Los Papeles Olvidados es un espacio que recoge los excedentes de producción creativa de mi imaginación y que muestro como proceso final en relato, comentarios o recomendaciones. Es una forma de reflejar mi vida y mis pasiones: la literatura y la escritura, y que decido compartir con usted, contigo, con vosotros respetables y apreciables lectores. Blog abierto a la opinión, a la sugerencia, a la critica, a la creatividad.


miércoles, 6 de noviembre de 2019

Un día en la vida de Iván Denisovich

UN DÍA EN LA VIDA DE IVÁN DENISOVICH


¿Qué puede ocurrir cuando en una dictadura apresan a un escritor y además de forma injusta y caprichosa? La respuesta la tenemos en la esplendida novela Un día en la vida de Ivan Denisovich, cuya historia se construye a través de reflejos autobiográficos.
Esta obra, de apenas ciento setenta y cinco páginas, narra con un argumento sencillo cómo es la vida de un preso en un gulag soviético en Siberia, durante nueve años, desde el toque de diana a las cinco de la mañana hasta el toque de silencio. A través de una prosa sugestiva y, en apariencia, ligera asistimos a los actos diarios de los reos: el desayuno, los trabajos forzados o la convivencia por citar algunos ejemplos. Los presos subsisten a temperaturas extremas de menos treinta grados donde queda patente que la lucha del ser humano por sobrevivir se hace aguda, ingeniosa y en cierta medida hasta cómica. El día de hoy había sido un éxito para él: Escapó al arresto, su brigada no fue enviada a la Sozkoline, a mediodía se agenció una ración extra, no le pillaron la hoja de sierra en el cacheo, ganó algo con los servicios prestados a Cesar, y compró tabaco. Y no se puso enfermo; se había recuperado. Pasó el día, sin que nada lo ensombreciese, casi felizmente.
La arbitrariedad de una dictadura para justificar una condena o castigo deja ver la fragilidad del hombre al ser una marioneta de quien mueve los hilos del poder. Es fácil que te acusen de nada demostrable con veinte años de prisión. Y es aquí donde entra el quid de la historia al no haber confrontación alguna del protagonista con un adversario o rival para que exista evolución en él, sino que en cada minuto que consigue restar a su condena es un progreso, un ápice de tiempo ganado a los caprichos políticos del sistema sin que el hilo argumental narrativo decaiga ni un solo instante.
Solzhenitsin es un autor que desde muy joven tuvo muy clara la idea de lo que quería ser en su vida: escritor. Con su obra narrativa, Pabellón de Cáncer, Archipiélago Gulag, La casa Matriona..., dio a conocer al mundo occidental lo que ocurría dentro de las cárceles del régimen soviético.
Al terminar de leer Un día en la vida de Iván Denisovich acabo con una sensación amarga, pero no porque no me haya gustado la novela –a pesar de la dureza de lo que cuenta- sino porque considero que se pueden escribir verdaderas joyas literarias sin que se siga el ritmo o planteamiento establecido en la narrativa tradicional. Una novela para aprender, para vivir y para enfadarte con algo tan voluble como es la política.
Un día en la vida de Ivan Donovisch esta publicada en Tusquets.

