consigue? Pues quedándose sin aliento y recorriendo la biblioteca a toda prisa, sin importarle si molesta o no para responderla en el baño. Incluso los propios bibliotecarios –los llamo así por educación pero las personas que atienden la biblioteca de Marbella son persona sin cualificar para dicho cargo- llevan su teléfono encima y lo atienden en mitad del pasillo.
En un viaje a Madrid, en el Ave, un señor –con toda la pinta de ejecutivo estresado- durante las 2,50 horas que duró el viaje y no exagero, estuvo literalmente todo el tiempo hablando por teléfono, me enteré que su mujer no dormía como Marilyn Monroe –es decir, solamente con unas gotas de Chanel número 5-sino con pijama de franela; que los niños habían asistido a un campamento en Los picos de Europa en Semana Santa; que su secretaria estaba embarazada y no sabía cómo sería la sustituta (aquí, me entraron ganas de levantarme y preguntarle si se la estaba tirando y si el niño era suyo); de que los informes los tenía que tener antes de las nueve de la mañana del lunes encima de su mes; que su cuñado se había roto una pierna esquiando en Baqueira Beret y no podría ir a la boda de Fermín ... y así hasta completar el trayecto del viaje y para colmo ni siquiera en los dos túneles largos que hay a lo largo del recorrido se le cortó la comunicación. ¿Es o no es una falta de respeto, de civismo hacía los otros viajeros?
O, por las mañanas, cuando me voy a correr, veo cómo otros compañeros de fatiga deportiva, están pendientes del teléfono móvil. ¡Por Dios, por Dios! ¿Quién te puede llamar a las siete de la mañana, cuando las calles apenas están puestas todavía? ¿Tan importante son las llamadas para ir cargando con dicho aparatito a la hora de hacer deporte?
Creo que el teléfono móvil como objeto cotidiano e imprescindible lleva viviendo con nosotros unos diez-quince años y ahora me pregunto yo ¿Cómo hemos vivido veinte siglos sin tener un espía –consentido por nosotros- permanente? Porque pensémoslos bien, hemos puesto un espía en nuestras vidas que nos va indicando todo lo que hacemos y dónde estamos. Pero lo que más desazón provoca en mi es el saber dónde vamos a ir a parar con tanta tecnología.
Hace algún tiempo vi una película, la cual recomiendo encarecidamente “Denise te llama” del director Hal Salwen que me dejó algo tocado y que creo que es una premonición hacia dónde va la sociedad actual. La película es del año 1995, año en que todavía no existían redes sociales y el teléfono móvil podría decirse que estaba en pañales, y un grupo de amigos mantienen la amistad de forma virtual, no se conocen en persona, siempre van con prisas y todos los intentos para quedar son fallidos. Lo cual me hace preguntarme ¿estamos fomentado una sociedad tan comunicada para incomunicarnos? Por favor, veamos la película, observemos el teléfono móvil y… reflexionemos un poco si somos dueños de nuestras vidas o somos esclavos de él y preguntémonos ¿dirige el teléfono móvil nuestras vidas? ¿Somos prisioneros de la tecnología?



