Hay veces que, sin ser consciente de ello, sabes que eres la ficha diferente del puzzle o que no perteneces a él, pero la sociedad te incita a que sí, a que debes encajar. Y esto es lo que deja patente la primera novela de Alana S. Portero, La mala costumbre,que ha llegado para poner un listón muy aceptable en la narrativa actual española y donde se atisban signos de ser una escritora a tener en cuenta.
Narrada en primera persona, nos muestra la vida de una adolescente atrapada en un cuerpo que no es el suyo. La protagonista es la hija de un matrimonio de clase obrera que vive en San Blas, barrio del extrarradio de Madrid (construido en los años del franquismo con el fin de alojar a trabajadores), y que al llegar a la adolescencia descubre que no es como los demás chicos del vecindario. La escritora madrileña nos hace partícipes de una vida para intentar comprender el sentimiento de ser diferente cuando no sabes por qué y estás en las puertas del ser maduro que desemboca tras la adolescencia. Etapa de preguntas y conflictos, pero donde descubres —o tanteas saber— quién eres.
En la novela no hay un héroe, sino que todos los protagonistas son héroes al intentar vivir en una sociedad construida solo para un estamento concreto como son los fuertes. Portero nos muestra dos tipos de convivencia: la que surge o habita en el vecindario, donde el vecino, en un momento de necesidad, es tu mayor aliado y cómplice, aunque todos conocen —o creen conocer— la vida de todos; y el Madrid central (Chueca) de los años noventa, donde los yuppies, la heroína, las divas de la noche —y no tan noche—, cuerpos que tampoco se encuentran en sus cuerpos hacen ver que la diferencia de género no es tan diferente, solo que no está ubicada en el sitio correcto. La novela provoca un giro a Valle-Inclán y sus personajes variopintos siguen vigentes solo que calcados y actualizados a raíz de los cambios que han surgido en una sociedad donde todo parece que es diferente, pero el poso de la supervivencia permanece intacto. Cada uno tiene luces, sombras y la ciudad destila un aire bohemio camuflado bajo el intento de sobrevivir, aunque Madrid no es un personaje que intervenga, solo permanece impertérrito ante los acontecimientos. Los actores llegan, actúan y dejan paso a otro.
A pesar de estar muy bien construida, el final se intuye desde las primeras páginas. ¿Qué sería del héroe si no tiene un retorno? Pero la autora lo hace de forma coherente y sensata al relato. No hay engranajes sueltos que llamen la atención, sino todo lo contrario. Entran ganas de pedir una segunda parte o un axioma de la novela para entrar en la vida de Eugenia, de Paula, de Antonio el camarero o incluso de Margarita, fiel reflejo de la protagonista. Pero queda claro que, según la ley del tiempo, una vida debe irse para que otra ocupe su puesto.
© Miguel Urda Ruiz
Texto y fotografía
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