©  Texto: Miguel Urda Ruiz
Imagén: Internet


martes, 4 de junio de 2019

Un resquicio de ilusión atípica




EL AMANTE
A.B. Yehoshua

Un resquicio de ilusión atípica


¿Por qué el título El amante? Esta pregunta es lo primero que se me viene a la cabeza cuando termino de leer el libro. Y de acuerdo que hay un amante en la novela, pero tiende a confusión con la obra de Marguerite Duras y la novela es mucho más que un amante que aparece en la vida de una persona. El amante del escritor israelí A. B. Yehoshua es la disección de seis personajes, de una sociedad, de un país alrededor de los cuales gira la historia.
Yehoshua, autor incluido en la clasificación de los escritores de la Generación del Estado, excluye los temas del Holocausto de su temática para centrarse en las relaciones personales en un territorio nuevo donde todo es confuso, conflictivo y controvertido. Con el trasfondo de la guerra de Yom Kipur, en 1973, cuenta una historia que nos puede parecer atípica, ya que encontramos que es un judío quien contrata a árabes para su taller de mecánica al estar sus compatriotas en la guerra. Sin embargo, la novela tiene un comienzo difícil que hace todo lo contrario: apartarte de su lectura. Aunque no es hasta la segunda parte, en la página cuarenta y cinco cuando la novela te atrapa y ya no puedes dejar de leerla. Se inicia con el marido de la protagonista, Asia, en la búsqueda del amante de su mujer, y uno tiende a los prejuicios sociales de que quiere ajustar cuentas con él, pero no es así, sino que supone la punta del iceberg de unas relaciones sociales y psicológicas.
El amante, Gabriel, está presente sin estar presente en gran parte de la novela, es la sombra amenazante que acecha a los personajes para destruir su mundo, un mundo que esta hueco, insatisfecho y cómodo dentro de esa incomodidad. El autor consigue penetrar en las entrañas de los pensamientos de los personajes dejando al descubierto diversos puntos de vista de la situación que se vive en el momento: la relación entre judíos y árabes; las culturas y la religión van de la mano; las relaciones por edades entre los personajes.
La historia avanza en las distintas voces de los personajes, dando pie a historias entrecruzadas, o la misma historia contada por diferentes protagonistas con el consiguiente cambio de punto de vista, o un personaje comienza una historia y es otro personaje quién la finaliza. Hay personajes de todos los rangos de edad: Naim: niño que ayuda en el taller de mecánica de Adam y que es obligado a trabajar en lugar de ir a la escuela; Dafi, hija adolescente de los protagonistas de la novela y que sufre de insomnio y problemas escolares; Asia y Adam, matrimonio protagonista –ella profesora y él mecánico que con cuarenta años se siente viejo y cansado–. Gabriel, el amante, el extranjero es el fruto que aporta la ilusión a los personajes y Vaducha, la abuela que ha despertado del coma, es decir, Yehoshua disecciona por edades a los componentes de una sociedad, de un territorio definido o indefinido según el punto de vista del personaje que se mire. Los personajes, a su vez, son el embrión de sus propias historias, que podían ser desarrollas en una novela aparte.
Sin embargo, a mi modo de entender, Yehoshua escribe de más, es decir, justifica la desaparición y aparición del amante para intentar explicar el por que de una guerra. La novela hubiese ganado en calidad si no hay justificación, quedando todos los cabos atados de la historia por sí mismos dada la forma de narrar que tiene el autor israelí.
He dicho unas líneas más arriba que los personajes podrían tener su propia historia y así los veo. A dos novelas me ha remitido esta historia y ambas muy diferentes, pero que a su vez enlazan con el eje vertebral de desilusión y contenido vacío de la sociedad. Un Gabriel, el amante, me ha llevado directamente a Meursault, El extranjero (1942) de Albert Camus que va a enterrar a su madre y que no sabe “si ha muerto hoy o tal vez ayer”. A Asia, la madre, la esposa, la profesora, la veo reflejada en la protagonista de la novela de Magda Szabó, La Puerta, publicada en Europa tras la apertura al mundo exterior de Hungría. ¿Son influencias para A. B. Yehosua? ¿Hay paralelismos? ¿Existe metaliteratura encubierta dentro de esta historia? Es el lector quien tiene que decirlo.
El amante está publicado en Duomo Ediciones.


© Texto y foto
Miguel Urda



martes, 2 de enero de 2018

Kilómetros en la noche


Suena mi teléfono móvil. Un número desconocido. Lo cojo y escucho un “hola”, seguido de un apelativo cariñoso perteneciente a mi infancia. Reconozco enseguida la voz de un amigo y que ambos llevamos mucho tiempo sin vernos y sin hablar. Me pregunta si me he enterado. “¿De qué debo haberme enterado?”, le pregunto. Ha muerto la madre de otro amigo de la calle de la niñez. Le respondo que no me he enterado. A la pregunta de que voy a hacer no existe duda alguna: debo ir al velatorio. Tras hablar un rato de cómo nos va la vida y concretar que yo tengo dos horas y media de carretera desde el lugar en que vivo actualmente hasta el pueblo de mi infancia, quedamos en llegar juntos al cementerio a primera hora de la noche.
Fue vernos y fundirnos en un abrazo que nos perpetuaba cómplices de la infancia y, tras unas breves palabras sobre uno y otro, partimos hacia el santo lugar. Allí coincidimos con el resto del grupo de amigos de la calle que nos vio crecer. Estábamos todos: cuatro chicos y dos chicas. Tras dar el consabido pésame, acompañar a nuestro amigo por la muerte de su madre, alguien sugirió ir a picar algo. Y nos fuimos los seis amigos del ayer y el cónyuge de uno. En el restaurante, a pesar de la incomoda situación, evidentemente la conversación fue el pasado y de regreso al cementerio uno dijo una chorrada que tuvo respuesta por parte de otro, al cual siguió otro... bajo la mirada atónita del marido de una amiga. Y así estuvimos hasta llegar a la sala de duelo, donde volvimos a guardar la compostura. Por momentos, el ayer seguía intacto.
Abrazos de despedida mientras justificamos cómo es la vida. Lanzamos al aire la promesa de vernos más. Ya en el coche y de regreso a mi casa, pienso en la inexorabilidad, en los vínculos que crea la niñez y cómo el paso del tiempo no ha podido con ello. Busco en el Spotify del móvil una canción de Presuntos Implicados, Cómo hemos cambiado, y me pongo a tararearla mientras me sumerjo en los kilómetros de la noche y pienso en la remota infancia, que sigue impoluta, y en la urna del tiempo.



