
Las habitaciones desordenadas son sinónimo de vida, pensó Amalia. Se había dado cuenta muy tarde y ahora ella se sentía feliz dejando cosas por medio. Comenzaba a abandonar la férrea disciplina que su madre les imponía a ella y a su hermano. Recoge tus muñecas, Amelia. No quiero el balón de fútbol por cualquier lado, Joaquín. Y así año tras año. La ropa colocada en la silla que cada uno tenía en el cuarto y un pequeño armario para los dos. Nada por medio. Los platos, ya fuesen del desayuno, de la comida o de la cena enseguida se fregaban, incluso cuando se cogía un vaso para beber agua había que limpiarlo y volverlo a guardar en su sitio. Todos los días había que fregar el cuarto de baño, el cuarto de los dos, el de mamá, el comedor, el pasillo, la cocina y una vez en semana la terraza. Los domingos era el día que se quitaba el polvo a las figuritas del mueble bar. Había que darse prisa pues teníamos que estar listos para llegar a misa de doce.
Conforme ella crecía sus responsabilidades domésticas iban a mayor mientras que la única función de su hermano era estudiar. De nada le valió a Amelia revelarse contra la educación de su madre, ni derramar lágrimas. Sentía que se asfixiaba. No podía llegar a casa a la misma hora que sus amigas, tenía que vestir falda escocesa con pliegues, mientras que sus amigas vestían pantalones vaqueros con campana.
Volvió a repetirse “el desorden es vida”. Había sido mucho tiempo de tener una vida organizada, a cada milímetro, a cada centímetro. Veía injusta la vida. Ahora intentaba vivir.
No se detuvo mucho en casa después de enterrar a su madre. Ni pidió a su hermano que la llevase con él a la ciudad, ni se despidió de nadie. Tenía la maleta hecha bastante tiempo atrás.
Treinta y cinco años son muchos años y más para una mujer donde al cruzar la frontera de los treinta el tiempo parece correr de forma precipitada.
La ciudad es dura para vivir pero lo es aún más para subsistir. Alguna noche lloró, pero las lágrimas le recordaban el pasado, lo que la hacían más fuerte. Se acostumbró a la ciudad y a pertenecer a ella. Aprendió a mirar sin miedo, a no tener que dar explicaciones, a vestir pantalones vaqueros e incluso minifaldas. Le fue duro encontrar trabajo, pero lo fue consiguiendo. En unos grandes almacenes se encontró con su hermano, la mujer y el niño recién nacido. Le dijo que no quería nada del pueblo ni regresar a él. Ni tampoco le dijo donde vivía o trabajaba.
Firmó el contrato del alquiler esa misma tarde. Aún tendría que esperar unos días para que los inquilinos actuales lo desalojasen. Después de la firma, Julián le propuso tomar un café. Amalia no aceptó.
Cuando él la llamó para darle las llaves del piso, ella intentando superar esa asfixia intrínseca, se armó de valor y le invitó. Se disculpó, pero los niños estaban a punto de salir del colegio.
El viernes por la mañana recibió una llamada de Julián para preguntar cómo había sido la mudanza. Dejó caer que tenía el fin de semana libre.
Ese fin de semana desayunaron, comieron, cenaron juntos; compartieron jadeos, sudor y sábanas y confidencias que sólo se entregan a un nuevo amor.
Tanta Amalia, Julián así cómo los niños formaron una conjugación perfecta para comenzar a vivir. Ella les permitía el desorden, sabía que era vida y era lo único que le ayudaba para intentar dejar atrás el opresivo pasado.