© Miguel Urda

10/11/2011

¿PRISIONEROS TECNOLOGICOS? -1ª parte-





¿Cuánto tiempo hace que el teléfono móvil habita en nuestras vidas? ¿Os habéis dado cuenta de que se ha adueñado de ellas? Que es el bien más preciado que tenemos y al que le damos la importancia supina de nuestros bienes materiales.
Dos hechos recientes han provocado que reflexione mucho sobre el camino que lleva la sociedad con el uso de dicho artefacto. Días atrás iba conduciendo por una calle estrecha y de único sentido, un hombre intentaba aparcar, no conseguía meter el coche bien, le daba vueltas y vueltas al volante, empeorando cada vez la situación de aparcar el coche correctamente, cuando me doy cuenta de que está hablando por teléfono móvil e intentado aparcar. ¿Tan trascendental era lo que tenía que hablar que le restó importancia al hecho de tener una cosa entre sus manos como es un coche y que se puede jugar la vida con él además de estar incomodando a otros conductores?
Días atrás estaba en el médico, después de estar esperando la cita dos meses y medio por el tema de mi rodilla y la enfermera me estaba colocando calor en dicha parte, cuando escuchamos el sonido de un SMS. Ella me dejó a mí para atender al teléfono que tenía encima de la mesa y responder. Por ahí si que no pasé y se lo dije, ¿si no le parecía una falta de educación o respeto dejar su puesto laboral para atender el móvil? Ni siquiera se inmutó, es más, me miró con desprecio, como diciéndome que quién era yo para decirle lo que estaba bien o mal. Todo sea dicho, me cogió de buenas ese día, que sino armo el pollo.
¿A dónde vamos a parar con tanta tecnología? Relegamos cosas importantes que estamos haciendo: la cola en el supermercado: hablando de tú a tú con otra persona; compartiendo cervezas con unos colegas... que cuando nos suena el teléfono nos entra una tembladera de piernas que nos hace perder todo el sentido. Ya nos da igual que la cajera del supermercado nos cobre dos veces; que la cerveza se te caliente porque te ha llamado un amigo para decirte que si has visto las nuevas fotos del Facebook de su fantástico viaje al Caribe donde no salió del hotel...
Con el teléfono móvil hemos perdido la virtud de la paciencia. Ya no aguantamos una espera ni siquiera de un minuto. En el momento que llegamos al sitio y vemos que no está la otra persona con la que hemos quedado enseguida hacemos una llamada para ver dónde está. ¡Tan importante es todo lo que tenemos que decirnos, que no sabemos esperar! Estamos perdiendo la esencia de disfrutar de algunas cosas, por ejemplo, me duele ver como una señora cada atardecer da un paseo por la orilla de la playa, pero no deja ni un momento de hablar por su IPhone –ella se encarga de decirle a su interlocutor a viva voz dónde esta y con que marca de aparato está hablando- , no he controlado el tiempo que dura su caminata, pero tanto a la ida como a la vuelta está enganchada al aparato. Y mi pregunta es ¿no es más agradable disfrutar del paseo disfrutando del ruido de las olas y del mar? ¿Realmente aprecia el momento de caminar junto al borde del mar? ¿Qué tiene que hablar que no puede esperar?...
Tengo un amigo que es gran aficionado al móvil –digo aficionado por no decir adicto- y a todas las redes sociales que existen. Hay veces que antes que yo le haya mandado un SMS o un email él prácticamente ya me está respondiendo. Días atrás le dijo a la mujer que si cumplían con las obligaciones maritales y ella le dijo que sí, y sorprendido de que le dijese que sí a la primera, que no le doliese la cabeza, que no estuviese con la menstruación, que si los niños, que si... corrió despavorido a comunicarlo, Facebook, twiter, Messenger, wassup… “su mujer le había dicho que sí a la primera”. Y claro, ¿qué sucedió? Que conforme iban avanzando en la cópula nocturna matrimonial los mensajes de felicitaciones por dicho momento iban llegando y reclamando su atención. ¿Qué paso? Para resumir os diré que... su teléfono móvil se calentó y la mujer se enfrío.

CONTINUARÁ




© Miguel Urda

10/03/2011

Un horario estricto

- Sí, querida marquesa. Yo tengo una hora establecida para cada cosa. Llevar un horario estricto es la única manera de llevar una vida correcta. A las ocho de la mañana hago mis abluciones bajo el sonido de la guitarra de Manolo Caracol, comienzo el día purificando el cuerpo. A las diez y prestando oído a las campanas de la Sagrada Catedral, tomo mi desayuno con dos rebanaitas de pan cateto, restregadas con ajo y después un chorreón de oro verde, junto a mi cafelito negro. A partir de ahí ya soy persona, Doña Fernanda, ya soy persona. Y es que la edad no pasa en balde. Me acuerdo yo que siendo mocito partía de cacería por las fincas de mi difundo padre, el marques de limón-negro, cuando el sol aún dormía para dar caza a lobos, ciervos, zorros, osos, conejos... Era sabida la fama de cazador que yo tenía en todas las tierras de Andalucía y hoy en día ya me ve aquí, Doña Agustina, postrado ante el Cristo del Gran Poder suplicándole algo más de vida.
-Encarna, Doña Encarna,- le corrige la mujer que tiene delante de él.
El anciano ignora las palabras de la señora y continúa hablando.
-Las doce del mediodía es la hora sagrada de Manolo Escobar. No hay mejor cantante en el mundo entero que él. Es la historia de la música, de la copla, de la vida. Mi carro, La minifalda... Canciones que han marcado una época. Me aferro a este recuerdo para vivir, Doña Paquita, para vivir. Atrás quedan los días que fui primer bailarín de Doña Concha Piquer y de Juanita Reina. Para mi se queda la pelea que tuvieron ellas dos por mi culpa. ¡Cómo se tiraban de los pelos! Ambas me querían. Yo era el mejor bailarín del mundo. Rocío Jurado cuando comenzaba en el mundo del flamenqueo me pidió que le hiciese el amor, y se lo hice. Pero no se lo hice ni una noche, ni dos, ni tres, sino muchas noches. Se obsesionó conmigo, viniéndose a vivir cerca de mí. Sólo nos separaban cinco farolas. Pero nunca la engañé. Yo no puedo pertenecer a nadie. Soy del mundo.
Doña Encarna hace un amago de hablar, pero no lo consigue.
- - La hora de la siesta es sagrada, Doña Felisa, el momento más feliz del día. Cuando los ángeles se repliegan del sol para que este no les estropee las alas, por eso Sevilla entera hierve de calor. Y es cuando me despojo de este pijama blanco y me hago invisible. Paseo por la ciudad sin que nadie me vea. No sabe usted, Doña Eloísa, lo pesado que es tener que ir saludando a todo el mundo. Adiós, Señor Conde; Que guapo esta hoy Señor conde; cuidadito con las mocitas señor conde... y así por toda la ciudad. Ni se imagina usted lo que cambia la ciudad cuando se la ve con otros ojos. A la hora de la siesta está llena únicamente de japoneses con cámaras de fotos. ¡cómo han cambiado los tiempos! Y eso que me lo dijo mi gran amigo el difunto Caudillo, aunque yo en la intimidad le llamaba Franquito, porque ambos fuimos compañeros de literas en el frente. Él me pidió que fuese su mano derecha, que teníamos mucho por hacer y tendríamos un país rendido a nuestros pies, pero yo no pude caminar junto a él, Doña Eugenia. Yo siempre he sido libre, libre. Nunca me he aferrado a nadie ni a nada. Y sí, es cierto las habladurías que corren por toda Sevilla, yo fui el amante preferido de la Duquesa de Alba, pero nunca, nunca hablaré sobre ello ni me haré las pruebas esas de nombre raro para saber si el hijo mayor es mío o no. Yo soy un hombre, señora Marquesa, todo un caballero y valgo más por lo que callo que por lo que cuento.
- Doña Encarna mira fijamente al diminuto hombre con la bata blanca que tiene enfrente. Ya no tiene ganas de decir nada.
- -Pues le voy a comentar una cosa, Doña Engracia, que la peor hora es al anochecer. Cuando el sol decide ocultarse para reponer fuerzas y las damiselas sacan sus mejores galas para pasear por la calle Sierpes, pero a mi me da miedo porque es la hora dónde la muerte decide salir a pasear. ¿Sabe usted que la mayoría de las muertes se producen por la noche? Sí, yo lo sé. No le puedo rebelar el secreto de porqué lo sé, pero créame usted que se muy bien lo que me digo, por eso yo le temo a la noche. En la noche no hay campanas para saber la hora, ni lindas damiselas a quien preguntársela y supongamos, Doña Isabel, que yo me muero de noche, ¿cómo voy a poder cumplir mi horario?





