1/13/2026

El arte de perderse, Rebecca Solnit: las tonalidades de una vida



Quien más o quien menos, alguna vez ha intentado perderse en la vida o por lo menos lo ha pensado. ¿Quién me buscaría? ¿Quién me echaría de menos? ¿A dónde iría? Estas son algunas preguntas que no están en el ensayo de Rebecca Solnit Una guía sobre el arte de perderse, porque la autora se aparta de lo convencional para profundizar en otros aspectos sobre dicho asunto y que no deja cuestión alguna en su justificación.

Lo primero es descartar la palabra "pérdida" como sufrimiento o alejarla del sentimiento de "amor" asociado a la pareja. Solnit distingue otro tipo de pérdida a través de álbumes familiares de fotografías, en momentos dolorosos vividos, en sus orígenes, de lugares, de valores, de lenguas,... porque a pesar de ello, el ser humano tiene que seguir avanzando, ya sea comenzando de nuevo o asimilando lo acontencido.

La autora cuenta su vida, pero sin tener un mapa trazado, sino momentos concretos: hombre tortuga, fallecimiento de una amiga, las secuelas del holocausto, etc., pero fijado en elementos que te llevan a elaborar tu propio mapa de recuerdos o sentimientos y lanzando la pregunta al lector de si es necesario perderse alguna vez, y que a su vez deriva en otra pregunta: ¿Hay que entender la vida? Porque durante la vida se plantean obstáculos y, en vez de luchar con ellos, hay que dejarlos reposar, darse cuenta de ellos y a partir de ahí prestarles atención. Sin embargo, al avanzar en el libro me siento confuso por momentos, pues hay capítulos con el mismo título y tengo la sensación de que me aparta de lo que yo quiero leer. Dejé el libro con mal sabor de lectura para no reseñarlo, pero la semilla de la insatisfacción estaba ya sembrada. Volví a él, esta vez a leer párrafos que tenía subrayados y ahí sí, sí que le di significado al libro.No me atrevo a catalogar o clasificar el libro en un género concreto de ensayo, pues toca, pasa por temas biográficos, filosóficos o artísticos, pero sin caer en lo básico o en algo sin justificar. Emplea el "azul" por un motivo concreto y deja claro que para cada lector la tonalidad será diferente e irá acarreada de unas vivencias propias. 

Es un libro extraño y que se sale de la línea de las publicaciones comerciales, pero fácil de leer y sobre todo que abre un horizonte al mismo horizonte, a no tener miedo al camino, a lo desconocido, a abrazar lo nuevo que vendrá, pero incita a disfrutar del momento sin tener apego al ayer. La vida es un mapa personal e intransferible y somos nosotros quienes ponemos los mojones o señalizaciones en él. Quién la interprete y cómo la interprete dará para otra guía.

© Miguel Urda Ruiz

Texto y fotofrafía


1/07/2026

Pabellón de cáncer, A. Solzhenitsyn: una disección de la sociedad enferma



Aleksandr Solzhenitsyn, escritor, y crítico con el sistema político ruso que le tocó vivir, con esta novela, Pabellón de Cáncer, nos deja ver cómo el hombre –el ser humano–, ante la enfermedad, pierde la condición de persona y su vida queda en otras manos (médicos, enfermeros/as) y por qué no "el azar".

Mediante la estancia de Oleg Kostoglodov en un hospital oncológico de provincias de la Rusia posestalinista, el autor disecciona su funcionamiento con una mirada inquisitiva hacia el sistema totalitario reflejado en cada personaje y cada hecho, de una forma tan intimista que los sentimos próximos a nosotros. El microcosmos de un hospital dirige la vista hacia la matriz social del régimen, donde todo funciona a través de una elaborada red de relaciones favoritistas o caprichosas. El hombre siempre está ávido de favores y siempre quiere más. Todo funciona por conveniencia y según el grado de afinidad con el régimen. Hay unas reglas que cumplir y unas estadísticas a las que dar forma. Da igual si el enfermo está curado o no, si el tratamiento es el idóneo o el tiempo de exposición a los rayos X es el que exige el tratamiento; lo importante es cumplir los plazos establecidos. Todo son planes, estadísticas, en definitiva, números que hay que cumplir ante la cúpula política; lo de menos es la enfermedad del protagonista. Los doctores, con vocación o no, también son un número y deben cumplir unas estadísticas de trabajo con ciertas enfermedades. El mal que una sociedad totalitaria padece y que no es que una sociedad democrática no tenga la enfermedad, sino que es diferente. En una, los medios para curarla son impuestos y en la otra puedes, incluso, quejarte de la enfermedad que tienes.

