3/21/2026

La casa de verano, Masashi Matsuie: la sensibilidad nipona en estado puro





Hay novelas en las que al finalizar –o antes incluso–, me asaltan infinidad de dudas sobre los aspectos técnicos e intento ponerme en la piel de escritor y averiguar por qué ha usado los recursos o formas como los hace. En La casa de verano de Masashi Matsuie, la principal duda fue cómo surgió la idea de compaginar dos mundos tan heterogéneos, para que resultara una vinculación narrativa cohesionada, sin fisuras, como es la historia de unos personajes a través de un estudio de arquitectura.

Todos somos conscientes de que diseñar un edificio acarrea sus dificultades, pero pocos somos conocedores de los entresijos arquitectónicos que conlleva construir unos cimientos, una ventana o una cornisa, por citar algunos elementos; es decir, solo los entendidos saben de lo suyo, y con esta novela ocurre igual: construir una novela a la altura de lo que ha hecho Matsuie no es fácil y para ello me remito a las palabras de Ana María Matute sobre la escritura de una novela: "Escribir una mala novela cuesta, así que imagínese lo que cuesta escribir una buena novela". Aquí todo es tan simple que parece que los hechos que se están contando no tienen nada de especial o de importancia, pero ya estás atrapado en la historia y no será posible salir de ella.

Narrada en la voz de un joven arquitecto y recién incorporado a plantilla, cuenta cómo el estudio de arquitectura traslada sus oficinas a una casa en la montaña con la finalidad de huir del calor, y allí sopesan si deben presentarse al proyecto de construir una biblioteca pública, lo cual supone una perspectiva nueva de todos los hechos acontecidos. A través de sus páginas asistimos al diseño de una biblioteca: "Una obra pública se construye para los usuarios. No tiene ningún sentido construirla pensando en el prestigio del país. Y, cuando el proyecto es, encima, el resultado de influencias políticas, entonces el asunto no es ya para tomárselo a broma. Las bibliotecas se construyen con los impuestos de los ciudadanos, y si estos terminan pensando que las instalaciones están bien, pero que no se pueden utilizar, entonces el proyecto es un fracaso". En la novela asistimos a pruebas sobre cómo poner los libros, los anaqueles vacíos o llenos, qué función estética cumplen, cómo debe de ser el vestíbulo para que el usuario se encuentre cómodo, las ventanas, etc. es decir, preocupándose por la optimización de que el edificio cumpla la función pública para la que va a ser construido y por lo tanto, la función social que a cumplir, dejando en un segundo puesto el nombre o prestigio del arquitecto; algo que en nuestra sociedad no parece tenerse en cuenta, pues la prioridad suele ser el nombre del diseñador y en segundo lugar si es funcional el edificio o no.

Los personajes son piezas fundamentales del estudio (y de la novela), pero el autor te hace ver que nadie es imprescindible en esta vida y a cada uno le llegará el turno de tomar las riendas de su vida o destino. Hay amores del pasado y del presente, lo cual indica que el tiempo es permeable y a su vez elíptico. Todo puede repetirse; o todo se repite. La coherencia con la que están construidos es reflejo de la minuciosidad japonesa, donde la prisa no encuadra en su forma de vida. Nos enseñan cómo la relación entre cliente y arquitecto puede ser más importante de lo que pensamos las personas que estamos ajenas a este mundo y que repercute en el modo de vida del futuro dueño de la vivienda. "Cuando una casa funciona, el cliente recuerda lo que le dijimos al explicarle el diseño inicialmente, y utilizará esas mismas palabras cuando enseñe la casa a sus invitados. Las palabras que empleamos nosotros, los arquitectos, serán las que algún día usarán los habitantes de la casa. No hay señal más clara de que uno ha hecho un buen trabajo".