©Miguel Urda

9/25/2011

Con cien palabras por...



Cuando me lo propusieron pensé que no sería tan difícil: definirme en cien palabras. Me ha costado lo mío hacerlo y tras varios esbozos de retratos literarios me quedo con éste qué comparto con vosotros. He hecho un poco de trampa, pero considerando que en la vida hay que hacer trampas para sobrevivir pues... ¿quién puede protestar por ello?


Las tiendas de los museos; Murakami; madrugar; el vermut rojo –ya sea de barril o Martini-; Londres; cocinar con y para los amigos; Madredeus; los puzzles; Némirovsky; dar un beso por sorpresa; los libros de segunda mano; Canadá; el café solo matutino; Nancy Wilson; Cvne; las zapatillas Adidas classic; los geles de baño de los hoteles; Dalí; la música de los ochenta; Tavira; Agua Fresca de A.D.; imaginar; Almudena Grandes; cambiar los muebles de sitio; El País dominical –en general los suplementos dominicales-; los faros; las cenas en mi terraza en verano con los amigos; Sakamoto; Astérix y Obélix; Rebeca –el libro y la película-; remolonear en la cama acompañado -cuando hay ocasión-;la playa en invierno; películas en V.O; el café de por las tardes acompañado; Alberto Iglesias; los pantalones Levis –no necesariamente 501-; recibir un beso por sorpresa; las chucherías; Madrid; mirar las nubes; Auster; las libretas sin estrenar; el arroz y el queso –en todos sus tipos y variantes-; John Williams; la barba de tres días; Carmen Martín Gaite; abrir los regalos de mi cumpleaños lentamente; Alien; Marqués de Riscal; fotografiar las hojas amarillas de los árboles caídas en otoño; Motown; Exins Castillo; el olor de los libros nuevos; Japón; las cenas en invierno en el comedor de mi casa; Sandor Márai; escribir en las cafeterías –sobre todo en los Starbucks, aunque el café sea malo y caro); Anthony and The Johnsons; Con faldas y a lo loco; el licor de café; Friedrich; Retorno a Brideshead –libro y serie-; reír; tinto de verano; Mina; sentarme en la calle a observar a la gente; el yoga; el ruido del silencio; discutir con la tele operadora de mi compañía de móvil; los gulags –y todo lo concerniente a ellos-; el frío; 13 Rué del Percebe; México; el helado de chocolate en invierno; Mafalda; Dina Washington; pasear bajo la lluvia –preferiblemente sin paraguas-; Morenbaun; las series de HBO; las velas, los papeles olvidados; abrazar, abrazar y abrazar; las revistas de viajes; la arquitectura clásica; el olor de las papelerías; perderme en una ciudad desconocida; correr; ir al cine y no comer palomitas; Simply Red; los gorros de lana; el bizcocho de yogurt; Marques de Cáceres; Siete vidas; corregir mis escritos con rotulador rojo de punta fija; conducir por el placer de conducir; los anuncios de televisión; Josefina Aldecoa; los calcetines de rayas de colores; Billie Holliday.

¿Os animáis a definiros en 100 palabras? ¿habéis encontrado la trampa?


