12/30/2024

Winesburg, Ohio. Sherwood Anderson: Cuando la vida es simple o lo parece




Publicada en 1919 por primera vez, nos encontramos con una novela en la que, a través de un joven reportero local, George Willard, se nos cuenta la vida de los habitantes de un pequeño pueblo imaginario, Winesburg, en Ohio, aunque el hecho de que sea inventado no quita que esté reflejando una auténtica realidad.

Sherwood Anderson perteneció a la generación de escritores formados por William Faulkner y John Dos Passos entre otros, pero es un autor con una visión muy tangencial y crítica sobre lo que en ese momento imperaba a la hora de narrar, lo cual le valió que no fuera reconocido en su categoría dentro del mundo literario de la época, pero sí como un prosista de gran influencia en las generaciones posteriores.

Aquí nos encontramos una novela realista y sin catalogaciones de mágico o sucio, por ejemplo, es un realismo con toda la sustancia de la palabra para mostrar la realidad de un pequeño pueblo a través de veinte de sus habitantes. Un microcosmos donde el autor juega con los rasgos que forman la personalidad del ser humano, así como los estratos sociales que lo componen, para escribir una narración muy atractiva en la que entran ganas de ir a conocer el pueblo o programar un hipotético viaje.

La literatura se nutre de los trapos sucios de muchos personajes y gracias a que no los lavan en casa somos partícipes de ellos y los degustamos. Anderson deja patente el paso a la industrialización que cada vez está más próxima; la economía que de ser autárquica pasa a formar parte de un proceso económico donde solo es un eslabón más; que los personajes todos tienen una vida establecida, a veces incluso cómoda, otras, intentan esquivar lo que se les ofrece con mayor o menor tino. Unos personajes que dejan patente que se puede soñar e incluso ir a por los sueños. Individuos que se fueron en su momento del pueblo y vuelven a él después de una prolongada ausencia constatando que el tiempo todo lo cambia y solo queda el nombre del lugar del que se partió.

La vida de Winesburg puede verse como un puzzle donde todas las fichas encajan y muestran un cuadro social y económico de un país, Estados Unidos, y más concretamente el de una zona rural cuyo sostén es la agricultura que está formado a base de población emigrante. Sherwood detalla una generación donde ya no existen las penurias de sus primogénitos, pero sí la falta de arraigo o de la costumbre que se consigue con el paso del tiempo. Personajes sin ilusión, sin una vida por la que luchar, frustrados, obsesivos o incluso soñadores, pero deja patente que están ahí para conseguirlo otorgando con ello un cierre perfecto a la novela.

© Miguel Urda Ruiz

Texto y fotografía



12/24/2024

¿Quiénes somos? 55 libros de la literatura española del siglo XX, Constantino Bértolo: Cuando se sabe escoger



Pensar en qué criterio se ha tenido en cuenta para seleccionar unas obras y no otras es lo primero que viene a la mente al tener el libro en nuestras manos, pero es el propio autor en la introducción quien lo aclara, se ha basado en obras que invitan a dialogar. Cosa que estoy muy de acuerdo, pues todas producen esa motivación para hacer pensar al lector o intentar llegar un poco más allá de la narración.

Escoger cincuenta y cinco títulos de todo un siglo no ha debido ser tarea sencilla, teniendo en cuenta que, incluso en los años de la Guerra Civil, nuestra literatura produjo títulos y en la dictadura se escribieron obras de notoria calidad sorteando la censura. Comienza en los albores del siglo XX, con Azorín y su obra La voluntad, para acabar el siglo con Cultivos de Julián Rodríguez, que, por otro lado, fue quien le propuso la selección de las obras para configurar el libro. Nos encontramos en sus páginas un compendio temático: el mundo rural, la ciudad, la Guerra Civil y la posguerra, la mujer, la apertura hacia la transición con todo lo que ello acarreó. Hay una simbiosis perfecta entre literatura e historia, pues la primera se produce a través del reflejo de la segunda. Autores consagrados y otros no tanto que comenzaban a despuntar en las postrimerías del siglo XX, como Ray Loriga o Belén Gopegui, siendo la presencia de escritoras en un número acorde a su importancia y dándoles el lugar que les corresponde en la literatura y que se ha intentado relegar en no pocas ocasiones. 

De lectura fácil y amena, sirve para ir construyendo una biblioteca de un valor cultural sólido y duradero sobre el siglo XX. Constantino Bértolo es un referente de la memoria crítica y literaria de España, cuya estela perdura cuando finaliza el primer cuarto del siglo XXI. 


