Simple, bonito e incluso podría decirse, increíble el argumento de la novela Una soledad demasiado ruidosa, de Bohumil Hrabal, pero quedarse en esos tres adjetivos es afrontar la reseña con miedo, y no porque haya que temerle a lo que cuenta, sino a todo lo que existe en el inframundo del protagonista, que es un reflejo opaco del mundo que le ha tocado vivir. Desde hace treinta y cinco años, Hanta se dedica a destruir papel y empaquetarlo en balas en el sótano de su empresa, lo que directamente te lleva a pensar si es un homenaje a Dostoyevski, o incluso a Dante y ese purgatorio, y un interrogante perpetuo que en sí mismo el hombre no quiere o no es capaz de responder. ¿Por qué es tan cruel con la cultura?
Una historia de apenas cien páginas, pero donde el autor, con una técnica narrativa magistral, pone en manos del personaje pensamientos que enlazan con los primeros filósofos hasta el momento de su publicación, en el año 1971 en Suiza, ya que el escritor, por cuestiones políticas, estaba exiliado, pero sí que existen pensamientos que llevan a cuestionarse la calidad del ser y más cuando debe destruir la cultura, pues ya no tiene ningún valor por el momento político actual.
El autor deja patente que el silencio provoca mucho ruido, pero sobre todo hace daño en la mente y es lo que incitaal individuo a cuestionarse. Bajo su narrativa se refleja una crítica a la decadencia cultural, y más cuando llega el progreso y el trabajo que él realiza en un mes, las máquinas lo hacen en un solo día, por lo cual las alternativas posibles a la salida son pocas. El autor cobija su respuesta en el pasado, pensando en el individuo y cómo puede expurgar sus penas, y solo existe una salida: la cultura. Sin embargo, su prosa es monótona, con una escasez notoria de puntos y aparte que ayude a su lectura, pero es eso mismo lo que quiere el autor: manifestar el vaivén continuo de los pensamientos de las personas, que es algo incesante. A pesar de ello, la novela está plagada de toques humorísticos, y no exentos de una doble lectura: el amor y la escatología, Jesucristo y Lao Tse; el colorismo lo aporta la etnia gitana.
Preguntas. Preguntas. Y más preguntas surgen bajo esa primera lectura de belleza, solo queda volver a leerla. Anotar cada referencia pictórica, cada libro, cada pensamiento y buscarlo (no hay excusas posibles con la nueva tecnología). Conforme vayamos avanzando en los descubrimientos, iremos comprobando cómo el inframundo no es tan cruel como la historiografía lo ha contado. Solo hay que buscarle el punto de vista que a nosotros nos interese y, más que ruido o soledad, producirá una satisfacción enorme saber que la cultura es el alimento del alma.
A pesar de que la historia no te permite dejar de leerla, se hace densa y da la sensación de que es un relato alargado, y ya se sabe que los relatos, cuando les falta o les sobra, se nota enseguida. Pero la novela cumple uno de los cometidos que la teoría narrativa exige, el de entretener, pero si le añadimos que no deja indiferente al lector y le obliga a reaccionar, está todo servido y no se puede pedir más o, en todo caso, una cerveza más, como diría Hanta, porque el ruido del silencio es persistente y en ocasiones dañino, por lo que se necesitan alicientes externos para sobrellevarlo.
© Miguel Urda Ruiz
Texto y fotografía