© Miguel Urda


PD: la foto corresponde al autor de este blog en busca de inspiración.

9/19/2011

Al mismo tiempo -2ª parte-



... Ella me dijo que no, casarse no, pero que no le importaba vivir en pecado conmigo, así sería más excitante.
Fue dicho y hecho, a la noche siguiente apareció con una pequeña bolsa de plástico en mi casa, dijo que no tenía mucho. Había preferido dejarle a su familia lo poco que tenía. Les haría más falta que a ella.
Así, comenzamos a vivir nuestra vida, fueron tres años de intenso amor. Yo prosperaba en mi cargo, llegando el propio Caudillo a felicitarme por los avances conseguidos con mi labor en el Ministerio de la Censura, mientras que mi amada salía de casa por las mañanas y regresaba agotada de su trabajo.
Llegó esa terrible noche, donde al entrar a casa ella no estaba. Me extrañó encontrar la televisión apagada, no verla con los pies encima del sofá – ¡ay!, cuantas veces la regañé diciéndole que aquello no era una postura para una señorita tan delicada y exuberante como ella- . En nuestro cuarto encontré una nota que decía “no te preocupes por mí, no te merezco”. Y así comenzó el calvario de un amor, que ahora tanto tiempo después me he dado cuenta que se ha borrado por completo, pero ha sido gracias a una nueva muchachita que he conocido en el banco segundo del Pasillo principal de los Jardines Centrales, aunque me molesta un poco cuando dice que quiere ser artista



© Miguel Urda

9/12/2011

Al mismo tiempo -1ª parte-





Al mismo tiempo, algo que había en mi interior se borró y extinguió para siempre. En silencio, de una manera definitiva me dolió de una forma sobrecogedora saber que se había agotado para siempre. Si ya es dolorosa la pérdida de un amor, más triste es perder ese recuerdo.
Fue de repente, una mañana al despertarme no pensé en ella, como lo venía últimamente, ni eché de menos el olor de su cuerpo, su calidez en el hueco de sus sábanas. Ya no había nada, no había pasado. Tuve que esforzarme en buscar un recuerdo, en algo que me hiciese saber que ella existió. Como un loco me puse a buscar, miré en los armarios, en los cajones,… en todos los rincones de la casa. No había nada, el recuerdo ya no estaba. Me dirigí al comedor, no estaba, tampoco en la cocina, en el dormitorio, en ningún lado de la casa. ¿Cómo era posible que ya no estuviese el recuerdo? ¿Qué había pasado para perder el hilo conductor de mi vida? En un momento me volví loco. Al principio no lo supe ver y no fue hasta pasado mucho tiempo que me di cuenta que aquello era lo mejor que me había pasado, era el inicio del final.
La mañana comenzaba con un abrazo a mi vacío existencial en mi lado derecha de la cama y unos buenos días, mi amor. Sabría que no tendría respuesta, a continuación mi aseo personal y el enfado de cada día al ver que el desayuno aún estaba sin hacer. Pero no me importaba, prefería que ella se quedase un poco más en la cama, dormir era una medicina reparadora para su ajetreada vida. No hablábamos en todo el día pues ella me lo dejo bien claro cuando comenzamos a vivir juntos: “es mejor así, cariño, pues nuestras ganas de vernos cada noche será mucho mayor”. Y yo le hice caso como buen enamorado. Al salir del Ministerio y llegar a casa, no le reprochaba que la cena no estuviese preparada porque yo entendía su agotamiento. Se lo perdonaba todo cuando me decía con esa boquita pequeña y esos labios, con un carmín rojo intenso y, casi cerrado “te quiero mi vida”. Yo, al escuchar esas palabras ya no era hombre, ni dueño de mis actos, el amor se apoderaba de mi, teniendo que reprimirme para que la saliva no resbalase por mi barbilla.
Nos conocimos en una intensa mañana de un domingo de mayo, donde las rosas peleaban por ocupar su olor en los jardines. Ambos estábamos sentados en un banco de los Jardines Centrales, yo leyendo El Antiguo Testamento y ella la revista de moda Burda. Una mirada mutua bastó para fijarme, yo en ella y ella en mi. A la tercera frase la invité a un vermut. Me lo aceptó sin dudarlo, aunque nunca llegamos a tomarlo. Fuimos derecho a mi piso y allí nos despojamos de todo el anhelo sexual que llevábamos contenido durante mucho tiempo. Me comentó que su situación económica era pésima, su padre en el hospital, su madre ciega, su hermano pequeño cojo a causa de la polio. Y yo, deseoso de poder ayudarle, le di un billete de cien pesetas. Volvimos a encontrarnos al domingo siguiente en el mismo lugar, y al otro y al otro y al otro. El día que no pude prestarle dinero para comprar alimentos para su hermana que estaba en un convento de clausura se enfadó, me dijo que si no la quería, que si estaba con ella por su belleza y me dejó con la palabra en la boca, pero para mí ya era tarde porque yo me había enamorado completamente de ella. Sólo vivía pensado en ella, en esos diecinueve años, en ese ligero taconear, en el canal de sus pechos que se insinuaban bajo su blusa blanca primaveral, en ese hablar tan atrevido y desafiador a veces, en ese pelo rubio que dejaba reposar en mi tórax. Me había enamorado locamente.
El mismo día de la semana, en el mismo sitio y a la misma hora allí estaba ella, y cuando me vio aparecer se puso en pie, corrió hacia mi todo lo que sus altos tacones le permitían y con voz casi infantil me dijo que me quería, que me quería mucho, que la perdonase si me había hecho daño la última vez que nos vimos, pero es que los problemas de su casa la afectaban demasiado. Yo la perdoné al instante y para que viese que no estaba enfadado con ella le propuse que nos casásemos. Ella me dijo que ...