Publicada en España en 2025, lleva desde el año 2012 en las librerías niponas, con un reconocimiento de público y crítica, obteniendo el Premio Yomiuri, uno de los más prestigiosos y antiguos del mundo literario japonés y que suele ser otorgado a escritores con una consagrada trayectoria; este caso fue excepcional dada la magnitud de la novela. Es una novela que te permite acercarte al mundo japonés sin miedo, y sin saber si captarás el mensaje o no (no todos los novelistas japones publicados en España son comprensibles) sentirás fluir la prosa al ritmo de la sensibilidad que la editorial Asteroide conoce y con una lograda traducción de Lourdes Porta que nos acerca al Japón actual donde el pasado pesa. Al finalizar la novela, cada vez que entres a una biblioteca volverás a pensar en la novela.

© Miguel Urda Ruiz

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3/15/2026

Ocean Vuong, En la Tierra somos fugazmente grandiosos: la valentía de un dolor



El asunto está claro o, por lo menos, lo intuyes cuando sabes que la novela de Ocean Vuong es una carta que el protagonista escribe a su madre analfabeta. Lo primero que uno piensa es en los reproches que le va a echar en cara y por qué actuó de tal o cual forma, pero el autor se aparta de eso y su intención es manifestar una relación con una persona que, como se observa en la novela, no lo ha tenido nada fácil, lo que provoca una implicación del lector desde el inicio hasta la última línea.

El autor es de origen vietnamita, pero emigró a Estados Unidos con dos años de vida. Vuong, con dos novelas en su haber, la última, El emperador de la Alegría, publicada en septiembre del 2025, y la aquí reseñada, En la Tierra somos fugazmente grandiosos en 2019, es hacedor de una prosa lenta, pausada y equiparable a Hollinghurst, Banville o Didion y que ojalá sea el inicio de una carrera muy prometedora, lo avala la distancia de la publicación entre sus dos novelas, que ya te hace saber por dónde va su línea de creación narrativa.

Perro pequeño, es el nombre por el que su abuela llama al protagonista, y no escatima en contar la realidad tal como es bajo lo que él vivió: los maltratos de su madre; cuando folla con un hombre por primera vez, o cuando la muerte está presente delante de sus ojos y no hay otra cosa que hacer, solo esperar que llegue, y que tiene como telón de fondo los momentos históricos que vivieron ambos países como es la Guerra de Vietnam, la migración en ambas vertientes, con el consiguiente desarraigo y que revierten en construir la personalidad del personaje, como son los traumas, la identidad masculina, el amor, el desarraigo y sobre todo las formas de aceptar y vivir cada cultura y como la costumbre y tradición tienen que seguir vigente en el país benefactor o receptor. No existe un orden cronológico, sino que se agradece que no sea monótono, pues hay momentos donde los hechos hacen pupa al lector, y no es porque sean crueles, sino porque se sabe que son verdad y aceptar la realidad duele más que el propio dolor.

Vuong, maneja con dominio los recursos narrativos y nada está al azar; además, implica al lector con la belleza de una poética lírica que no desentona, sino que acompaña la sensibilidad que Perro Pequeño derrocha, sobre todo en esos momentos que la vida te hace perder el rumbo o algo que no encaja, pero no es así; todo tiene una función muy bien planificada dentro de la historia. A pesar de todo lo que sucede en la novela, considero que está impregnada de amor, pero que a veces las circunstancias no permiten expresarlo o verlo como tal, y lo que importa es cómo sobrevivir a ese momento. El amor a una madre puede estar justificado, criticado o tachado de insensible, pues las relaciones materno-filiales son algo que está en continua renovación, con los consiguientes altibajos de amor-odio-amor.

No hay que perder de vista a Ocean Vuong. Nacido en 1988, tiene una excelente carrera como escritor. En la Tierra somos fugazmente grandiosos permite una lectura, tras otra sin cansarte. Es algo que define la buena literatura, las diferentes visiones de algo que lees otra vez y la capacidad que tiene de sorprenderte.