                                                                                                                       © Miguel Urda Ruiz

                                                                                                                      Texto y fotografía


12/18/2024

La playa de los locos, Elena Soriano: las aristas de una sociedad




Mujer y cultura, o mejor dicho, y escritora en una dictadura. Lo dijo el ganador de la contienda, al finalizar la Guerra Civil "la mujer volverá al hogar". Aunque hubo mujeres que sí lo hicieron, y además, también escribieron historias, como fue el caso de Elena Soriano. Autora olvidada durante mucho tiempo y cuya producción narrativa está a la espera ser reeditada por una editorial que la rescate del olvido (desde aquí hago un llamamiento a Bamba editorial cuya labor está siendo muy notable en reeditar a escritoras relegadas al ostracismo). 

Playa de los locos es una novela que me provoca antipatía, pero a su vez me contagia de alegría, pues viene acompañada de unas aristas que la literatura exige para ser consideraba una buena obra, así como de otras que la desdeñan y que denotan el paso del tiempo y como ha cambiado la forma de escribir también. Escrita en 1954, la novela no pasó la censura y cayó al olvido hasta 1986 que la publicó la editorial Plaza & Janes, con un prólogo de la autora donde cuenta las vicisitudes que vivió con la novela y el detrimento que supuso en su confianza como escritora. Publicada en un solo volumen junto a Espejismo y Medea, bajo el título de Mujer y hombre, cuya temática es la relación que provocan ambos géneros, aunque con argumentos diferentes. En esta recensión solo hablaré de La playa de los locos. 

Al leer la novela uno se pregunta en lo que pudo ver la censura para no darle el visto bueno a su publicación y puede ser porque la historia que narra Elena Soriano es atrevida para la época. Trata de una mujer que se va sola de vacaciones a un pueblo costero de la zona asturiana y que se enamora de un hombre. Un amor cuajado a base de silencios o interpretaciones equívocas. Hasta ahí el argumento inicial, pero la autora además juega con el presente y el pasado, pues la protagonista vuelve al lugar donde supuestamente fue feliz, aunque no hay que olvidar que los recuerdos se manipulan a nuestro antojo o capricho y en la forma que nos interesa. Nos presenta un lugar donde despuntan los primeros turistas, pero que permite ver la vida de los habitantes de un pueblo marítimo que hasta que se descubrió el turismo vivían de espaldas al mar, asimismo no presenta aspectos sociales de la vida cotidiana de un país salido de una guerra: forma de vestir, de comunicarse, los medicamentos usados, pero sobre todo la moralidad del momento que deja patente que el diferente no es bien visto y lo castigan, o lo apartan si es contrario a las ideas del régimen. 

No obstante, la narración peca, en exceso quizás, de acotaciones o explicaciones que van más acordes con la forma de escribir del momento que decir que esté mal narrada. Elena Soriano es conocedora del lenguaje y que denota una cultura muy superior a bastantes colegas de su época. La novela presenta una estructura muy bien pensada y desarrollada sobre una idea muy concreta de lo que quiere narrar, demostrando valentía para el momento que le tocó escribir. La playa de los locos no defrauda, todo lo contrario, provoca una reacción de sorpresa al ver como una mujer sigue sus impulsos y, en cierta medida, desperdicia su vida, dejando elementos sociales de la época que al día de hoy nos resultan extraños o lejanos, como por ejemplo, tener que esconderse o irse a lugares apartados para poder besarse con la persona amada.


© Miguel Urda Ruiz

Texto y fotografía


12/12/2024

Una familia moderna, Helga Flatland: La ruptura de un molde social

 




¿Qué ocurre cuando se rompe algo que se tenía seguro de por vida? Esta pregunta sintetiza un argumento de una novela que provoca una satisfacción plena al leerla y comprobar que todavía se escribe buena literatura. El título no lleva a engaño y en la sinopsis de la contracubierta lo encontramos: la separación de un matrimonio después de toda una vida juntos, lo cual supone una hecatombe para los hijos. 

Narrado en forma amena provoca que se lea con deleite hasta llegar al final. Conforme nos adentramos en la historia van surgiendo preguntas que todos sabemos dentro de nuestro núcleo social y familiar, pero que no siempre somos capaces de formularnos. ¿Por qué no se puede separar un matrimonio con setenta años? ¿Acaso debe darse por hecho que hay que estar con la persona que se convive cuando ya no se siente nada? ¿Se pueden tomar caminos diferentes con setenta años? ¿Debería de tenerse en cuenta a los hijos cuando ya son adultos y tienen propia vida? ¿Hay que mantener las relaciones, aunque ya estén muertas en pro del clan? 

A través de sus hijos (Liv, Ellen y Hakon ) vemos la historia de la familia y su visión sobre lo que ha significado para ellos el paso del tiempo desde la infancia hasta el momento actual y los recuerdos que tienen de ella. Pero la cuestión es que ninguno está preparado para aceptar que sus padres comiencen a vivir de forma independiente, actuando de un modo diferente ante la situación. Pero el hecho de tener que afrontarla los descoloca, pues intentan justificar una vida para entender el presente; sin embargo, la cuestión es que no tienen porque opinar, pues ya han conseguido el estatus de adulto con una vida independiente del núcleo primitivo. 