CONTINUARÁ





© Miguel Urda

9/03/2011

El libro perfecto



Sí, querido lector, el libro que usted tiene en sus manos es el libro que siempre quiso leer. Acaso se preguntará si es una tomadura de pelo, pero ¿ha visto usted que este humilde crítico literario le haya engañado alguna vez? ¿Cuántos años llevo recomendando libros en este periódico? Incluso puedo decirle que me ofende si duda de mi palabra, por lo que le pido que si hay un mínimo asomo de ello, cierre el periódico y diríjase a otros menesteres. Profundamente se lo agradeceré.
Es un libro novedoso, que provoca algo de desconfianza la primera vez que lo coge en sus manos. A mí me pasó, pero conforme lo fui entendiendo vi que es una verdadera obra de arte ¿que por qué una obra de arte? ¿Acaso no ha soñado usted con el libro perfecto, con su historia deseada? Y aquí lo tiene: un libro en blanco, para que imagine la historia que usted quiere leer. No, no me miré así, no estoy loco. Sé muy bien lo que me digo, es un libro para cualquier lector. El que todo autor desearía escribir.
¿Se imagina comprar un libro de cincuenta, setenta, cien o doscientas veinte páginas, todas ellas en blanco, dónde el lector puede pensar el final para aquella historia que no le gusto? Sí, ya sé lo que están pensando. No, no me he vuelto loco y claramente veo lo que se está preguntando ¿cómo voy a leer un libro en blanco? Pero la respuesta la tiene usted mismo, siga el mismo ritual de siempre para degustar un libro, cójanlo con cuidado, con cariño, con mimo, refúgiese en su lugar favorito de lectura, tome aire y dispónganse a devorar el mundo de la literatura con una fantasía impoluta. Porque usted no es persona de falso baladí, le avala un pedigrí literario de alto nivel. Si hoy me está leyendo y no es por azar, seguro, seguro que tiene una extensa biblioteca, e insisto de nuevo ¿cuantas veces le he defraudado? Dígamelo, por favor, levante la cabeza del periódico y dígamelo. Así me gusta, que sea sincero. Ninguna.
Le voy a poner un ejemplo para que sepa lo que puede dar el libro de si. Debo remitirme de forma obligada a la obra maestra de la literatura hispánica, eso es, a las aventuras de Don Alonso Quijano. ¡Qué pena que el pobre hombre no pueda nunca mostrar su amor real a Dulcinea del Toboso! Piense, querido lector, piense. Dedíquese dos minutos a pensar y modifique la historia a su antojo. Imagine que Sancho Panza es Cupido disfrazado. Le mandan para hacer posible la historia de amor entre Don Quijote y Dulcinea. ¿Percibe usted la imagen de ellos delante de un altar, siendo felices y –permítame la broma- comiendo perdices...? La historia modificada a su antojo. Cómo usted guste, exigente lector.
¿Se siente más cómodo ahora? ¿Ve lo que quiero indicarle? Lea el libro que usted quiera y como quiera. No hablemos de precio, por favor, es de mala educación hablar de dinero, pero el precio es económico, conforme el tamaño y grosor del libro que desee. Además los hay para todas las ocasiones..
El libro perfecto para cualquier regalo, seguro que nunca le dirán, “ya lo leí” “no es mi estilo literario”, “a mi este autor como que no”... Perdone que insista querido lector, es el libro perfecto, el libro en blanco, en cartoné o pastas duras, en tamaño bolsillo o edición normal.
¿Que les voy a decir del autor? ¿Del inventor de esa magnifica obra de arte? No me entretengo en leer memeces sobre sobre lo que dicen de mí porque ya sabía yo que algún día esto tendría que suceder... Sé que soy un genio, ustedes me lo llevan demostrando muchos años. Olviden a quienes dicen que soy un oportunista publicando un libro en blanco. Porque ustedes, solo ustedes queridos lectores, saben que llevo razón.