©Miguel Urda Ruiz 

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3/09/2026

Hombres sin mujeres, Haruki Murakami: la soledad como refugio del alma



No hay engaño posible al hablar de Haruki Murakami, el escritor japonés que ha conseguido democratizar la literatura nipona y trasladarla a Occidente manteniendo un universo propio. Lo cual conlleva una disparidad de criterios sobre su ficción y el ámbito popular que le da amparo, postulándolo –crítica y público– desde hace años como eterno candidato al Premio Nobel de Literatura. (Una vez más lo digo: a dichos premios no se postula, se conceden por la envergadura totalitaria de su obra y algo de política también subyace en ello).

Hombre sin mujereses un libro compuesto de siete relatos, desde una perspectiva sencilla, sin la doblez de mundos que suele otorgarnos en sus novelas, pero sin perder el sello característico de su particular cosmos. Son protagonistas abocados a la soledad, a enfrentarse a una realidad, a la cual no parecían pertenecer, incluso a sentir el ruido que el alma produce ante la vida. Siete hombres de diferentes calados, diferentes personalidades y diferentes formas de ver la vida, y que, obligados por los acontecimientos que les van sucediendo, tienen la necesidad de mostrar su versión más sincera, cuya causa siempre la provoca una mujer. 

Los títulos de los relatos hablan por sí solos y te sumergen en diferentes ambientes cotidianos; son la realidad urbana, personajes con el alma herida y que, sin ser conscientes de ello, buscan una cura a esa cicatriz. El libro lo abre Drive my car, donde el protagonista conversa con una joven que es contratada como conductora y plantea ciertas interrogantes sobre el amor y la muerte; Yesterday, la búsqueda de la identidad en el amor desde diferentes perspectivas; en Un órgano independienteasistimos cómo un cirujano huye del compromiso a pesar de tener relaciones muy diversas y frecuentes con mujeres; Sherezadejuega con una intertextualidad y coloca el punto de vista en las historias que le va contado al protagonista la mujer que cada semana limpia su casa; Kino, nos muestra a un marido que como salida a la ruptura de su matrimonio alquila un bar, y el mayor atractivo es la música de jazzSamsa enamorado, nos encontramos con una visita inesperada en un sitio ajeno a la vida del protagonista, donde nos muestra el doble juego de quién tiene la llave del amor; y en el relato que cierra el libro Hombre sin mujeres, está la narrativa más pura y que define el microcosmos del autor nipones, con una llamada en mitad de la noche donde le dicen que alguien que formó parte de su vida se ha suicidado.

Cuando hablo de relatos, aconsejo leerlos de forma desordenada y aquí no es menos, porque siempre está el orden de prioridad de la editorial y no como el escritor, posiblemente, querría que el lector los hiciese suyos. Este libro permite el orden aleatorio y, como mucho, uno por día con el fin de sostener la esencia de que está contando una historia corta. Quien no conozca el mundo de Haruki Murakami o tenga reparos cuando vea alguna de sus novelas, este es un buen libro para comenzar a leer al autor. Seguro que agradecerá entrar en otro mundo tan distinto, pero a su vez tan fascinante.

©Miguel Urda Ruiz

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3/03/2026

Hiroshima, John Hersey: la realidad de un dolor injustificado




Que las guerras son injustas, estúpidas e innecesarias y que siempre sale perjudicada la población más débil es algo ya conocido por todos; aun así, el ser humano sigue cayendo en el mismo error desde los albores de la literatura occidental. Hiroshima lo recalca una vez más a través de cinco sobrevivientes de la bomba atómica, lanzada en la mañana del 5 de agosto de 1945, donde lo único que consiguió fue provocar tanto dolor injustificado. —¿Se puede justificar alguna guerra?–

Contado de forma cercana, casi con una hilaridad tan próxima al lector que parece estar viviendo los hechos y en un estilo indirecto, limpio, simple, sin adornos y con una ausencia notoria de diálogos, para evitar distracciones al lector y que se centre en la verosimilitud de los hechos. Hersey parte de la rutina de los ciudadanos y el desconcierto que sienten ante lo que sucede. Pero llama la atención que ninguno se pregunta por qué sucede, sino que aceptan el hecho, porque todo el mundo estaba en la misma situación. ¿Qué había pasado? ¿Qué era aquello? ¿Dónde estaban mis allegados? ¿Mi casa?

