Quince años de crítica literaria reflejada en setenta reseñas, seis artículos (calas) y un destacable prólogo. Esta es la línea que sintetiza Trayecto, de Ignacio Echevarría, y, como dice en la cubierta, es "un recorrido por la reciente narrativa española". Guste o no la crítica literaria, este es un libro que debería tener en cuenta toda persona que se dedique a escribir narrativa, pues a través de sus páginas muestra el panorama de la literatura española en una etapa de España donde los estertores de la dictadura no estaban de forma expresa, pero se dejaban notar ante la incertidumbre o desvarío cultural que intentaba definir y orientar los gustos culturales de un país, cuya democracia estaba en la búsqueda de unos pilares a los que anclarse.
Por sus páginas desfilan un nutrido grupo de escritores, que en mayor o menor medida han escrito una parte de la historia reciente de la literatura española; algunos eran incipientes narradores y se les calificaba como "sabía nueva", que han caído en el olvido en su segunda novela, o incluso en la única que publicaron; y también otros que siguen escribiendo o tuvieron una prolífica carrera , como son el caso de Eloy Tizón, Belén Gopeguí, Rafael Chirbes, Antonio Soler, entre otros, pero Echevarría deja patente que para ser escritor se necesita algo más que juntar palabras o crear una historia bonita.
Sin embargo, el crítico literario es alguien que está bajo el yugo de su opinión y no hay mejor juez para dar un veredicto que el tiempo. Al crítico literario (y más cuando pertenece a un grupo editorial o periodístico) le llegan los ejemplares de las novelas nada más salir de la imprenta, sin estar todavía en los anaqueles de las librerías, y a partir de ese momento tiene el tiempo contado para leerlo y escribir sobre él, por lo cual, la premura a veces lleva a cometer errores, y cito a Martín Gaite y su recién publicada Nubosidad Variable en 1992, dice de ella: "La novela entera, de hecho, zozobra por un exceso de elocuencia, que repercute incluso en su desarrollo argumental, saturado de casualidades. Que esa elocuencia, y que su respectiva locuacidad, aparezca como inequívocamente femenina quizá constituya para alguien un aliciente, pero no atenúa su desproporción", el tiempo (y el público) ha dictaminado a favor de la autora y la obra. Y con esto no quiero decir que estoy en contra de su crítica, sino que el apremio en la lectura, no le permitía conocer la magnitud de la obra en su totalidad.
Pero ¿qué ocurre cuando un crítico se equivoca? ¿Rectifica? ¿Vuelve a escribir otra reseña en otro medio? En el prólogo, insisto, para mí, es casi lo más interesante del libro, habla sobre la función de crítico y en qué consiste, si es un híbrido o si es un informador, o si su opinión debe ser mesurada, o puede decir todo lo que piense, porque cualquier frase o palabra puede condicionar al lector en ambos sentidos. Y de que hoy en día, se considera que el mejor autor es el que más libros vende, ¿acaso no importa la calidad?
Son tres lustros sobre escritura de libros y que cronológicamente atienden a tres etapas: una primera donde escribe sobre novelas contrarias al régimen franquista; una segunda que abarca los años ochenta y ese despuntar cultural citado al inicio de estas letras; y la última parte, donde a partir del año 1992 la cultura se aproxima al poder y pierde su frescura y calidez temática.
Ignacio Echavarría publicaba en El País, pero a raíz de una crítica no apta para los gustos de la directiva respecto a una novela de Bernardo Atxaga, comenzaron una serie de desacuerdos con el periódico, dando por finalizada su labor a través de una carta abierta en el año 2004. Y esto es uno de los puntos que más llama la atención e, incita al lector a cuestionarse ¿qué es un crítico?, ¿qué debe criticar? y ¿si tiene límites su opinión? Toda opinión es libre; lo difícil es mantenerla en el tiempo y ser consecuente con ella, aunque lo que importa es el valor testimonial que representa en la literatura española de una etapa convulsa.
© Miguel Urda Ruiz
Texto y fotografía
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