8/06/2026

Como una novela, Daniel Pennac: el calzador de la literatura



La letra con sangre entra era lo más utilizado cuando alguien no quería estudiar o leer y se le obligaba a ello, y que, sin estar en un modo omnipresente, planea sobre la escritura del ensayo de Daniel Pennac y que, lejos de ser una obra didáctica propiamente dicha, intenta ofrecer las causas y las soluciones ante la falta de atención e interés de los adolescentes por la literatura.

Como una novela fue publicado por primera vez en Francia en 1993, cuando la tecnología –¿inteligente?– comenzaba a despuntar, pero todavía le quedaba un camino por recorrer hasta llegar al día de hoy, donde impera en cada momento de nuestras vidas. Pennac, profesor de literatura en un instituto de Francia, y viviendo en sus propias carnes la falta de interés de los jóvenes por leer, aborda elementos para promoverla e incide en los elementos donde falla el sistema educativo (en este caso es el francés, pero extrapolable al español), que hace todo lo contrario, dejar de incitar atención en el estudiante para que lea.

Escrito de un tono muy cercano, rozando por momentos el monólogo interior o "como una novela", nos hace ver que los llamados "enemigos" de la literatura pueden convivir con ella, como es la televisión o el cine, solo que es cuestión del profesor saber encauzar los gustos o empezar por algo que les provoque atención, lo cual testimonia con el inicio de una de las mejores novelas del siglo XX, El perfume. Esto incita a mirar en los comienzos de la novela y cómo deben ser, porque bastan solo unos segundos de lectura para asegurarse o no, de que el lector se quede o se vaya. También focaliza la labor de los padres y la educación que proporcionan a sus vástagos. Pero sobre todo Pennac recurre a la imaginación, para que sea el propio alumno quien la haga funcionar y vea a la historia que está leyendo como un compañero de aventuras.

Para mí la cuestión es: ¿a quién está destinado el libro? A cualquier lector puede ser la respuesta básica, pero Pennac toca en la llaga de la pedagogía literaria, en por qué leer ciertos "clásicos" si el alumno no está preparado para ello, o por qué los planes educativos no permiten licencias a los docentes, o incluso por qué hay docentes que están incapacitados para enseñar. No obstante, el autor sabe de lo que habla y queda de manifiesto en el decálogo de los derechos del lector, porque lanza cuestiones muy básicas que cualquier persona que la lea en algún momento se las ha formulado: ¿puede un lector abandonar la lectura de un libro? ¿Puede subrayarlo? ¿Puede...? Una vez que el libro está en manos de su dueño, este puede hacer con él lo que quiera, ya sea escribir, subrayar, doblar páginas o incluso prenderle fuego; todo tiene su detractor y su oponente, pero la cuestión es leer. Pennac no pide más, solo que se lea, ni siquiera que le aporte algo extra o le haga reflexionar, porque una vez que el lector esté imbuido en su obra, poco a poco se irá volviendo más exigente y sabrá qué obras escoger y cuáles no.

Es evidente que hoy en día la atención requerida para leer una novela –incluso para ver una película, ya sea en el cine o en televisión– ha decaído en pos de la tecnología, pero el papel tiene consolidada su hegemonía, mientras que el libro electrónico está pertrechado en su búsqueda de lectores. Sea el soporte que sea, la cuestión es que el adolescente debe leer, pero sobre todo necesita un mentor que le acerque a las primeras obras, que serán lo que marque su futuro como lector. Es algo simple y cercano, pero lejano y utópico para los poderes públicos o educativos. El ensayo de Daniel Pennac no ha caducado; en todo caso, lanza nuevos interrogantes para los tiempos donde la tecnología nos apremia cada instante.

©Miguel Urda Ruiz

Texto y fotografía