Hiroshima trazó una línea en la narrativa periodística de Estados Unidos en el siglo XX, porque muestra de primera mano las consecuencias de un acto promovido por el poder político. El autor, John Hersey, fue considerado traidor dentro de su propio país, pues dejó al descubierto las atrocidades cometida bajo el honor de su bandera.

Estoy de acuerdo en que el libro es un fiel reflejo de lo que ocurrió, dado que no hay nada más desconcertante que saber que algo sucede y no saber por qué, es por lo que me parece un testimonio muy válido a tener en cuenta para generaciones futuras, pues muestra que el ser humano no conoce los límites de su propio ser. Sin embargo, hoy en día la información está al alcance de la mano y no me han sorprendido los hechos —no su magnitud—, pues tanta información hace desvirtuar su importancia. Considero que el documento de John Hersey es un complemento para profundizar en la bomba atómica y, sobre todo, en las secuelas que dejó y que perduran aún el siglo XXI. 

Se publicó un año después de finalizar la 2.ª Guerra Mundial cuando a la población le llegaban las noticias por la radio y la prensa escrita, mientras la televisión estaba en sus inicios. El libro hay que situarlo en su contexto histórico para darle una comprensión más acertada. Libros de víctimas, de sufrimientos, de injusticias los hay a raudales, y en todos ellos se revierte siempre lo mismo: el sufrimiento individual y colectivo, la barbarie cometida, el porqué... Insisto, la prosa de Hersey no cansa, te acerca al momento, pero hay demasiada información sobre el tema y no te va a contar algo que no te suene o no sepas.

La vida después de la tragedia continúa, eso es sabido por todos, pero es diferente el cómo lo afrontas y aquí lo vemos. Hay un capítulo final donde, cuarenta años después, el autor acude a Hiroshima para ver cómo ha sido la vida de los protagonistas y que para mí sobra; ¿para qué volver a contar algo que ya se sabe? 

©Miguel Urda Ruiz

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2/25/2026

La insolación, Carmen Laforet: a la injusta sombra de la Nada



Cuando leí Nadadurante mucho tiempo tuve dentro de mí la opresión que existe en la novela, al igual que he sentido un derroche de luz con La insolaciónlo que a su vez me ha provocado cierto enfado, pues hay veces que una novela abarca tanta envergadura que no deja sitio para el resto de producción novelística, como es el caso de la aquí reseñada. Publicada en 1965, es la cuarta novela de Laforet, y que en un principio iba a formar parte de una trilogía llamada Tres pasos fuera del tiempo, como explicaba la autora en el prólogo, pero que nunca llegó a ver la luz al completo. No sería hasta después de su muerte que se publicó la segunda parte Una mujer en fuga en una edición revisada por Israel Rolón Barela, quedando Jaque mate, de momento, en un cajón. 

En La insolación, asistimos a toda la luz que el mar Mediterráneo puede otorgar en un tiempo de represión, donde los ecos de la Guerra Civil se dejan entrever en un pueblo ficticio, pero situado entre Murcia y Alicante. El protagonista es Martín Soto, un niño entrando en edad adolescente, que vive con sus abuelos, dado que su madre murió prematuramente. Al regresar el padre de la contienda, lo hace con una nueva mujer para volver al pueblo, donde pasará tres veranos en compañía de los hijos del señor Corsi. Anita y Carlos, así como los personajes satelitales que completan la acción. Tres adolescentes y los veranos, lo que supodría el inicio de la vida adulta. Allí vemos cómo hay risas, complicidades, baños, suspiros de amor, verbenas... Es una novela de descubrimiento y de maduración como escritora, no exenta de crítica social, aunque no es lo que caracteriza la obra. Si no todo lo contrario, narrar el momento a través de los ojos de tres personajes cuyo único deseo es vivir el verano. Incluso aporta lo exótico como es el apellido de los Corsi. Lo extranjero es lo mejor o lo que tiene poder.

La novela se finaliza con miedo, pues te das cuenta de que has disfrutado de la historia y sientes que todo lo ocurrido allí era real. Consigue trasladar al lector el universo propio que Laforet mantuvo durante toda su obra, teniendo como uno de los puntos principales el mar. Pero la duda sobre la autora planea en toda la obra, o más bien la Nada planea por toda la obra. Considero que es mejor novela que la ganadora del Premio Nadal y que la responsabilidad que le otorgó la crítica y el público fue un bastión demasiado agudo para una mujer que pretendía solo escribir y no entrar en el juego literario que exigen las editoriales, de exhibición pública y de escribir x libros en x tiempo. Laforet iba despacio, al ritmo que marcaban sus creencias y sobre todo su propio mundo.

Carmen Laforet es mucho más que un premio literario; es uno de los pilares de la narrativa femenina del siglo XX, sin entrar en categorías de generación de medio siglo, de niños de posguerra, etc. 

Carmen Laforet consigue que te empapes de la novela de principio a fin. 

Carmen Laforet es emotividad en estado puro.

© Miguel Urda Ruiz

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2/19/2026

La promesa, Damon Galgut: la coherencia de una incoherencia



Lo advierte el autor, con la cita de Federico Fellini, que usa para dar paso a la novela:¿por qué en sus películas no hay una sola persona normal? Palabras que no provocan error dada la forma de ser de los personajes de La promesa.

Novela ambientada en los años ochenta en Sudáfrica (Pretoria), nos incita a mirar directamente al Premio Nobel J. M. Coetzee, y aunque la prosa de Damon Galgut es completamente diferente, sí puede decirse que bebe de la narrativa matriz surgida a raíz del apartheid. Esa época fue crucial para el país con Nelsn Mandela en prisión, la falta de un valor nacional para proclamar los derechos civiles de la población nativa, la disolución/repartición de la riqueza para el pueblo, todo ello unido a la religión, que siempre busca un resquicio para infectar con sus creencias las mentes de los más débiles o necesitados de afecto.

Dividida en cuatro capítulos, que se corresponden con personajes que saldrán de la historia al cumplir su función, quedando relegados a meras menciones. Durante el transcurso de treinta años vemos la evolución de los personajes, acompañados de los cambios políticos y sociales que vive el país, la segregación racial,que supone una pieza clave en la historia, puesto que, junto a los protagonistas "blancos" convive "Salomé", una criada negra a la que la matriarca, antes de morir, le hace una promesa.

Galgut muestra personajes que se salen de lo común, incoherentes con el sentido rutinario de la vida, pero viene a decirnos: "¿qué es la vida?", aunque siempre acuden a la llamada de la muerte en la novela, y a través de ellos nos muestra la evolución de todos ellos unidos al país. Vemos cómo en cualquier familia existen contradicciones, quejas, esperas, decepciones y todo porque la vida tiene unas reglas sociales comunes y familiares que no desentonan en ningún lado. El hijo díscolo, las esperanzas puestas en el mayor o el perdido. Cuatro décadas dan para mucho, para mostrar la verdad y la mentira de un país; como el individuo siempre busca un atajo para no dar crédito a las palabras que le obligan a comprometerse.

