11/30/2024

Kokoro, Natsume Soseki: los sentimientos pausados





Kokoro es una palabra de difícil traducción, cuya explicación deja clara el traductor Fernando Cordobés en el prólogo, optando por la palabra "corazón", pues es la que más se asemeja a lo que quiere transmitir la historia. En Japón es considerada una obra de culto y de lectura obligatoria en los colegios, pero yo no termino de encontrar el motivo de su importancia.

Publicada a principios del siglo XX cuenta la relación de amistad entre dos personas sin nombre, un joven estudiante y un personaje maduro, al que el narrador apoda Sensei, como si fuese un maestro que le enseña sobre la vida, quién posee cierto rasgo de misterio y que es el eje de la novela. Es una historia que nos puede parecer lenta, pero va acorde a cómo era la sociedad japonesa en el momento de su publicación. Una sociedad que, poco después, al ser derrotada en la Segunda Guerra Mundial, sufriría una profunda transformación, dejando de un lado la tradición milenaria y apostando por lo extranjero como sinónimo de progreso. Sin embargo, hay ciertos momentos donde la narración parece alargarse, como si el autor no se atreviera a poner punto final a la historia, aunque al ser publicada por entregas puede justificar ese alargamiento impostado.

Hay un personaje (lo considero más apropiado que decir un elemento) que, por momentos, pasa desapercibido como es el silencio y que permite construir la trama en la que se sostiene la historia: el secreto de uno de ellos. Es decir, el silencio ayuda a encubrir al cobarde. La verdad solo exige palabras para que tenga sentido y recurre a la escritura de una carta con el fin de justificar todos los hechos, pero sin posibilidad de respuesta, lo que me provoca un rechazo, pues Soseki al dejar indefenso al lector muestra la cobardía del ser humano. Es tirar la piedra, esconder la mano y toca al lector poner la ficha de valentía que no hay en la historia. Pero esto no quita que en algún momento determinado de la narración el lector se apiade y muestre su vulnerabilidad hacia los personajes, a pesar de que la narración podía haber tomado otro cariz y no precipitar los hechos.

Hablar de un clásico, aunque sea moderno, no es fácil, y más cuando la referencia es de un país oriental como es Japón, donde Kokoro es algo semejante a nuestro Quijote, salvando las distancias en un primer momento. Un amo y un escudero; un joven y un Sensei maduro; experiencia e inexperiencia en la vida. La relación entre dos personajes que Cervantes instauró, aquí no pasa de largo y puede verse la misma estructura acompañándola durante toda la obra y que, con sus contradicciones o su querer hacer y no hacer, envuelve la novela con un toque Cervantino, pero marcando claramente las diferencias pues hay tener presente que entre oriente y occidente existe una barrera narrativa y sensitiva que no es siempre fácil de distinguir o comprender. En nuestra literatura priman unos determinados elementos de la historia, mientras que en el país nipón se desarrolla más la forma de expresar la belleza de las cosas que los sentimientos. Tema incómodo y que se aprecia de manera notable en las páginas de la novela citada.

No obstante, Kokoro destila una sensibilidad idónea para conocer o adentrarse en la literatura japonesa. Publicada por Impedimenta con una espléndida traducción de Yoko Ogihara y Fernando Cordobés.

© Miguel Urda Ruiz

Texto y fotografía

11/24/2024

La buena compañía, Bárbara Jacobs: una superficialidad necesaria




Hay veces que, aunque no te convenza el libro, sabes que tienes que decir algo de él, porque hay cosas positivas. Es lo que me ocurre con el libro aquí referido : no termina de convencerme, pero creo que tiene cierto valor para personas que están adentrándose o iniciándose en el mundo de la literatura.

Bárbara Jacobs, autora que desconocía, recorre el mapa literario que ha ido construyendo a lo largo de su vida junto a su esposo Augusto Monterroso, pero orientando al lector con títulos de obras literarias y su justificación. Sin embargo, llega un momento donde uno, al ver el pedigrí o currículum que posee la autora, piensa que se queda corta o que no quiere implicarse más, pues son obras de renombre que el lector, a poco que se asome en la literatura, las encontrará sin apenas dificultad. Dividido por géneros, no olvida ninguno e incluso aporta alguno como son los prólogos, los libros inclasificables o autores que no escriben en su lengua patria. Pasa por la novela, diarios, cuentos o relatos, crónica periodística, etc., incluso habla de las versiones de los clásicos con el fin acercar a la literatura a los jóvenes o niños, pero pierde una oportunidad exquisita para recomendar o hablar de libros que están fuera de la línea narrativa conocida por el gran público; aspecto que ayuda a consolidar su carrera literaria, pues si me hablas de lo que todos hablan ¿qué novedad aportas? ¿Se tratará de un mero encargo de la editorial?

No obstante, y lo he dicho al principio, considero que es un libro válido para los que se inician en la literatura y que puede servir como referencia para colegios o en bibliotecas con clubs de lectura dónde muchas veces no hay una orientación sobre qué leer y fomentar e ir creando una posible lista de libros para leer, adquirir o, en definitiva, a tener en cuenta. La autora aporta una bibliografía básica que puede servir como nivel iniciador y que, poco a poco, el lector se volverá más exigente y le irá añadiendo títulos marcados con un estilo personal. La cuestión es que la editorial lo intenta vender como algo exquisito cuando no aporta nada nuevo al mundo de la literatura y la autora pierde una oportunidad de mostrar su paladar literario más exquisito.

© Miguel Urda Ruiz

Texto y fotografía

11/18/2024

Lo raro es vivir, Carmen Martín Gaite: una novela en azul



¿Qué hablar o decir de Carmen Martín Gaite cuando hay una cantidad ingente de información sobre ella y cualquier aspecto de su obra literaria? No obstante, soy osado y con toda humildad me atrevo a hablar de su libro Lo raro es vivir.

Una novela que, a ojos de un lector, sin una bibliografía lectora a sus espaldas, puede parecer insulsa o, mejor dicho, incomprendida. Y es aquí cuando entra en juego la "Teoría del autor", de si es necesario conocer datos de su vida o del resto de obras, o se debe mantener al margen. 

Gaite sabe lo que hace y lo que quiere transmitir al lector —no todos los escritores lo consiguen— y domina a la perfección el lenguaje y lo utiliza a su capricho. (Más de una vez recomiendo a mis alumnos que quieren aprender a escribir, que hagan algo tan simple como copiar. Un dictado como los de antes, pero copiado por sí mismo. Se llevará más de una sorpresa al ver la entonación, puntuación, y pausas por citar algún aspecto del lenguaje escrito. Aquí me refiero a Carmen Martín Gaite, pero cualquier buen autor puede valer). Nos encontramos con Águeda, una archivera, que baja al submundo (¿Infierno? ¿Dante?) para intentar salir de él de una forma coherente y todo mediante un juego. Elementos usados por la autora con la finalidad de mantener al lector atento a su lectura. Idas y venidas de la mente al sentido común; de personajes secundarios que mantienen apuntalada a la protagonista para que no caiga la narración, sin ser consciente ella del papel que están jugando en su vida en ese momento.

Madrid. El de la Movida es otro personaje más. La autora recorre sus calles, comercios, bares. Un viaje que la protagonista necesita para encontrarse a sí misma. El conflicto de la madre (tan presente en la narrativa de la generación de los cincuenta) aquí no iba a ser menos y adopta una postura que el lector no espera. Su familia despunta aires nuevos acordes con los tiempos que están llegando y sobre todo ese ambiente liberal que se respiraba en el Madrid de los años ochenta. Vida personal y sociedad van de la mano en la historia. Dos intentos de dar sentido a la vida, porque en el fondo –o no tanto– ya lo dice la autora y no hay que quitarle razón: lo raro es vivir. Cuesta más vivir que morir. 

El azul es el color que predomina en la novela: habitación,, vestido, cuadro... Es como si la autora intentase construir un cuento de hadas, pero donde muestra que la realidad es otra por mucho que lo refleje en un final. Porque aquí radica la grandeza de toda su narrativa. Cierra la historia, pero ¿dónde subyace la duda de si me está contando lo que creo o no es tal lo que cuenta? 

Una novela redonda. Capítulos circulares que no dejan ningún cabo suelto; así como la trama que le otorga un cierre perfecto.Son pocas las novelas que en el panorama español de los últimos veinticinco años lo consiguen. No hay ninguna queja a la novela, en todo caso a la autora, aunque sabemos que ella no tuvo la culpa: el irse demasiado pronto. El Premio Cervantes estaba al caer, estoy convencido. Gaite siempre es y será Gaite y sus letras nunca defraudan.

© Miguel Urda Ruiz

Imagen y texto

11/12/2024

Casa de verano con piscina, Herman Koch: una dosis, cínica, de medicina



El autor, Herman Koch parte de cómo el protagonista, Marc Schlosser, un acaudalado médico belga ejerce la profesión de la medicina, pero mostrando la realidad, es decir, eso que alguna vez hemos pensado todos de nuestro médico de familia y que pocas veces somos capaces de hablar, porque si hay algo sagrado en todo el elenco que por una u otra cuestión tiene cabida en una familia, es el médico. 

