Es de ámbito popular saber que las maravillas del mundo antiguo son siete, pero en el momento que nos ponemos a enumerarlas, nos quedamos en la tercera o, como mucho, cuarta, sin llegar a recordar cuáles son las que nos faltan. Kai Brodersen, historiador de época antigua y clasista, intenta dar sentido a esta clasificación, cuya primera versión es mencionada en un manuscrito de antología de poesías, Anthologia Palatina, conservado en la Biblioteca Palatina de Heidelberg.
Es un libro breve, pero que sirve para situar el contexto del nacimiento de la leyenda, dejando aparte si existieron o no, porque en gran medida el pueblo antiguo se nutría de historias orales. Y una de las cosas que prioriza Brodensen es la diferenciación del mundo helenístico, donde se estableció la primera clasificación, al mundo actual y la ubicación de su contexto y significado tanto para el de ayer como en la actualidad.
Las siete maravillas establecidas por la antigüedad son: las Pirámides de Egipto —único monumento conservado hasta la actualidad—; las Murallas y los Jardines colgantes de Babilonia; la estatua de Zeus en Olimpia; el templo de Artemisa en Éfeso; el Mausoleo de Halicarnaso y el Coloso de Helios en Rodas. No era una lista cerrada y, dependiendo del momento político, zona geográfica o persona que hablase de ella, incluía o excluía nueva maravilla. Brodersen dedica un capítulo a cada maravilla y lo sitúa en su contexto, así como en el origen de su posible leyenda, pues es mayor la tradición o leyenda popular sobre las maravillas que los restos arqueológicos o dataciones geográficas posibles. Aunque incide en un elemento fundamental en todas ellas: su grandiosidad. Algo que para la gente de la época tenía que parecer descomunal, y que a su vez también encierra un interés turístico, como es el caso de Hesíodo, que estuvo en Egipto visitando las pirámides, como refleja el siguiente párrafo: «Cada una de las Siete Maravillas del Mundo es bien conocida por todos por su fama, pero pocos la han visto en persona, pues hay que viajar a Persia, navegar por el Éufrates, ir a Egipto, residir en los Eleos en Grecia, marchar a Halicarnaso en Caria, ponerse rumbo a Rodas y visitar Éfeso en Jonia. Aquel que deambulare por el mundo y quedare desfallecido por las fatigas del viaje, solo vería satisfecho su deseo cuando hubiera pasado ya lo mejor de su vida a través de los años». Brodensen aporta datos, casi anécdotas, sobre el mundo clásico, aunque es el reflejo del imaginario colectivo de la antigüedad: la importancia del número siete (siete sabios, siete contra Tebas, siete días de la creación, por citar algunos); por qué unos jardines eran considerados como una maravilla; los errores de transmisión; las medidas o forma de medir y qué se considera desproporcionado e inconexo con la realidad.
El libro aporta una copiosa y curiosa bibliografía que demuestra la vigencia de una curiosidad patente que hay por esta leyenda, desde tiempos remotos, y que nos lleva a otra cuestión: el interés por parte de una marca comercial que proclamó en el año 2007 una nueva lista con las siete maravillas arquitectónicas del mundo moderno. Pero sobre todo queda una abertura hacia la curiosidad para profundizar en el pasado, pero teniendo presente que siempre es maleable.
© Miguel Urda Ruiz
Texto y fotografía