© Miguel Urda Ruiz, texto
Foto, Internet

domingo, 26 de marzo de 2017

Quimica humana




QUIMICA HUMANA
De sobra es sabido que no siempre existe la química humana cuando dos personas se conocen o se presentan. Durante un taller literario me pasó con una compañera de clase, pongamos que se llama Felisa, cuando a los pocos días comprobamos que nuestra aversión era mutua. Todos sabemos que interiormente hay algo de química que nos provoca ese rechazo, intentando tener a esa persona lo más lejos posible de nosotros. El comportamiento entre los dos fue correcto durante el tiempo que duró el cursillo y nunca más volvimos a saber uno del otro hasta el pasado domingo en que recibí una solicitud de amistad por el Facebook de mi antigua compañera de taller –la mencionada Felisa–, lo cual me asombró con la consiguiente pregunta de "¿para qué quería ser mi amiga en las redes sociales?", pero como estaba liado con otras cosas, me olvidé del asunto.
Ayer tomé café con una amiga para charlar sobre literatura, fundamentalmente. Al hablar de un conocido común que está por publicar un libro de relatos me dijo que Felisa acababa de publicar una novela. Sin pensarlo demasiado, até cabos al momento. Ya tenía la respuesta que se me planteó el domingo.
Hay que ser lógico y consecuente con los actos que uno acomete. Todos sabemos que bajo la amistad de Facebook subyace una capa de interés, ya sea personal, comercial..., y no es una amistad como la de dos amigos que quedan para tomarse unas cañas, hablar sobre cómo está la vida o discutir, si es necesario. El hecho de que esta persona me pidiese amistad y al poco tiempo descubriese que lo ha hecho con una intención concreta me ha suscitado varias reflexiones. Por una lado, está la poca estima o amor propio que nos tenemos cuando se trata de vender nuestro producto, es decir, que si yo aceptase su amistad vería en su muro toda la publicidad que está haciendo de la novela, el título, la portada, próximas presentaciones..., quedando olvidado que entre ella y yo no había química humana, lo cual me lleva a la hipótesis de que nos vendemos al mejor postor, a nuestro enemigo, nuestro compañero de química fallido, para restregarle en todos los morros que he publicado una novela. ¿No tenemos orgullo? Y los escrúpulos ¿dónde quedan? ¿Caen al olvido para hacer publicidad de nuestra novela? Con este comportamiento, queda patente que olvidamos nuestro código ético para que se sepa que he publicado una novela, un libro de relatos, o que he puesto en el mercado algún producto de mi creación.
Facebook o las redes sociales nos facilitan la baraja de la cobardía al no tener que enfrentarnos de forma real con la otra persona para hacerla conocedora de mis méritos. Estoy convencido de que si me encontrase con mi "rival" -por llamarla de algún modo- de cara a cara, no me haría partícipe de sus logros.
Todo esto puede resumirme bajo la palabra de coherencia ante ciertas actitudes de la vida; si no es amigo, no es amigo para nada. Coherencia, palabra que resulta difícil de aplicar cuando incumbe a algo tan difícil de equilibrar como son las relaciones personales.
© Miguel Urda Ruiz, texto