En los primeros capítulos nos encontramos como nos descubre aspectos de la medicina básica, la más cercana al enfermo, también hay restricciones, con la finalidad de no desviarlo al especialista y así no agrandar la lista de espera y sobre todo la visión de un médico ante el paciente. Sus comentarios son demasiados positivos y llegas a preguntarte cuáles serán los derroteros de la novela. El hecho de tener a un actor como paciente (¿cliente?) que va a rodar una serie de romanos y con un gran presupuesto cambia la trayectoria de la novela. Muy bien enlazado, lleva al médico a unas vacaciones en la playa con su mujer e hijas que lo sacan de la monotonía. Pero ya se sabe que si hay algo que rompe el equilibrio familiar son las vacaciones de verano. El autor belga despliega una narrativa que, por momentos, te hace quejarte, pues querías seguir viendo el cinismo del médico, en lugar de unas vacaciones. Pero nada es lo que parece y los días de asueto cambian de tonalidad, igual que lo hace el mar o el cielo según la hora. 

La novela, en su última parte, provoca un giro que logra olvidar el enfado y retoma el interés para dar sentido a la historia. Pues no todo es lo que parece y lo es, aunque no se ha visto o mirado (en este caso me valen las dos acepciones) la situación como deberían verse, sino como uno desea. Puede parecer una novela de detectives, pero caseros. Sin grandes perspicacias o tecnologías, solo el sentido común y unas pruebas básicas, que seguro que la próxima vez que vayamos a ver al médico de familia lo miremos con otros ojos. 

Por mucho que Marguerite Yourcenar dijese por boca del emperador: que ante el médico uno no tiene ningún poder, nosotros sí lo tenemos: el de seguir leyendo.


© Miguel Urda Ruiz

Texto y fotografía

11/06/2024

Construir lectores, Vicente Luis Mora: una cuestión compartida






Se dice que el libro pierde fuelle con el avance o imposición de las tecnologías; que cada año disminuye el número de lectores y así podría seguir enumerando factores o causas que anuncian su final. Pero ocurrió también lo mismo con el teatro, con la radio o con el cine cuando surgieron nuevos elementos de comunicación que podían apartar a sus acólitos. Con el libro no iba a ser menos y se lleva hablando de su final, con un nivel acentuado desde mediados de los años ochenta, pero Luis Vicente Mora, en su último libro Construir lectores, apuesta, por lo contrario: no se extinguirá si hay un público que lo exija y siga manteniendo la pasión por la lectura. 

Editado en un formato, casi de tamaño breviario, nos habla de lo que significa el libro y sobre todo la función que canaliza desde los albores de la humanidad o de la escritura, para ser más exactos, la de transmitir conocimiento. En el caso de la novela, pues le agregamos que nos entretiene, nos hace crear un mundo propio (cosa que no consigue una serie de televisión dado que nos lo da todo hecho sin dejarnos un atisbo a pensar), y además, nos aporta conocimiento, entre otras cosas. 

Vicente Luis Mora apela al sentido común, tanto de los docentes (algunos) que a la hora de impartir literatura no demuestran profesionalidad (no me atrevo a decir "amor") por los textos que están enseñando, así como al entorno familiar: si los padres leen llegará un momento que los hijos también lo hagan. Hay lectores que se han construido al adquirir una colección de libros; es decir, el lector puede formarse y/o crearse aunque a lo que apela es al cómo darle sentido a esa instrucción. 

La tecnología está instalada en nuestras vidas, lo cual lleva a una falta de concentración de la lectura o de lo que estás haciendo, pero no es algo nuevo, Flaubert o incluso Teresa de Jesús ya aludían a ello, y lo deja bien patente el autor cordobés en un narración muy detallada. Apunta al libro, como objeto físico (y casi de culto), de ahí que surjan ediciones especiales: numeradas; de coleccionista o de autor, por ejemplo. Ambos elementos pueden convivir, y de hecho lo hacen. Dicen las encuestas del Ministerio de Educación que los formatos electrónicos de lectura no terminan de despegar en nuestro país y por algo será. 

Es una cuestión social de doble sentido, el hecho de instruir a nuevos lectores: los poderes públicos y la familia. No obstante, pienso que la persona que está destinada para ser un lector llegará por sus propios medios y cuando sea el momento; obligar a algo no significa obtener resultados positivos o deseados. Sí que hay que abrir un panorama diferente y atractivo para mostrar lo que conlleva el simple hecho de leer, ya que hay momentos donde, sin llegar a conocer el mundo del libro, se prejuzga de aburrido. Nada más alejado de esta opinión, según los lectores. 

Comencé el texto hablando sobre la crisis del teatro, cine, música, es decir, la cultura en general. El libro no iba a ser menos. Solo queda pensar que estar en crisis sale rentable. Por un momento pensemos que no hay crisis. ¿De qué nos quejaríamos?


© Miguel Urda Ruiz

Texto e imagen