Los Papeles Olvidados es un espacio que recoge los excedentes de producción creativa de mi imaginación y que muestro como proceso final en relato, comentarios o recomendaciones. Es una forma de reflejar mi vida y mis pasiones: la literatura y la escritura, y que decido compartir con usted, contigo, con vosotros respetables y apreciables lectores. Blog abierto a la opinión, a la sugerencia, a la critica, a la creatividad.


lunes, 23 de abril de 2012

La fantastica e increible huelga de los hombrecillos que fabrican la nieve




¿Cómo era posible? Jamás en la historia de la vida había ocurrido algo así “los hombrecillos que fabrican los copos de nieve se habían declarado en huelga”. La noticia corrió rápidamente por todo el Universo. El sol, en el cambio de turno, se lo dijo a la luna; la luna se lo chismorreó a las estrellas provocando una acalorada discusión entre ellas ante la incredulidad de la noticia; estas lo transmitieron a la lluvia la lluvia al arcoíris y así fue extendiéndose la noticia. Los únicos que no se enteraron fueron los políticos.

A los hombrecillos no les fue fácil tomar la decisión de llegar a ese punto y sobre todo que tipo de huelga hacer. Unos decían hacer huelga a la japonesa y producir un importante excedente provocando que el hemisferio norte tuviese nieve permanente durante todo el año y de forma muy intensa y otros se decantaban por hacer una huelga de brazos caídos. Ganó esta última opción.

Y así llego diciembre. Los políticos empezaron a darse cuenta del problema al escuchar quejas de la población del hemisferio norte que miraban el cielo y veían que estando en los inicios del mes navideño aún no había caído un copo de nieve. Se pusieron manos a la obra, viendo que la reclamación de los fabricantes de nieve iba en serio, solicitaron una reunión con ellos.

Hubo un primer encuentro con políticos de tercera clase y los hombrecillos, en un lugar indeterminado de la tierra. La reunión fue infructuosa, provocando el consiguiente enfado de los hombrecillos que amenazaron con ayudar al cambio climático, con inundar de nieve el desierto del Sáhara, la Selva Amazónica, el desierto australiano…

A la segunda reunión, a escasos días de la Navidad, acudieron políticos de segunda categoría y los hombrecillos de nuevo volvieron a mosquearse al no ser aceptada su propuesta. Amenazaron con romper los moldes para fabricar la nieve, no siendo conscientes los políticos del desastre que eso conllevaría en la naturaleza con las consiguientes repercusiones para el ser humano.


La tercera reunión tuvo lugar la víspera de Navidad y a ella acudieron los principales mandatarios de los países más importantes del Mundo. Dada la importancia de la reunión, el lugar se mantuvo secreto y los medios de comunicación hacían elucubraciones sobre dónde se estaba celebrando; que si habían creado una nube especial para el encuentro, que si en una cápsula isobárica camuflada en un océano indeterminado, que si habían habilitado un volcán insonorizado para ello, que si el Papa les había dejado unos aposentos invisibles del Vaticano… Todo eran especulaciones. Pero la cuestión era que el día de Navidad se acercaba y no había caído aún ningún copo de nieve.


Un poco antes del veinticuatro de diciembre, por fin hubo un comunicado oficial firmado por ambas partes. Habían llegado a un acuerdo: la nieve seguiría siendo insípida, sin colorantes y conservantes, garantizando la exclusión a aperturas de nuevos mercados de sabor olor u experimento alguno; la calidad de la nieve continuaría siendo la establecida desde tiempos inmemoriales y no se rebajarían los niveles de producción tal y como se les habían propuesto en la última sesión de la Cumbre Asimétrica de Nuevas Producciones Climáticas.


Como clausula especial venía que el día de año nuevo caería una nevada especial donde irán reflejadas copos con los colores del arcoíris.

La sociedad lo vivió como la bienvenida al nuevo año.

La medios e información lo calificaron como hecho meteorológico inclasificable.

Solo los hombrecillos que fabrican la nieve sabían el quid de la cuestión.



© Miguel Urda

lunes, 2 de abril de 2012

Un Marlon Brandon Muy particular -2ª parte-





Cuando usted venía a casa, frecuencia que fue aumentado con excusas banales conforme yo iba creciendo y adentrándome en la adolescencia, yo corría a meterme al cuarto que compartía con mi hermano alegando que tenía que estudiar, pero usted bien que se las inventaba para que yo saliese a saludarla, tanto a la llegada como a la partida y a darle dos besos.
¿Qué edad tendría usted por entonces?
Un día se lo pregunté a mi madre, la cual me contestó que había cinco años de diferencia entre Doña Paquita y ella.
- ¿Y cuántos años tiene usted, madre? –le pregunté.
- Doña Paquita cumplió en el mes de las flores cuarenta años, pero ya la ves, hijo, está como una flor ceniza, viuda, sin hijos y con una mirada de mujer marchita.
Desde que mi madre me la definió así, usted cobró una atención especial para mí. Aunque seguía rehuyéndola, pero cuando usted me acosaba, me fijaba en todos sus detalles. Lo primero que pude comprobar eran sus ojos. Intenté buscar lo que mi madre había dicho, pero yo no vi nada, solo unos ojos marrones. Tardé mucho tiempo en comprender la tristeza de sus ojos.
Me consta que yo fui importante para usted, pero usted no lo fue para mí. Guardé el secreto para siempre, su secreto. No era mío aunque, más tarde me di cuenta de que al callarme, me hice su cómplice. Fue la única pregunta que le hice en aquella primera visita que me hizo a la residencia de estudiantes:
-¿Qué cree usted que diría mi madre si supiese que me obligó a acostarme con usted?
Con su elegancia innata no respondió, dirigió su mirada a una orla con la fotografía de la promoción del año anterior a la mía. Y me preguntó:
- Ya te queda poco para acabar la carrera, ¿no?

Creí que había me liberado de usted cuando marché a la ciudad a estudiar la carrera; pero cuando menos lo esperaba, me encontraba con la ausencia de sus besos, de su delicada y suave ropa interior blanca, de su piel nívea. Usted siempre fue muy astuta, Doña Paquita, nunca permitió algo más, solamente momentos. Consiguió aplacar mi rebeldía, fue atrapándome despacito, enseñándome el sexo paso a paso incluso, aprendiendo los dos a la vez. Nunca he sido capaz de explicarle a mi mujer el por que aborrezco la mantequilla. ¿Se acuerda? Usted había visto la noche anterior “El último Tango en París” y quiso que yo fuese su Marlon Brando particular. Se creó una rutina mensual, una visita a la capital, una pensión discreta y muchos momentos de jadeos.

Todo cambio el día en que usted se enteró de que yo tenía novia formal. Ese día no permitió que yo acariciase su piel ni quiso oír ningún susurro, nada .No quiso atenerse a razones, me dijo que la había engañado, que había jugado con ella. Que la había defraudado. Sería mejor dejarlo. A partir de ese momento, se cancelaron las visitas a la ciudad.

Solo la vi una vez más, en el entierro de mi padre, ella, astuta como siempre, se las ingenio para esquivarme y evitar darme el pésame.

Desde lejos, pude comprobar que el tiempo había corrido muy deprisa por ella.



© Miguel Urda