Foto: Internet


jueves, 30 de junio de 2016

Treinta de junio. Y mañana es Navidad



Treinta de junio. Sí, treinta de junio es el día que marca hoy el calendario cuando lo he mirado para ver la agenda del día, y he pensado: "Pero si ayer estaba comprando los regalos de Navidad".
Busco el planning anual de la agenda y sí, es verdad, compruebo que efectivamente han pasado seis meses con sus respectivos días y entonces percibo el sutil pensamiento de que mañana comienza la cuesta abajo del año y la Navidad esta a la vuelta de la esquina. Y no crea, lector, que estoy tan loco ni mi pensamiento es disparatado o ilógico: mañana es Navidad. Solamente es cuestión de ponerse a hacer cuentas con el calendario por delante. Julio y agosto pasan volando, con eso de las vacaciones; de la playa; que si la verbena del barrio o del pueblo; que si este año ha sido el más caluroso desde... y sin darnos apenas cuenta nos plantarnos en septiembre lo que significa la vuelta al colegio; que caro esta todo; que al niño no sé si apuntarlo a clase particulares de cocina o un curso de astrología celta; que las vacaciones que cortan se me han hecho; pues no son adelantados los chinos ni na, que ya han puesto las cintas de espumillón a la entrada y al volver a mirar el calendario estamos en octubre, cuyo principal indicador es el cambio de ropa, con el consiguiente ajetreo que sufre el armario. En el puente del Pilar las más avispadas compran el marisco porque ya se sabe que conforme se vaya acercando la fecha todo sube de precio. Mientras terminamos de adaptarnos a la oscuridad que supone el otoño y la ropa de abrigo, llega el puente de todos los santos, es decir, noviembre, y las voces que hablan de que la Navidad esta a la vuelta de la esquina son bastantes. Ya es más común ver en las pescaderías de los hipermecados a los matrimonios el fin de semana comprando el marisco, incluso hay algún reproche sobre la cena más hipócrita, perdón, familiar: "este año a casa de tu hermano no vamos" "si quieren venir que vengan ellos"... Asombrándonos de lo corto que son los días, las llegada de las lluvias y el frío , y que el próximo años nos vamos a un spa porque lo planificaremos con tiempo llega el puente o acueducto de la Constitución, es decir, diciembre. Ahí sí, ahí somos ya conscientes de que la Navidad esta a puntito de llegar; tiendas rellenas de gente; el congelador a rebosssar, y los planes sobre a casa de quién vamos: "ni se te ocurra sentarme al lado de tu..."; los villancicos en la calle; la lotería,... , están flotando en el aire; a los pocos días le dan las vacaciones del colegio a los niños, y de pronto pensamos, pero coño si ayer era verano y ya estamos en Navidad.
Y es que es verdad, el tiempo ni corre ni vuela, sino que compite constantemente con la velocidad de Internet y a mi como me gusta ser prevenido, por si acaso, voy a ir haciendo la lista de regalos y localizando la caja del portal de Belén porque... mañana es Navidad.

© Miguel Urda Ruiz







sábado, 20 de febrero de 2016

Querido Miguel: Caducidad epistolar


Era una asignatura pendiente desde hace mucho tiempo, introducirme en la obra narrativa de Natalia Ginzburg, y ha sido con la novela Querido Miguel cuando he podido hacerlo, y para ser más exacto, ella ha acudido a mí. Quien me conoce o sigue mi trayectoria narrativa y lectora, sabe de mi devoción por Carmen Martín Gaite. Días atrás, pasaba por delante de una tienda de libros de segunda mano –ídem sobre mi afición a estas tiendas– cuando vi cómo el librero estaba colocando un montón de libros en un cesto de mimbre. Llamó mi atención el nombre de Carmiña y al ver que traducía a la autora italiana, no tuve que pensarlo dos veces para comprarlo.
Escrita en un género que está prácticamente en desuso, el epistolar, el eje visible de la novela es la relación de una madre con su hijo, Miguel, a través de un periodo de tiempo de diez meses. Nos adentra en una Italia –no muy diferente de la España de esos instantes– de finales de los 70, que vive momentos difíciles y arrastra las secuelas de los movimientos del 68, con unos protagonistas que reflejan la verdadera cara del país: una Italia donde los personajes no comen obligatoriamente pasta y que están fuera del estereotipo que tenemos sobre ellos.
En un primer plano, la autora italiana nos muestra el miedo que tiene una madre a lo que puede sucederle al hijo, que camina siempre por un borde ajeno a lo establecido. Pero no es solo la relación materno-filial lo que llama mi atención, sino la parte del iceberg narrativo que no es visible. ¿Cómo es la relación entre la madre y el hijo? ¿A qué se debe ese desapego familiar? ¿Qué hay en él que ni la muerte de su padre, ni la enfermedad de su madre le hace regresar a su país? ¿Qué existe en los personajes de la novela que genera una duda provocativa al lector? ¿De qué huye Miguel realmente? De su madre, de sus relaciones familiares, de una duda sexual, de su país... Más que respuestas, la autora emite preguntas indirectas al lector para finalizar con la sensación de que los personajes son incapaces de enfrentarse a la vida.
Es una historia por la que ha pasado el tiempo –pero no por ello ha perdido vigencia– , dada la velocidad actual de las comunicaciones, lo cual me lleva a cuestionarme si esta novela podría escribirse hoy en día y con qué resultado.
Querido Miguel, –publicada por Acantilado– (insisto) es la primera novela que leo de Natalia Ginzburg pero, vista su bibliografía, el lector hasta puede hacerse una idea de que el eje de su obra son los conflictos familiares. Hay que profundizar más en ella.

