8/12/2026

El regreso de los exiliados, Elisabeth de Waal: cuando todo es igual, pero diferente




Exilio es probablemente una de las palabras con connotaciones más duras que contiene cualquier idioma y quien lo ha vivido sabe que no digo ninguna banalidad, y ahí radica el eje de El regreso de los exiliados, donde los protagonistas intentan retomar la vida que tenían antes de la masacre judía que trajo consigo la llegada de los nazis al poder.La prosa de Elisabeth de Waal no es baladí y nos muestra que posee unos conocimientos de primera mano sobre los hechos que cuenta y la época en que le tocó vivir; sin embargo, no la considero una novela desgarradora o cruda, todo lo contrario, sino que utiliza una prosa suave y firme para contar la dureza de unos hechos provocados por los caprichos del ser humano.

Dentro del elenco de personajes de la historia, son tres sobre quienes recae el peso: un profesor de química judío que vuelve para recobrar su antiguo puesto; una joven adolescente que no consigue encontrar su lugar, y un oportunista-vividor que intenta triunfar en la ciudad; y que representan la sociedad vienesa y su división para mostrar los detalles de la reconstrucción de la antigua capítal del imperio austrohúngaro y la forma que tienen cada uno de enfrentarse a ello. En la narración hay muchas cuestiones intrínsecas desgajadas con una sutileza impoluta y que no tienen que pasar desapercibidas para el lector. ¿Qué ocurre cuando se vuelve a la patria y todo es diferente? El individuo que tuvo que exiliarse ¿es el mismo que vuelve? ¿Y sus compatriotas, compañeros, ciudadanos? ¿Cómo se ve al exiliado desde dentro? o ¿qué ocurre cuando un judío tiene que volver a compartir puesto de trabajo con un verdugo?

La novela transcurre en un año, desde marzo de 1954 a la primavera de 1955, y deja claro que volver a tomar las riendas de la ciudad, de la vida y ser partícipe de la sociedad no es tan fácil. Narra un presente que intenta sobreponerse a un pasado reciente donde las heridas de la identidad no estaban curadas. De Wall refleja un mundo que desapareció y que la sociedad intenta reconstruir a semejanza de los recuerdos o de los mejores tiempos, pero ya se sabe que no todo lo pasado fue mejor y cuando se vuelve del exilio, la llaga del pasado es imposible de curar; en todo caso, aceptar que existe, vivir con ella y aceptar lo ocurrido. La novela está dividida en dos partes, muy bien diferenciadas, pero hay momentos donde siento que en la segunda parte deriva hacia una novela de folletín, aunque que no se aparta de la realidad, pues muchas veces se construyen relaciones sociales para sobrevivir y más en una ciudad que intenta reconstruir una identidad.

En España, la editorial Acantilado publicó, de Elisabeth de Waal, en el año 2012 La liebre con ojos de ámbar y en 2013 vio fue publicada por primera vez la novela aquí reseñada en Viena y aquí ha sido publicada bajo el sello editorial de Asteroide, con un prólogo del nieto de la autora, Edmund de Waal, y con la exquisita traducción de Celia Filipetto. En la solapa del libro, dice que escribió cinco novelas, pero que nunca llegó a publicarlas, y no es cuestión de entrar a dirimir el porqué no las publicó, sino el hecho de ver cómo una mujer era capaz de reflejar las consecuencias o repercusiones de lo acontecido al finalizar la Segunda Guerra Mundial y dejar patente qué resquemores, la convivencia entre los perdedores, los benefactores, pero sobre todo se percibe la búsqueda de una identidad nacional perdida mucho tiempo atrás, aunque el punto de eclosión fue el exterminio judío.

© Miguel Urda Ruiz

Texto y fotografía


8/06/2026

Como una novela, Daniel Pennac: el calzador de la literatura



La letra con sangre entra era lo más utilizado cuando alguien no quería estudiar o leer y se le obligaba a ello, y que, sin estar en un modo omnipresente, planea sobre la escritura del ensayo de Daniel Pennac y que, lejos de ser una obra didáctica propiamente dicha, intenta ofrecer las causas y las soluciones ante la falta de atención e interés de los adolescentes por la literatura.

Como una novela fue publicado por primera vez en Francia en 1993, cuando la tecnología –¿inteligente?– comenzaba a despuntar, pero todavía le quedaba un camino por recorrer hasta llegar al día de hoy, donde impera en cada momento de nuestras vidas. Pennac, profesor de literatura en un instituto de Francia, y viviendo en sus propias carnes la falta de interés de los jóvenes por leer, aborda elementos para promoverla e incide en los elementos donde falla el sistema educativo (en este caso es el francés, pero extrapolable al español), que hace todo lo contrario, dejar de incitar atención en el estudiante para que lea.

Escrito de un tono muy cercano, rozando por momentos el monólogo interior o "como una novela", nos hace ver que los llamados "enemigos" de la literatura pueden convivir con ella, como es la televisión o el cine, solo que es cuestión del profesor saber encauzar los gustos o empezar por algo que les provoque atención, lo cual testimonia con el inicio de una de las mejores novelas del siglo XX, El perfume. Esto incita a mirar en los comienzos de la novela y cómo deben ser, porque bastan solo unos segundos de lectura para asegurarse o no, de que el lector se quede o se vaya. También focaliza la labor de los padres y la educación que proporcionan a sus vástagos. Pero sobre todo Pennac recurre a la imaginación, para que sea el propio alumno quien la haga funcionar y vea a la historia que está leyendo como un compañero de aventuras.

Para mí la cuestión es: ¿a quién está destinado el libro? A cualquier lector puede ser la respuesta básica, pero Pennac toca en la llaga de la pedagogía literaria, en por qué leer ciertos "clásicos" si el alumno no está preparado para ello, o por qué los planes educativos no permiten licencias a los docentes, o incluso por qué hay docentes que están incapacitados para enseñar. No obstante, el autor sabe de lo que habla y queda de manifiesto en el decálogo de los derechos del lector, porque lanza cuestiones muy básicas que cualquier persona que la lea en algún momento se las ha formulado: ¿puede un lector abandonar la lectura de un libro? ¿Puede subrayarlo? ¿Puede...? Una vez que el libro está en manos de su dueño, este puede hacer con él lo que quiera, ya sea escribir, subrayar, doblar páginas o incluso prenderle fuego; todo tiene su detractor y su oponente, pero la cuestión es leer. Pennac no pide más, solo que se lea, ni siquiera que le aporte algo extra o le haga reflexionar, porque una vez que el lector esté imbuido en su obra, poco a poco se irá volviendo más exigente y sabrá qué obras escoger y cuáles no.

Es evidente que hoy en día la atención requerida para leer una novela –incluso para ver una película, ya sea en el cine o en televisión– ha decaído en pos de la tecnología, pero el papel tiene consolidada su hegemonía, mientras que el libro electrónico está pertrechado en su búsqueda de lectores. Sea el soporte que sea, la cuestión es que el adolescente debe leer, pero sobre todo necesita un mentor que le acerque a las primeras obras, que serán lo que marque su futuro como lector. Es algo simple y cercano, pero lejano y utópico para los poderes públicos o educativos. El ensayo de Daniel Pennac no ha caducado; en todo caso, lanza nuevos interrogantes para los tiempos donde la tecnología nos apremia cada instante.

©Miguel Urda Ruiz

Texto y fotografía