Siempre que se hable o escriba sobre la tiranía de un dictador será insuficiente, y es lo que pretende Ryszard Kapuściński con El Emperador, mostrar la forma de gobernar de Haile Selassie durante cincuenta años en Etiopía hasta su derroque en 1974 y proclamado por él mismo Rey de Reyes.
Libro que fue publicado en Varsovia cuatro años después de la muerte del dictador y en España por Anagrama en 1989, no teniendo ninguna reedición más hasta el año 2024 en la colección Compactos. De difícil clasificación, dado que no es un ensayo, no es una crónica periodística en sí, ni una novela; Kapuściński juega con los tres géneros para dejar al descubierto todo el entramado político de Haile. A través de una serie de entrevistas a funcionarios que estaban vinculados de forma directa con el dictador y con la vida de palacio, aunque siempre bajo el anonimato por el miedo a las represalias, asistimos a una realidad que nos cuesta mucho asumir, pero que existió. Cincuenta años de poder absoluto dan para mucho, para creerse el rey de todos los reyes, el elegido, el digno señor, por ejemplo, que es como solían ser denominados por sus acólitos; pero todo imperio tiene su fin (en realidad, todo tiene un inicio y un fin, con sus momentos de esplendor y decadencia) y son pocas las personas que permanecen a su lado cuando lo capturan en su morada "infranqueable".
Kapuściński traza un perfil grotesco del mandatario etíope, bajito y vulnerable, pero siempre rodeado de consejeros y aduladores. Sin embargo, lo que más me llama la atención son los caprichos que va construyendo por divinidad propia: "El emperador de repente podía nombrar para un cargo a alguien sacado del estrato social más bajo, elegido a menudo al tuntún de entre el vulgo" o "se levantó un fabuloso palacio que fue mantenido día tras día a lo largo de una veintena de años con el servicio y la despensa a punto, y que su Incansable Majestad pasó en él un solo día". Y una corte sin séquito no sería tal. Un entrevistado nos habla de su función durante veintiséis años en Palacio: portacojines. "Nuestro señor no podía ir sin mí a ninguna parte porque su dignidad continuamente le exigía sentarse en el trono y no lo podía hacer sin su cojín". Otro caso es el abrepuertas, el encargado de despertarlo y así hasta mostrar toda la fauna sequital que hacía creerse a Haile Selassie como descendiente del rey Salomón.
La ficción se nutre de la realidad y nos sorprende cuando esta última supera la ficción, y Kapuściński maneja todas las armas narrativas en el estilo llamado "nuevo periodismo" para que el lector se sorprenda sobre los caprichos de un dictador, y aunque pueden ser estrafalarios, crueles o despiadados, todo resulta poco para desenmascarar a un tirano o a un dictador. El libro se lee de forma amena e incluso, dada la gravedad de lo que está contando, saca una sonrisa al lector, pues no hay nada más irrisorio que la verdad sin adornos.
© Miguel Urda Ruiz
Texto y fotografía