© Miguel Urda

8/20/2011

Habitaciones desordenadas




Lo que aprendió mientras Julián, el vendedor de la inmobiliaria, le mostraba las habitaciones, fue que otras personas tenían también la casa desordenada.
Las habitaciones desordenadas son sinónimo de vida, pensó Amalia. Se había dado cuenta muy tarde y ahora ella se sentía feliz dejando cosas por medio. Comenzaba a abandonar la férrea disciplina que su madre les imponía a ella y a su hermano. Recoge tus muñecas, Amelia. No quiero el balón de fútbol por cualquier lado, Joaquín. Y así año tras año. La ropa colocada en la silla que cada uno tenía en el cuarto y un pequeño armario para los dos. Nada por medio. Los platos, ya fuesen del desayuno, de la comida o de la cena enseguida se fregaban, incluso cuando se cogía un vaso para beber agua había que limpiarlo y volverlo a guardar en su sitio. Todos los días había que fregar el cuarto de baño, el cuarto de los dos, el de mamá, el comedor, el pasillo, la cocina y una vez en semana la terraza. Los domingos era el día que se quitaba el polvo a las figuritas del mueble bar. Había que darse prisa pues teníamos que estar listos para llegar a misa de doce.
Conforme ella crecía sus responsabilidades domésticas iban a mayor mientras que la única función de su hermano era estudiar. De nada le valió a Amelia revelarse contra la educación de su madre, ni derramar lágrimas. Sentía que se asfixiaba. No podía llegar a casa a la misma hora que sus amigas, tenía que vestir falda escocesa con pliegues, mientras que sus amigas vestían pantalones vaqueros con campana.
Volvió a repetirse “el desorden es vida”. Había sido mucho tiempo de tener una vida organizada, a cada milímetro, a cada centímetro. Veía injusta la vida. Ahora intentaba vivir.
No se detuvo mucho en casa después de enterrar a su madre. Ni pidió a su hermano que la llevase con él a la ciudad, ni se despidió de nadie. Tenía la maleta hecha bastante tiempo atrás.
Treinta y cinco años son muchos años y más para una mujer donde al cruzar la frontera de los treinta el tiempo parece correr de forma precipitada.
La ciudad es dura para vivir pero lo es aún más para subsistir. Alguna noche lloró, pero las lágrimas le recordaban el pasado, lo que la hacían más fuerte. Se acostumbró a la ciudad y a pertenecer a ella. Aprendió a mirar sin miedo, a no tener que dar explicaciones, a vestir pantalones vaqueros e incluso minifaldas. Le fue duro encontrar trabajo, pero lo fue consiguiendo. En unos grandes almacenes se encontró con su hermano, la mujer y el niño recién nacido. Le dijo que no quería nada del pueblo ni regresar a él. Ni tampoco le dijo donde vivía o trabajaba.
Firmó el contrato del alquiler esa misma tarde. Aún tendría que esperar unos días para que los inquilinos actuales lo desalojasen. Después de la firma, Julián le propuso tomar un café. Amalia no aceptó.
Cuando él la llamó para darle las llaves del piso, ella intentando superar esa asfixia intrínseca, se armó de valor y le invitó. Se disculpó, pero los niños estaban a punto de salir del colegio.
El viernes por la mañana recibió una llamada de Julián para preguntar cómo había sido la mudanza. Dejó caer que tenía el fin de semana libre.
Ese fin de semana desayunaron, comieron, cenaron juntos; compartieron jadeos, sudor y sábanas y confidencias que sólo se entregan a un nuevo amor.
Tanta Amalia, Julián así cómo los niños formaron una conjugación perfecta para comenzar a vivir. Ella les permitía el desorden, sabía que era vida y era lo único que le ayudaba para intentar dejar atrás el opresivo pasado.