Al acabar la novela, vuelvo a releer la cita inicial y le doy la razón al autor: todos los personajes son incoherentes, pero buscan una coherencia que el momento que les toca vivir no les proporciona y solo les queda algo por cumplir, que lo deja en manos del lector, si son capaces de cumplir una promesa. No me siento defraudado por la historia solo profundizar más en la producción del autor.

©Miguel Urda Ruiz

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2/13/2026

Cinco historias del mar, Josep Pla: la vida, además del mar, es un sentir



Catalogado como el mejor prosista en lengua catalana del siglo XX, al leer sus palabras, entro en una dicotomía porque estoy de acuerdo, pero a la vez estoy en contra de dicha clasificación y voy a optar por decir que es uno de los mejores prosistas que dio la última centuria en nuestra literatura. Y no es que no quiera mojarme o apostar por una lengua o por otra, sino que el hecho de registrarlo en una u otra rango hace menoscabar su producción, pues implícitamente hay una cuestión ideológica que te aleja de una de las principales características de la prosa, como es su disfrute. De hecho, es un autor desconocido para el gran público y reducido a minorías literarias o recomendado por el boca a boca determinada obra.

Cinco historias del marla escribió a la edad de setenta y cuatro años, cuando su prosa ya ostenta la maestría de la experiencia y nos traslada a una de las mejores sensaciones experimentadas a través del mar. Nos sitúa en las postrimerías de la Guerra Civil, donde todo se ha acabado, pero permanecen las represalias que no se perciben a simple vista y todo está por hacer. Y teniendo como eje principal el mar Mediterráneo, Pla nos sumerge en un triángulo de sensaciones: la Costa Brava, su gastronomía y la vida diaria. Nos sitúa en lugares donde el turismo no había llegado aún y sientes la necesidad de trasladarte a aquella época. Nadie puede salir ajeno a todo lo que está mostrando, pero al estar escrito de una forma amable, tierna e intimista ahí es donde radica su buen hacer como escritor. 

Desde la primera línea nos encontramos una prosa cargada de minuciosidad, de detalles, de sabores, de olores, y las texturas que provoca el mar. Por sus páginas destilan personajes sinceros, aunque llenos de vida, que no saben cómo enfrentarse a ella o, lo que es lo mismo, para qué pensar en mañana si hay que comer hoy; Palafugrell, lugar donde nació, y asistimos con él a una taberna, a montar en un bote, de excursión a un barco naufragado, a pescar. Y llega un momento de la lectura donde te planteas qué estás leyendo, pues sabes que eres partícipe de algo muy concreto denominado relato, pero a su vez estás en una guía de viajes, en una degustación gastronómica o secando la ropa que, por ser descuidado, te ha mojado el mar.

Josep Pla sabe narrar sin cansar al lector, pero sobre todo traslada al lector su forma de sentir la vida y el mar.

© Miguel Urda Ruiz

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2/07/2026

El Emperador, Ryszard Kapuściński: una realidad demasiado verdadera





Siempre que se hable o escriba sobre la tiranía de un dictador será insuficiente, y es lo que pretende Ryszard Kapuściński con El Emperador, mostrar la forma de gobernar de Haile Selassie durante cincuenta años en Etiopía hasta su derroque en 1974 y proclamado por él mismo Rey de Reyes.

Libro que fue publicado en Varsovia cuatro años después de la muerte del dictador y en España por Anagrama en 1989, no teniendo ninguna reedición más hasta el año 2024 en la colección Compactos. De difícil clasificación, dado que no es un ensayo, no es una crónica periodística en sí, ni una novela; Kapuściński juega con los tres géneros para dejar al descubierto todo el entramado político de Haile. A través de una serie de entrevistas a funcionarios que estaban vinculados de forma directa con el dictador y con la vida de palacio, aunque siempre bajo el anonimato por el miedo a las represalias, asistimos a una realidad que nos cuesta mucho asumir, pero que existió. Cincuenta años de poder absoluto dan para mucho, para creerse el rey de todos los reyes, el elegido, el digno señor, por ejemplo, que es como solían ser denominados por sus acólitos; pero todo imperio tiene su fin (en realidad, todo tiene un inicio y un fin, con sus momentos de esplendor y decadencia) y son pocas las personas que permanecen a su lado cuando lo capturan en su morada "infranqueable".