© Miguel Urda
 texto y foto





martes, 1 de diciembre de 2015

364 días anónimos (y nada ha cambiado)

Hace algunos años publiqué esta entrada en mi blog tal día como. Ha pasado el tiempo y veo como todo sigue igual y la gente sigue callando su conciencia por un día. 



Cuando escribo estas líneas es día uno de diciembre, día internacional del SIDA. Durante un día al año a todos los ciudadanos nos obligan a tomar conciencia sobre esta enfermedad y colocarnos un lazo rojo en la solapa. En este día todo el mundo es consciente de lo que significa el sida: enfermedades de homosexuales, de drogadictos, del tercer mundo… que afecta “a la parte diferente” de la sociedad. Los medios de comunicación han dado la noticia por activa y por pasiva. Qué cosa tan paradoja y tan peculiar: se celebra el día de una enfermedad, lo que parece llevar de forma orgullosa a presentadores de televisión, políticos, gente de la vida social, cuyo rostro es conocido, a lucir un lacito rojo como sinónimo de compasión. Es el momento de ser solidario. Y todo el mundo tiene cantidad de amigos gays, y los gays son la mejor gente del mundo, y no pasa nada por ser gay, y gays, gays, gays… Es el día, es el momento, de ser solidario para acallar una conciencia que olvida esta enfermedad para el resto del año.
Un primero de diciembre caminaba yo por una calle concurrida de mi ciudad cuando una señora, ya entrada en años y vestida de domingo, con una hucha en su mano derecha y un lacito rojo en la izquierda se acercó a mí para exigirme un donativo a favor de esta enfermedad. Con la mirada le dije que no y, sin darme tiempo a hablar la buena señora, metida en su papel de mujer solidaria y de de buen corazón, en ese día de su buena acción, me inquirió en tono inculpatorio e irónico:
- Gracias, señor, por su voluntad. Estas pobres gentes le agradecerán que no haya aportado nada para ayudar a estos desfavorecidos.
Me detuve en seco, al escuchar estas palabras y la señora cambió la cara al ver mi gesto. Debió pensar que sus palabras me habían hecho recapacitar y me paraba para sacar mi cartera y aportar algunas monedas a su hucha.
-Gracias por su voluntad, caballero, volvió a repetir la buena señora, acercando la hucha hacia mí.
Pero al ver que yo seguía sin hacer el gesto que tanto ansiaba ella quedó un poco desconcertada.
-Discúlpeme, buena señora -le dije atenuando la entonación de las dos últimas palabras. ¿Cree usted que por no llevar un lazo rojo en la solapa de mi chaqueta no soy solidario? ¿Qué si no le echo algunas monedas a su pertinente hucha no soy una persona solidaria y digna de esta sociedad? Señora, se le agradece enormemente que dedique parte de su valioso tiempo libre a solicitar dinero para la “pobre gente infectada por esta plaga” como usted ha dicho, pero piense que si no llevo un lazo rojo bien visible, ni me manifiesto pidiendo ayuda tambien puedo ser solidario. Yo, señora, tal y como usted puede comprobar, no llevo un lazo, pero durante 364 días, y de forma anónima, soy participe de esta “sociedad marginada”; no tengo un nombre social reconocido, pero participo de forma intensa en el colectivo BASIDA. Yo solo quiero ayudar, y participo de forma continua con este colectivo porque lo siento, no porque necesite acallar mi conciencia durante un día.

A veces el silencio es más efectivo que el ruido.

© Texto Miguel Urda
 Foto Google