3/21/2026

La casa de verano, Masashi Matsuie: la sensibilidad nipona en estado puro





Hay novelas en las que al finalizar –o antes incluso–, me asaltan infinidad de dudas sobre los aspectos técnicos e intento ponerme en la piel de escritor y averiguar por qué ha usado los recursos o formas como los hace. En La casa de verano de Masashi Matsuie, la principal duda fue cómo surgió la idea de compaginar dos mundos tan heterogéneos, para que resultara una vinculación narrativa cohesionada, sin fisuras, como es la historia de unos personajes a través de un estudio de arquitectura.

Todos somos conscientes de que diseñar un edificio acarrea sus dificultades, pero pocos somos conocedores de los entresijos arquitectónicos que conlleva construir unos cimientos, una ventana o una cornisa, por citar algunos elementos; es decir, solo los entendidos saben de lo suyo, y con esta novela ocurre igual: construir una novela a la altura de lo que ha hecho Matsuie no es fácil y para ello me remito a las palabras de Ana María Matute sobre la escritura de una novela: "Escribir una mala novela cuesta, así que imagínese lo que cuesta escribir una buena novela". Aquí todo es tan simple que parece que los hechos que se están contando no tienen nada de especial o de importancia, pero ya estás atrapado en la historia y no será posible salir de ella.

Narrada en la voz de un joven arquitecto y recién incorporado a plantilla, cuenta cómo el estudio de arquitectura traslada sus oficinas a una casa en la montaña con la finalidad de huir del calor, y allí sopesan si deben presentarse al proyecto de construir una biblioteca pública, lo cual supone una perspectiva nueva de todos los hechos acontecidos. A través de sus páginas asistimos al diseño de una biblioteca: "Una obra pública se construye para los usuarios. No tiene ningún sentido construirla pensando en el prestigio del país. Y, cuando el proyecto es, encima, el resultado de influencias políticas, entonces el asunto no es ya para tomárselo a broma. Las bibliotecas se construyen con los impuestos de los ciudadanos, y si estos terminan pensando que las instalaciones están bien, pero que no se pueden utilizar, entonces el proyecto es un fracaso". En la novela asistimos a pruebas sobre cómo poner los libros, los anaqueles vacíos o llenos, qué función estética cumplen, cómo debe de ser el vestíbulo para que el usuario se encuentre cómodo, las ventanas, etc. es decir, preocupándose por la optimización de que el edificio cumpla la función pública para la que va a ser construido y por lo tanto, la función social que a cumplir, dejando en un segundo puesto el nombre o prestigio del arquitecto; algo que en nuestra sociedad no parece tenerse en cuenta, pues la prioridad suele ser el nombre del diseñador y en segundo lugar si es funcional el edificio o no.

Los personajes son piezas fundamentales del estudio (y de la novela), pero el autor te hace ver que nadie es imprescindible en esta vida y a cada uno le llegará el turno de tomar las riendas de su vida o destino. Hay amores del pasado y del presente, lo cual indica que el tiempo es permeable y a su vez elíptico. Todo puede repetirse; o todo se repite. La coherencia con la que están construidos es reflejo de la minuciosidad japonesa, donde la prisa no encuadra en su forma de vida. Nos enseñan cómo la relación entre cliente y arquitecto puede ser más importante de lo que pensamos las personas que estamos ajenas a este mundo y que repercute en el modo de vida del futuro dueño de la vivienda. "Cuando una casa funciona, el cliente recuerda lo que le dijimos al explicarle el diseño inicialmente, y utilizará esas mismas palabras cuando enseñe la casa a sus invitados. Las palabras que empleamos nosotros, los arquitectos, serán las que algún día usarán los habitantes de la casa. No hay señal más clara de que uno ha hecho un buen trabajo".

Publicada en España en 2025, lleva desde el año 2012 en las librerías niponas, con un reconocimiento de público y crítica, obteniendo el Premio Yomiuri, uno de los más prestigiosos y antiguos del mundo literario japonés y que suele ser otorgado a escritores con una consagrada trayectoria; este caso fue excepcional dada la magnitud de la novela. Es una novela que te permite acercarte al mundo japonés sin miedo, y sin saber si captarás el mensaje o no (no todos los novelistas japones publicados en España son comprensibles) sentirás fluir la prosa al ritmo de la sensibilidad que la editorial Asteroide conoce y con una lograda traducción de Lourdes Porta que nos acerca al Japón actual donde el pasado pesa. Al finalizar la novela, cada vez que entres a una biblioteca volverás a pensar en la novela.

© Miguel Urda Ruiz

Texto y fotografía




No hay comentarios: