6/13/2026

El uso de la foto, A. Ernaux/M. Marie: Los vestigios de una intimidad






Lo primero que surge a la hora de tener El uso de la foto en las manos es: ¿de qué se trata? Y aunque puede parecer una pregunta carente de sentido, no lo es. El ser humano tiende a la clasificación y más en el mundo de la literatura. ¿Es un diario fotográfico? ¿Es una foto acompañada de una descripción? ¿Es una novela fotografiada? ¿Es un fotolibro No es nada de eso, a pesar de que Annie Ernaux sabe cómo usar la fotografía y, de hecho, es un elemento que está en la narrativa de sus novelas, donde, sin ser el eje principal, muestra la historia que está contando a un ritmo fotográfico. El libro versa sobre un pacto tácito entre dos amantes, que deciden fotografiar la intimidad de la relación, pero en un momento preciso y ambos por separado, y luego escribir sobre ello, pero sin que ninguno interfiera en el otro, y un día concreto se intercambian los textos.

Y todo puede parecer superficial, simple o fácil de escribir-fotografiar, pero es todo lo contrario; desde el primer momento surgen preguntas sobre muchos puntos de ambos personajes, porque en este caso sí puede decirse que son dos personajes; dos personajes que comparten una intimidad y la dejan al descubierto. ¿Cuánto tiempo dura la pasión amorosa? ¿Es necesario que exista un orden en el amor? ¿Da igual si primero se folla y después se preguntan qué se siente o es al contrario? ¿Hay que sentir amor para follar? Existen los datos justos para que el lector se imagine la relación y su duración, pero sí que fue recíproca y sentida por ambas partes. Ernaux está pasando por un tratamiento de cáncer de pecho con quimioterapia y teme que le afecte en su relación; él acaba de terminar un matrimonio. Hechos que forman a la persona en su momento y que puede afectar al otro; aquí no se intuye ese miedo, en todo caso respecto hacia el hecho de construir algo más, pero queda reflejado en el libro. Los instantes fotografiados son hechos únicos, sin repetición, y habrá otro momento igual, pero será diferente, porque todo lo sentido tiene otro cariz. Poner palabras a un sentimiento compartido es complicado, pero a su vez emocionante porque consiste en compartir lo mismo desde dos prismas diferentes.

Ver o mirar lo mismo, pero desde dos puntos de vista diferentes, algo que puede parecer fácil, pero solo hay que leer las primeras páginas para comprender que no es así. En la introducción del libro, la escritora nos cuenta el germen del proyecto. Primero fue la fotografía tomada en formato analógico y meses después surgió la idea de escribir un texto. Pero lo básico de las fotografías es que coge el momento como tal, sin modificación alguna de prenda, lugar o situación. Es el momento congelado en el hábitat de la pasión, el tiempo de la pasión. Pero Annie Ernaux no cuenta su vida, ya lo hace en las otras novelas; aquí es donde refleja el momento de una pasión mutua, como si de un juego se tratase (¿acaso el amor no es juego?). Nos proporciona imágenes que incitan a algo más, a saber cómo fue el momento de sexo, cómo fue el intercambio de fluidos o cómo respondían los cuerpos a ese momento. Entre sus fotografías encontramos: ropa interior de los amantes, folios, enchufes, flores, colcha... Todo tal y como quedó tras el momento de la cópula.

El uso de la foto fue publicado por la editorial francesa Gallimard en 2004 y en 2018 por Cabaret Voltaire en España, con las fotos en su versión original en blanco y negro, aunque se le añade un anexo con las instantáneas en color. Marc Marie apenas es conocido en España, y Annie Ernaux consagró su fama con la concesión del Premio Nobel en 2022.

Tras terminar el libro, queda esa incomodidad como lector y espectador sobre lo púdico e impúdico, pero que cuando está muy bien conseguido, la línea que demarca la frontera entre ambos estados no importa. Tan solo es disfrutar, que si nos ponemos filosóficos, también es una vertiente del amor.

© Miguel Urda Ruiz

Texto y fotografía


6/07/2026

Una soledad demasiado ruidosa, Bohumil Hrabal: la belleza del inframundo





Simple, bonito e incluso podría decirse, increíble el argumento de la novela Una soledad demasiado ruidosade Bohumil Hrabal, pero quedarse en esos tres adjetivos es afrontar la reseña con miedo, y no porque haya que temerle a lo que cuenta, sino a todo lo que existe en el inframundo del protagonista, que es un reflejo opaco del mundo que le ha tocado vivir. Desde hace treinta y cinco años, Hanta se dedica a destruir papel y empaquetarlo en balas en el sótano de su empresa, lo que directamente te lleva a pensar si es un homenaje a Dostoyevski, o incluso a Dante y ese purgatorio, y un interrogante perpetuo que en sí mismo el hombre no quiere o no es capaz de responder. ¿Por qué es tan cruel con la cultura?

Una historia de apenas cien páginas, pero donde el autor, con una técnica narrativa magistral, pone en manos del personaje pensamientos que enlazan con los primeros filósofos hasta el momento de su publicación, en el año 1971 en Suiza, ya que el escritor, por cuestiones políticas, estaba exiliado, pero sí que existen pensamientos que llevan a cuestionarse la calidad del ser y más cuando debe destruir la cultura, pues ya no tiene ningún valor por el momento político actual.