Es una novela que te hace sentir la injusticia con el enfermo, pero a la vez proporciona un atisbo de ilusión al ver cómo los personajes pueden enamorarse, cómo reciben visitas o cómo buscan su propio remedio para sanar. Incluso percibes cierta alegría cuando el paciente es dado de alta; si está curado o no, es lo de menos, y recibe la libertad para volver a algo que ya había perdido: la libertad. Pero ¿qué ocurre cuando la libertad es insípida? ¿Acaso es mejor estar al resguardo de la gran sombra que provoca el poder totalitario?

Al finalizar su lectura se produce una sensación de vacío, como si te obligan a saltar al infinito sabiendo que no hay vuelta atrás. La historia habla por sí misma, pero debieron pasar casi cuarenta años para su publicación con la llegada de aires democráticos a Rusia para ser consciente de ello. El legado que dejaron los autores que fueron críticos con el régimen está vigente y solo queda manifestar que todo lo que cuentan existió y la línea que puede llevar a que se repitan los hechos es frágil.

© Miguel Urda Ruiz

Texto y fotografía

1/01/2026

Las gratitudes, Delphine De Vigan: un juego de espejos sociales


 

La autora francesa Delphine De Vigan extiende todas las cartas de la vida, en algo más de ciento cincuenta páginas que abarca Las gratitudes, para que tengas que posicionarte desde el inicio de la novela, porque en la vida no hay un ganador, sino que todos somos perdedores, dado que es ella quien maneja la partida y, en todo caso, solo hay que agradecer haber pasado por sus dominios.

A través de tres personajes —Michka (anciana), Marie (joven y vecina) y Jerome (logopeda)— asistimos a un diálogo generacional y un juego de espejos sociales reflejados en una gratitud recíproca cuando el cuidador es cuidado por alguien que cuidó. La escritora inserta de forma directa el gran interrogante que provoca la vejez. ¿Cuándo te das cuenta de que uno es viejo? ¿Cómo lo aceptamos? ¿Cómo lo acepta la sociedad? Porque está claro que a la vejez se llega –o llegaremos–, pero la cuestión es, en qué momento seremos conscientes de ello. Y llegados a este es el punto de inflexión:el aceptar que ya eres un anciano y, si estamos preparados para ello o no, pues una cosa es evidente e indiscutible desde el momento que se es consciente: todo el camino restante es hacia el final.

La anciana Micka, nos muestra cómo una persona que siempre se valió por sí misma, con un trabajo significativo y autónomo, debe comenzar a valerse con ayuda de los demás, dejando patente una incomodidad en el lector, porque toca temas por los cuales la sociedad de occidente –en oriente tienen otra forma de ver a nuestros ascendientes– intenta colocar un telón (tupido o no, según el punto de vista con que se miren) sobre la mal llamada "tercera edad". ¿A partir de qué edad se forma parte de dicho segmento social? ¿Cuándo ya no puede valerte por uno mismo? ¿Cuándo ya no eres útil para trabajar? (Aquí puede haber mucha discrepancia, pues la sociedad cada vez requiere de gente más joven para trabajar y, a los cincuenta años, ya no se te considera apto para desempeñar un puesto de trabajo en una empresa). Una de las cuestiones que sostiene a la novela es la forma con que trata la decrepitud del ser humano, pasando por temas como la soledad, el abandono, el trato del adulto hacia la persona que ya no es dueña de sí misma, la pérdida de facultades o incluso la cuestión de si el "anciano" es solo un número o una carga que no provoca ninguna rentabilidad para la sociedad.

La novela no engaña en su desarrollo y deja algunas aristas para que el lector piense y extraiga sus conclusiones, pues existe una especie de tabú al hablar sobre la ancianidad; siempre pensamos que nos queda lejos (es algo que les pasa a los demás), y más en una sociedad que prima el culto al cuerpo con el fin de alargar lo máximo posible la llegada de un final. 

Las gratitudes nos muestra que no se necesita mucha prosa para evidenciar la realidad, y más cuando no queremos verla, pero que está ahí. No sientes rechazo a lo que está contando, quizás asombro, porque el lector sabe que los hechos que narra pueden tocarle a uno, ya sea en primera, en segunda o en tercera persona. Guste más o guste menos, nadie escapa del final de la vida, aunque sea en una fantástica narración como es Las gratitudes.



© Miguel Urda Ruiz

Texto y fotografía