Exilio es probablemente una de las palabras con connotaciones más duras que contiene cualquier idioma y quien lo ha vivido sabe que no digo ninguna banalidad, y ahí radica el eje de El regreso de los exiliados, donde los protagonistas intentan retomar la vida que tenían antes de la masacre judía que trajo consigo la llegada de los nazis al poder.La prosa de Elisabeth de Waal no es baladí y nos muestra que posee unos conocimientos de primera mano sobre los hechos que cuenta y la época en que le tocó vivir; sin embargo, no la considero una novela desgarradora o cruda, todo lo contrario, sino que utiliza una prosa suave y firme para contar la dureza de unos hechos provocados por los caprichos del ser humano.
Dentro del elenco de personajes de la historia, son tres sobre quienes recae el peso: un profesor de química judío que vuelve para recobrar su antiguo puesto; una joven adolescente que no consigue encontrar su lugar, y un oportunista-vividor que intenta triunfar en la ciudad; y que representan la sociedad vienesa y su división para mostrar los detalles de la reconstrucción de la antigua capítal del imperio austrohúngaro y la forma que tienen cada uno de enfrentarse a ello. En la narración hay muchas cuestiones intrínsecas desgajadas con una sutileza impoluta y que no tienen que pasar desapercibidas para el lector. ¿Qué ocurre cuando se vuelve a la patria y todo es diferente? El individuo que tuvo que exiliarse ¿es el mismo que vuelve? ¿Y sus compatriotas, compañeros, ciudadanos? ¿Cómo se ve al exiliado desde dentro? o ¿qué ocurre cuando un judío tiene que volver a compartir puesto de trabajo con un verdugo?
La novela transcurre en un año, desde marzo de 1954 a la primavera de 1955, y deja claro que volver a tomar las riendas de la ciudad, de la vida y ser partícipe de la sociedad no es tan fácil. Narra un presente que intenta sobreponerse a un pasado reciente donde las heridas de la identidad no estaban curadas. De Wall refleja un mundo que desapareció y que la sociedad intenta reconstruir a semejanza de los recuerdos o de los mejores tiempos, pero ya se sabe que no todo lo pasado fue mejor y cuando se vuelve del exilio, la llaga del pasado es imposible de curar; en todo caso, aceptar que existe, vivir con ella y aceptar lo ocurrido. La novela está dividida en dos partes, muy bien diferenciadas, pero hay momentos donde siento que en la segunda parte deriva hacia una novela de folletín, aunque que no se aparta de la realidad, pues muchas veces se construyen relaciones sociales para sobrevivir y más en una ciudad que intenta reconstruir una identidad.
En España, la editorial Acantilado publicó, de Elisabeth de Waal, en el año 2012 La liebre con ojos de ámbar y en 2013 vio fue publicada por primera vez la novela aquí reseñada en Viena y aquí ha sido publicada bajo el sello editorial de Asteroide, con un prólogo del nieto de la autora, Edmund de Waal, y con la exquisita traducción de Celia Filipetto. En la solapa del libro, dice que escribió cinco novelas, pero que nunca llegó a publicarlas, y no es cuestión de entrar a dirimir el porqué no las publicó, sino el hecho de ver cómo una mujer era capaz de reflejar las consecuencias o repercusiones de lo acontecido al finalizar la Segunda Guerra Mundial y dejar patente qué resquemores, la convivencia entre los perdedores, los benefactores, pero sobre todo se percibe la búsqueda de una identidad nacional perdida mucho tiempo atrás, aunque el punto de eclosión fue el exterminio judío.
© Miguel Urda Ruiz
Texto y fotografía
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