El autor deja patente que el silencio provoca mucho ruido, pero sobre todo hace daño en la mente y es lo que incitaal individuo a cuestionarse. Bajo su narrativa se refleja una crítica a la decadencia cultural, y más cuando llega el progreso y el trabajo que él realiza en un mes, las máquinas lo hacen en un solo día, por lo cual las alternativas posibles a la salida son pocas. El autor cobija su respuesta en el pasado, pensando en el individuo y cómo puede expurgar sus penas, y solo existe una salida: la cultura. Sin embargo, su prosa es monótona, con una escasez notoria de puntos y aparte que ayude a su lectura, pero es eso mismo lo que quiere el autor: manifestar el vaivén continuo de los pensamientos de las personas, que es algo incesante. A pesar de ello, la novela está plagada de toques humorísticos, y no exentos de una doble lectura: el amor y la escatología, Jesucristo y Lao Tse; el colorismo lo aporta la etnia gitana.

Preguntas. Preguntas. Y más preguntas surgen bajo esa primera lectura de belleza, solo queda volver a leerla. Anotar cada referencia pictórica, cada libro, cada pensamiento y buscarlo (no hay excusas posibles con la nueva tecnología). Conforme vayamos avanzando en los descubrimientos, iremos comprobando cómo el inframundo no es tan cruel como la historiografía lo ha contado. Solo hay que buscarle el punto de vista que a nosotros nos interese y, más que ruido o soledad, producirá una satisfacción enorme saber que la cultura es el alimento del alma.

A pesar de que la historia no te permite dejar de leerla, se hace densa y da la sensación de que es un relato alargado, y ya se sabe que los relatos, cuando les falta o les sobra, se nota enseguida. Pero la novela cumple uno de los cometidos que la teoría narrativa exige, el de entretener, pero si le añadimos que no deja indiferente al lector y le obliga a reaccionar, está todo servido y no se puede pedir más o, en todo caso, una cerveza más, como diría Hanta, porque el ruido del silencio es persistente y en ocasiones dañino, por lo que se necesitan alicientes externos para sobrellevarlo.

© Miguel Urda Ruiz

Texto y fotografía





6/01/2026

Los placeres de la literatura japonesa, Donald Keene: cuando lo sublime es efímero





Solamente con ver y tocar el libro ya se sabe que su interior no va a defraudar. Publicado por Siruela, Los placeres de la literatura japonesa de Donald Keene recoge cinco conferencias impartidas entre 1986-87 en instituciones de Nueva York y Los Ángeles sobre la poesía, el teatro y la narrativa, destinadas a un público en general; a pesar de que trataba sobre géneros de carácter tradicional, es decir, anteriores a la Restauración Meiji, donde todavía la huella europea no había ejercido influencia. Es un libro necesario para entender el gusto japonés por lo sencillo y el arte efímero, dado que busca la emoción, algo que solo se consigue una vez, cuando se contempla.

En la actualidad, Japón está de moda y a todo lo que viene de allí se le presta una atención especial, pero es difícil entender el gusto actual nipón sin tener algunas nociones de la estética tradicional. Keene, autor reconocido en literatura japonesa, toma como valores para construir sus disertaciones la obra Ensayo de la pereza de Kenko (h. 1330), donde define los cuatro parámetros incuestionables con los que debe contar una obra, siendo estos: irregularidad, sencillez, impermanencia y sugestión. Hace un trazado por las obras más significativas de la poesía, pero deja claro que el sentido que tienen hoy en día ha cambiado del que tenían en la época feudal; los teatros de máscaras parecen obsoletos cuando se representan, quedando solo para entendidos, pero sí que toman prestados elementos para el teatro de hoy en día, o, como viene siendo habitual, el presente no sería nada sin el pasado. En la narrativa, el autor norteamericano hace un recorrido breve, pero primordial, desde las primeras obras de Ki no Tsurayuki en el año 906, pasando por la obra cúspide de la narrativa japonesa, como es La historia de Genji de Murasaki Shikibu. Es decir, Keene no se adentra en analizar las obras con una minuciosidad de detalles, sino que deja patente el porqué y la causa que motivó que floreciera cierto género en cuestión y la repercusión que ha llegado a tener hoy en día. A pesar de que ha pasado tiempo desde estas conferencias, Japón no se ha quedado rezagado en el arte de crear; sí que su forma de hacer arte (literatura incluida) sigue teniendo presente las fuentes (imaginarias o no) del pasado.

El libro aporta una profusa bibliografía de todos los géneros que aporta el autor, pero el traductor, Julio Baquero Cruz, hace una compilación para el mundo hispánico, muy a tener en cuenta. No es un libro para mayorías, pero tampoco para minorías, sino para todo aquel que sienta curiosidad por la literatura nipona y para aquellos que quieran ampliar su bagaje literario en cultura oriental. Pero permítanme una recomendación: antes de entrar en leerlo, cójanlo en sus manos, miren las páginas, la textura, las palabras; disfruten de la estética japonesa en Siruela y verán que se cumplen las palabras iniciales.

©Miguel Urda Ruiz

Texto y fotografía