Kapuściński traza un perfil grotesco del mandatario etíope, bajito y vulnerable, pero siempre rodeado de consejeros y aduladores. Sin embargo, lo que más me llama la atención son los caprichos que va construyendo por divinidad propia: "El emperador de repente podía nombrar para un cargo a alguien sacado del estrato social más bajo, elegido a menudo al tuntún de entre el vulgo" o "se levantó un fabuloso palacio que fue mantenido día tras día a lo largo de una veintena de años con el servicio y la despensa a punto, y que su Incansable Majestad pasó en él un solo día". Y una corte sin séquito no sería tal. Un entrevistado nos habla de su función durante veintiséis años en Palacio: portacojines. "Nuestro señor no podía ir sin mí a ninguna parte porque su dignidad continuamente le exigía sentarse en el trono y no lo podía hacer sin su cojín". Otro caso es el abrepuertas, el encargado de despertarlo y así hasta mostrar toda la fauna sequital que hacía creerse a Haile Selassie como descendiente del rey Salomón.

La ficción se nutre de la realidad y nos sorprende cuando esta última supera la ficción, y Kapuściński maneja todas las armas narrativas en el estilo llamado "nuevo periodismo" para que el lector se sorprenda sobre los caprichos de un dictador, y aunque pueden ser estrafalarios, crueles o despiadados, todo resulta poco para desenmascarar a un tirano o a un dictador. El libro se lee de forma amena e incluso, dada la gravedad de lo que está contando, saca una sonrisa al lector, pues no hay nada más irrisorio que la verdad sin adornos.

© Miguel Urda Ruiz

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2/01/2026

El accidente, Blanca Lacasa: al ritmo que la sociedad requiere




Hay veces que no son necesarias muchas páginas para notar el desenfreno narrativo y aceptar que te lleva al vacío. Hoy en día la sociedad tiene prisa, no se sabe para qué, pero todo debe ser inminente, y la primera novela que leo de Blanca Lacasa está impregnada de todo ello: prisa, inmediatez, urgencia. 

El amor es cobarde, pero a su vez es valiente y solo hay que saber de qué lado quieres estar o están los personajes. Y eso es lo que transmite la escritora, estar en el borde de la hoja de una espada donde dos personajes que se conocen, ambos con pareja y en los que comienza un amor, de esos que traspasan fronteras y que transmiten la sensación de estar más cómodo jugando al quiero y no puedo, antes que mojarse por completo o tomar una decisión, aunque se olvidan de que el instrumento sirva para hacer pupa, con mayor o menor intensidad.

La autora escribe con frases cortas, casi telegráficas, y en tercera persona, pues no desea impregnarse en lo que está contando, al igual que la sociedad, todo ocurre ajeno a todo y muy pocas personas actúan sobre algo ajeno. Aquí es igual, llamadas, canciones, idas, venidas, fichas de una vida para encajar a la perfección, aunque no siempre se colocan o usan de la forma correcta. Sin embargo, la historia la siento cobarde, sin atreverse a datar unos nombres: él y ella, son los personajes de la novela, aunque a su vez tiene sentido, pues puede ser cualquiera que habite en Madrid (ciudad donde se supone el desarrollo de la acción), pero los héroes y los perdedores suelen tener nombre. 

La novela apenas llega a ochenta páginas y puede leerse del tirón, pero eso no significa que no esté bien escrita. Conforme vas leyendo, y puede haber algún momento en el que te pierdas, aunque tengas la sensación de que está bien narrada y que esa confusión va a la par que la realidad de la protagonista, dado que hay momentos donde no sabe dónde está o qué hacer. Hay veces que lo quiere todo y hay veces que no quiere nada. Los personajes no hacen nada del otro mundo, solo reflejan lo que sienten.