© Miguel Urda

8/14/2011

En la página 105



… “¿Quién sabe cual podría ser el objetivo del hombre que leyese mucho? Está claro, ¿no lo crees? Volverle loco. En la historia de la literatura hay un buen precedente, Don Alonso Quijano. Maestro indudable de verdadera locura que partió desafiando al destino para encontrar a su Dulcinea del Toboso, pero el hombre actual no se vuelve loco por el hecho de leer y leer. En esta sociedad donde impera la prisa y el “lo quiero ya” el individuo puede volverse loco al no conseguir su IPhone de última generación, al no poder comprarse el último modelo de coche deportivo o no poder lucir su bronceado adquirido durante quince días en una playa de arenas blancas a muchas horas de avión de su lugar habitual de residencia mientras muestra a su cohorte de amigos chupópteros las fotografías en 3D que ha tomado del placentero viaje”.
El escritor, detiene un momento los dedos en su teclado. Relee lo escrito momentos antes, hace un gesto negativo con la cabeza. No, no le gusta lo que ha escrito. Pero está encallado en un mar literario sin final, no sabe qué camino tomar para hallar la salida. Este último trabajo le quita el sueño, el apetito, está de mal humor. Está atascado en la novela. No sabe cómo continuar. Su personaje principal ha perdido relevancia, a favor de un tercero que apenas salía una líneas en el capitulo cinco. Ahora es él quien dirige la trama. Edelmiro Palma está a punto de morir, pero él no quiere que muera, tiene todo planeado para que sobreviva. Lo dicen sus notas, sus esquemas, su hoja de cálculo. Todo esta ahí escrito. Mira constantemente sus anotaciones y no se lo cree. La novela no va por los derroteros que él quiere.
Darío Rubén-personaje secundario- ha tomado las riendas de la acción, en el capitulo seis hace un juego sucio y se hace con el poder de la mente de su creador y ahí está ahora en plena acción intentando volver loco de un modo natural a su enemigo.
Toma el vaso que tiene a su derecha, apenas queda Whisky, apura el vaso. Echa un vistazo a la habitación, a veces le parece que sus personajes están ahí, en plena conversación sin que él haya dado su permiso. Tiene ganas de gritar, de echarse a llorar, pero no puede, tiene una reunión con el editor en apenas una hora. Se lo dijo Darío Rubén: -“eh autor, no te despistes que en un rato vienen a verte”. De buena gana le hubiese dado al botón Delete del ordenador y así acabar con esa pesadilla, pero no podía, llevaba escritas casi trescientas cuarenta y ocho páginas. Bastante problema tuvo al cambiar de narrador en la página ciento cinco y tener que reescribir todo de nuevo. Siempre le quedó una duda, porque ahí se atascó durante unos días y fue incapaz de escribir una sola línea, una sola palabra. Había una voz en su interior que le decía que así no podía seguir, que le diese un giro a la escritura. ¡Qué mejor para ello que cambiar de narrador y volver loco de forma natural, sin que nadie pueda sospechar nada, al protagonista! A partir de ese momento, todo pareció ir en contra suya. Y para mal de todo habían matado al protagonista de forma trágica, sin elegancia, con una sobredosis de telenovela.
Cambió el ordenador de sitio donde escribir, de táctica,… pero Edelmiro Palma seguía muerto, sin responder a sus órdenes y Darío Rubén cada vez le desafiaba más duramente. Todo se escapaba a sus manos. No era posible, ¿por qué? se preguntaba ¿Por qué? ¿De tanto escribir uno puede volverse loco?








© Miguel Urda

8/08/2011

Nubosidad variable.


Esta entrada de blog no es nueva pero dado que por una cosa u otra mi vida parece girar alrededor de esta novela y como es época estival creo que es una recomendación perfecta para volverla a volcar aquí y orientar a alguien en caso de que tenga duda sobre que leer este verano.








NUBOSIDAD VARIABLE




Esta novela narra el reencuentro de dos amigas, de la infancia y adolescencia, Sofía Montalvo y Mariana León después de mucho tiempo de ausencia. El encuentro de ambas protagonistas, de forma casual en la exposición de pintura de un amigo común, es el punto de partida de una “explosión” literaria por parte de las dos mujeres donde expresarán sus sentimientos, estados actuales, hechos pasados… Y podría decirse que retoman la amistad para rellenar un hueco existencial que ocupa el presente.
Sofía es un ama de casa tradicional, ahogada en su vida y rutina familiar, anclada en el pasado, que cumplió el papel de madre con tres hijos, pero estos vuelan a su propio ritmo. Su marido es un añadido al matrimonio, donde se agotó la pasión bien pronto. A pesar de tener una vida interior rica y sin desarrollar, no es feliz y, de forma progresiva, ha ido llegando a un estado de desencanto y desilusión.
Mariana, psiquiatra de profesión, no tiene pareja ni hijos, vive en un presente desorientado que le impide ver dónde se encuentra y busca el porqué de ese desequilibrio emocional, que oculta a los pacientes, pero que se desboca y desborda en la intimidad de su soledad.
Las protagonistas tienen una lucha interior propia, provocada por la situación donde se encuentran, un presente descolocado y donde intentan buscar un apoyo para salir de ese momento. Ambas mujeres toman a la literatura como punto de partida para resolver el momento actual y disfrutar del asentamiento del pasado. Puede decirse que tanto Sofía como Mariana escriben para un destinatario, pero en realidad es para sí mismas: son deberes impuestos por ambas que les sirven de autoayuda.
Mariana le encarga a Sofía que comience a escribir, a lo que ella obedece sin rechistar y de forma gustosa. Comienza a hacerlo en un cuaderno, y a partir de ahí empieza una serie de hechos que motivan al lector a no apartar lo ojos de la lectura. La narración que no tiene un hilo propiamente establecido, sino únicamente las ganas de escribir y de contar, cuya única finalidad es descargar todo lo que lleva en su interior. En un principio parece que comienza a escribir tomando la forma epistolar, pero no toma tal forma y se aproxima más al diario, pero tampoco se amolda a esta forma concretamente. Mientras que Mariana adopta la forma epistolar. Aunque únicamente envía una carta por correo, las demás las escribe para entregarlas en mano a la destinataria.
Desde que ocurre el encuentro fortuito hasta el final de la novela el periodo de tiempo es prácticamente de un mes, -desde finales de abril hasta finales de mayo- muy poco para desarrollar una multitud de acontecimientos del pasado y presente que ambas en “sus deberes escritos” desarrollan. La autora conjuga magistralmente el uso del tiempo en ambas protagonistas, alterna hechos del presente con hilaciones al pasado, sin salir de la historia principal. Los saltos al pasado no tienen un orden cronológico. Las protagonistas tienen tanto por contar que las desborda, las obliga, de forma consentida, a escribir sin dilación alguna, las llena de ilusión, saben que todo lo que escriben pronto tendrá un significado, un sentido. No escriben a la deriva.
A nivel narrativo, comentaré que la autora desarrolla la obra en primera persona la voz del narrador, excepto en el final donde cambia la voz narrativa para usar la tercera persona. Coloca a un personaje ajeno o secundario a la trama principal para contar lo que ocurre. Una buena solución para un final muy abierto a las conclusiones que cada uno pueda extraer
.