La autora noruega rompe con la horma tradicional de la familia y toma una dirección social diferente para mostrar que no hay nada seguro y que los condicionantes sociales solo tienen relevancia en un entorno concreto y que a todas las familias las vertebra un eje y cuyo eje se desarrolla en las comidas: el trabajo, los estudios, el dinero, etc. Cada familia es diferente, a pesar de que se construyen por un molde social que persiste desde los albores de las civilizaciones. ¿Sigue siendo la misma familia al romperse un matrimonio? ¿Cómo deben comportarse los miembros cuando se sabe que el vínculo está roto, pero siguen siendo sus padres y además jubilados? 

En esta historia asistimos a que las personas que están fuera del ámbito laboral remunerado siguen teniendo vida, deseos, ganas, y sobre todo capacidad de decisión sobre sus actos. En una familia propia nos encontramos nos identificamos con un personaje o con retazos de uno y otros, con la visión que tiene cada cual de lo vivido y lo que representa o cómo se siente en la familia, porque es una narración cotidiana y a la que asistimos cada día, lo único que a veces, nos asombra, es cuando un elemento común social pasa a ser propio y toca vivirlo en plenitud de facultades y consecuencias. 

©Miguel Urda Ruiz

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12/07/2024

El nervio óptico, María Gainza: Cuando todo es demasiado

 



Después de muchos años de lector, uno ya atesora una experiencia demostrable, para saber cuando una novela tiene valor o no, o simplemente le va a gustar, aunque no sea de su estilo. A veces basta con leer las primeras líneas, a veces unos párrafos y otras con ojear la sinopsis de la contraportada, ya se sabe que no. A María Gainza le di una oportunidad, intenté que mi criterio no contaminase lo que postula la crítica de esta novela y me lancé de lleno a su lectura en un viaje corto, pero lo suficientemente largo para poder leer una novela de ciento sesenta páginas. Y el criterio, la experiencia, el sexto o séptimo sentido (como quieran llamarlo) no falla.

A la segunda página comencé a verle defectos a la novela. En la sexta señalé un párrafo que me sobraba y hubo un momento donde no sabía si estaba leyendo una novela, adentrándome en una enciclopedia híbrida o en un tratado sobre pintura y escritoras. Porque esto es lo que ocurre cuando quieres demostrar que sabes mucho, que has leído y que eres culta: quieres demostrarlo. Me costó entrar la novela, a pesar de que tiene un buen inicio y vi un atisbo de que prometía, en el que la protagonista está a la entrada de un museo y parece que va contar su vida a través de las diferentes pinturas, lo cual es una idea muy loable. El juego de la mirada y la forma de ver puede resultar interesante si se construye bien. Pero ahí queda la cosa, pues comienza a mezclar vida de pintores, con escritoras y nombres de cuadros, lo cual hace perder el interés por la historia porque son demasiados datos seguidos, cuando la buena narración se nutre de todo lo contrario poca información, pero narrada con pulcritud. 

En la teoría literaria Roland Barthes defiende que la novela debe tener vida propia de forma independiente a quien sea el autor, y mi desconocimiento sobre el mundo pictórico me lleva a preguntarme si existe alguna teoría similar, es decir, que el cuadro tenga independencia por sí mismo sin tener en cuenta la vida del pintor y el cómo y porqué lo pinto. María Gainza recurre a ello para justificar la pintura e intentar acoplarla a su vida, cosa esta última que me parece muy bien, pero ¿un cuadro no debe transmitir emociones por sí mismo? Para qué quiero saber si el pintor era alcohólico, sodomita o mudo, por ejemplo, elementos que se han ido integrando al mundo cultural en los últimos tiempos, como es saber todo lo posible sobre la vida personal del autor. 

Por un momento me viene a la mente Manuel Puig y su novela "El beso de la mujer araña" donde cuenta dos acciones paralelas, una de ellas a través de películas. ¿Y si María Gainza intentó crear algo parecido? Pero mezclar no siempre es bueno, así como tampoco lo es no dosificar la información. Soy consciente de que me pierdo algo de todo ese compendio narrativo al no haber conseguido adentrarme en ella. 

Écfrasis, novela feminista, sublime resultado… Son algunas de las palabras con la que la crítica define la novela, y en la faja burdeos, donde recalca su decimoctava edición, resalta la frase de Alan Pauls "una escritora que encuentra oro en los pliegues más olvidados de la experiencia". Igual es que no se debería buscar oro, sino escribir de forma sencilla, directa y sin exceso de información.

© Miguel Urda Ruiz 

Texto y fotografía