Los primeros pasos del amor, no siempre son firmes, ni estables, ni siquiera a veces hay pasos, pues el susodicho llega y no te da tiempo a asimilar lo que ocurre y te arroja en los brazos del vacío, del infinito, de otro cuerpo. Con El accidente ocurre igual, no te da tiempo a pensar cuando estás teniendo uno y al darte cuenta estás llegando al final de la novela y es necesario volver a la acción de los personajes para entrar en su juego que no es otro que la vida misma. 

Habrá que estar atento a la prosa de Blanca Lacasa y por qué no a su próxima novela.

©Miguel Urda Ruiz

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1/26/2026

Cósima, Grazia Deledda: la forma de concebir de una vida propía




A pesar de que el ejemplar que tengo en mis manos es del año 2007 y en una cuidada edición de Nórdica libros, –con un excelente prólogo y traducción de María Teresa Navarro–, es el primer libro que leo de la autora Grazia Deledda. Todo un descubrimiento y que viene avalado por el premio Nobel en 1926, –cuando los premios no estaban viciados hacia tintes políticos o justificativos con el fin de rescatar a un autor del olvido– a una escritora, el único que ha sido dado hasta el momento al género femeino en Italia.

Escritora autodidacta, cuya primera novela, de corte sentimental, En el azul, la publicó a la edad de dieciséis años. Forjó una línea narrativa a través del pueblo donde nació, Nuoro, en la isla de Cerdeña, que había permanecido aislado del mundo exterior, dando lugar un imaginario personal, pero basada en vivencias propias con un doble motivo: escribir es lo único que sabe hacer y a la vez, le sirve para sobrevivir. Dejó muy pronto su isla para irse a vivir a Roma tras contraer matrimonio, no obstante, el recuerdo de su pueblo, supuso una fuente inagotable de material para toda su obra literaria.

Cósima es la última novela escrita por Deleda y publicada de forma póstuma; con una prosa sensible, pero sin caer en ñoñería, narra en tercera persona, con el fin de marcar distancia en sus páginas de lo personal, se asiste al primer plano que ocupan las mujeres en toda la narración, mientras que los hombres solo están para enfatizar los rasgos y/o hechos de las mujeres. Aunque no la considero una novela feminista, ni siquiera la crítica la considera una escritora como tal, sino que muestra un mundo que conoce a través de su experiencia. No obstante, hay cierta contradicción en sus páginas, pues escribe con sensibilidad, pero a su vez teme el qué dirán impregnado de ansias de libertad, manifestándolo a través de una tercera persona, quedando alejada de toda responsabilidad o impregnación personal.

La protagonista vive en un pueblo pequeño y todo el mundo es conocedor de todo. La principal preocupación de las familias es casar a las hijas y a ser posible con alguien pudiente; cuando se produce un luto se cierran las ventanas a cal y canto durante cinco años (con solo un año de diferencia de la publicación de La casa de Bernarda Alba, ambas obras manifiestan una tradición cultural permeadas por la geografía mediterránea); el hecho de escribir en un pueblo, donde ser estudioso está mal visto pues sabe que pasará penurias; la vida en el campo y la preocupación por las cosechas; las ideas políticas cuentan y todo el pueblo es señado por el mismo pueblo, nadie está exento de culpa aunque lo único que quieren es vivir en paz.

Deledda nos lleva de paseo al ayer sin caer en la nostalgia, ni el aburrimiento, solo muestra lo que siente a través de su vida. Es una autora relegada para el gran público y que está pidiendo un reconocimiento como lo tiene Natalia Ginzburg o Agustina Bessa Luisa y que comparten la misma idiosincrasia narrativa sobre escribir de lo que han vivido. 

© Miguel Urda Ruiz

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