© Miguel Urda

8/01/2011

Para la próxima cita




Ahora he de ir a mi psiquiatra. Me obligan. Invento cosas que decirle. Ignoro qué pensará de mí. ¡Dice que soy una cebolla muy original! Le tengo ocupado pelando capa tras capa. Y cada capa que deshoja es más complicada que la anterior, me lo dice con una voz profunda “lo suyo es un problema de transgresión bipolar con raíces en la culpa positiva en la pre-infancia provocada por una carencia de estima liberal” y yo me quedo blanca como la pared al escuchar esas palabras. Me entran ganas de decirle “peazo de enfermedad que tengo ¿verdad, doctor?” pero no le digo nada y le dejo que siga observándome, haciéndome preguntas.
-¿Y por qué mira las estrellas?
-Porque yo soy una estrella que me caí en el jardín de los vecinos –respondo, mientras veo cómo lo anota en folios de color ocre-. Me camuflé como una niña rebelde de doce años.
-Y decidió colarse a la casa de al lado para formar parte de ellos como un miembro más.
-Sí, eso es, -le digo mirando sus zapatos que sobresalen por debajo de la mesa. Están manchados de barro.
-¿Cómo le acogieron en su familia? ¿Ya es un miembro más?
-No, no soy una más de la familia. Ninguno de ellos viene a verle a usted, señor psiquiatra, sólo me obligan venir a mí. Si yo estuviese integrada no tendría que venir a verle, ni ponerme este vestido rosa tan feo. Ellos son malos, dicen que estoy loca.
-¿Por qué dicen que está loca?
-No lo sé. Se lo inventan todo ellos. Son malos, quieren liquidarme.
- Pero, si la quieren matar, alguna razón habrá, digo yo
-Sí, tienen envidia de mí. Yo soy una cebolla azul, y ellos son blancos. Vengo de sangre real y cuando hago llorar a los humanos, echan lágrimas azules.
-¿Ah, sí? No lo sabía –me responde el tonto del psiquiatra. Igual piensa que me he creído que se ha creído mi respuesta. Pero yo me lo paso bien.
-Una vez había una princesa falsa –le digo con voz inocente y cambiando de tema, pues comienzo a aburrirme.
- ¿Falsa? –me pregunta el médico con voz de asombro.
-Sí falsa. Resulta que estaban a punto de casarse. En el altar la novia, muy guapa y muy elegante ella, con su vestido blanco de mil metros de cola, portada por muchos pajes, comenzó a llorar y todos los invitados, reyes, princesas, duques, condes,…, empezaron a murmurar cuando vieron que sus lágrimas eran transparentes. El príncipe sin dilación y pena alguna la mandó al cuarto más oscuro del castillo. En las noches de cuarto creciente se la puede escuchar perfectamente llorar.
-¡Guau!, -responde el tonto del psiquiatra-. Así que hay una princesa que intentó engañar al príncipe y está en los calabozos de palacio llorando.
-No, no está atento a lo que le cuento. No era una princesa, sino una plebeya que quiso engañar al príncipe y no está en los calabozos, sino más profundo todavía, en los cuartos oscuros que tiene el Castillo. Se dice que sólo hay camino de ida para llegar allí.
-Vaya, vaya –dice mi psiquiatra anotando de nuevo cosas en los papeles.
¿Qué hará con los papeles después? Ojalá algún día los pierda y yo me los encuentre, podría saber qué piensa de mí. Vería cómo escribe sobre mí y mis fantasías, todas mis locuras y si realmente piensa que estoy muy, muy enferma ¿pedirá consejo a otros médicos? Analizará mi caso con otros colegas, llevará mi enfermedad a conferencias, charlas… ya lo estoy viendo, poniéndose chulito, arreglándose el nudo de la corbata, con un traje gris muy gastado, -que pena que en esto no se parezca a mi papi que tiene muchos armarios con muchos trajes- da un carraspeo para decir que va a hablar y comienza: “Hoy les voy a exponer el caso de la adolescente que a veces piensa que es una cebolla”. Y estará hablando mucho, mucho rato sobre mí. Pero él no sabe que puedo ser muchas más cosas. Ya comienzo a aburrirme otra vez. Para la próxima sesión seré una magdalena voladora que huye de un elefante.






©Miguel Urda