Los Papeles Olvidados es un espacio que recoge los excedentes de producción creativa de mi imaginación y que muestro como proceso final en relato, comentarios o recomendaciones. Es una forma de reflejar mi vida y mis pasiones: la literatura y la escritura, y que decido compartir con usted, contigo, con vosotros respetables y apreciables lectores. Blog abierto a la opinión, a la sugerencia, a la critica, a la creatividad.


lunes, 26 de noviembre de 2012

GAFAS DE SOL



I

LLUEVE. MANUELA SALE DEL METRO AL EXTERIOR. MIRA HACIA ARRIBA. EN LA MANO IZQUIERDA LLEVA LAS GAFAS DE SOL. COMIENZA A ANDAR DESPACIO. SE COLOCA LAS GAFAS. JULIAN LA VE DESDE EL CAFÉ DE LA ESQUINA. DEJA UNAS MONEDAS ENCIMA DEL MOSTRADOR. SALE APRESURADO. SE COLOCA A UNA DISTANCIA CORTA DE ELLA. NINGUNO DE LOS DOS LLEVA PARAGUAS. COMIENZA A LLOVER MÁS FUERTE. HAY GENTE CORRIENDO EN BUSCA DE COBIJO EN LOS SOPORTALES.
ELLA SE LEVANTA Y JUNTA LAS SOLAPAS DEL ABRIGO NEGRO. ALIGERA EL PASO. ÉL SE COLOCA AL MISMO NIVEL QUE ELLA. LA MIRA. SE DETIENEN AMBOS. LA MUJER VUELVE A ANDAR. JULIAN LE DICE ALGO. ELLA LE GRITA. JULIAN LA COGE DEL BRAZO Y LE SEÑALA EL REFUGIO. SE DIRIGEN ALLÍ. SOLO HABLA ÉL. SIGUE LLOVIENDO. COMIENZAN A DISCUTIR CUANDO ESTÁN CUBIERTOS. ELLA SE LEVANTA LAS GAFAS Y LE HACE UN GESTO INDICÁNDOLE EL OJO. EL HOMBRE SIGUE HABLANDO, PONE LAS MANOS JUNTAS SOBRE SU PECHO. LE DICE ALGO QUE ELLA NIEGA CON LA CABEZA.

II

MANUELA SE DESPIERTA. MIRA A SU LADO DERECHO. JULIÁN ESTA DORMIDO. HAY POCA LUZ. ELLA SE SIENTA EN LA CAMA. SE PEINA CON LOS DEDOS Y SUSPIRA. COGE DEL SUELO UN SUJETADOR ROJO, SE LO COLOCA, SE LEVANTA, DA UNOS PASOS Y SE AGACHA PARA COGER SUS BRAGAS. BUSCA EL RESTO DE LA ROPA. JULIAN SE GIRA. MUEVE EL BRAZO EN BUSCA DE ELLA. LE DICE ALGO A MANUELA. ELLA SE ECHA A LLORAR.

© Miguel Urda



FOTO  TOMADA DE  GOOGLE

jueves, 8 de noviembre de 2012

Frente a la estación central


Faltaban cinco minutos para las ocho pero ya estaba allí, en el lugar que ella le había indicado. No, no estaba nervioso, o intentaba reflejarlo. Era invierno pero el sudor le corría por la frente. Sería por el exceso de abrigo, se dijo.

Cuatro minutos para la hora de la cita y no la veía aparecer, ni siquiera distinguía una figura humana en la oscura y desierta lejanía. Cotejó, de nuevo, que el reloj de la muñeca y del teléfono móvil estuviesen sincronizados. Dos minutos para las ocho y a pesar del intenso frío del mes febrero tenía el cuerpo empapado en sudor. No quería pensar en la cita, pero era algo imposible de apartar de su cabeza.

Las campanas comenzaron a dar las ocho y compitiendo en agudeza visual sobre que reloj mirar primero para comprobar la exactitud de la hora, sus ojos se inclinaron por los dígitos que marcaban el aparato telefónico. Cuando sonó la octava campanada ya había comprobado por tres veces que ambos instrumentos marcaban la misma hora, sin diferencia alguna de segundo.

Ocho y un minuto. Ya llega tarde aunque sólo son sesenta segundos, pero ya pasa de la hora indicada. Seguía sin distinguir la aparición de persona alguna. Volvió a mirar el reloj. Dos minutos pasaban de la hora a la que le citó. Un coche se acerca, se detiene delante de él, lo conduce un hombre, le acompaña una chica joven, no consigue verla bien, pero es ella, el pelo largo y lleva una bufanda roja, el indicativo de que es la chica con quién ha quedado. El corazón comienza a tomar velocidad, a latir a un ritmo muy apresurado. Intenta tragar saliva pero su garganta está seca. Se abre el coche, la joven mujer se despide con un beso de su conductor. Suda, tiene las manos y la frente transpiradas; la chica es más baja de lo que él esperaba. Va a decirle su nombre, ella ni siquiera se da cuenta de él, solo comprueba el reloj y comienza andar con paso ligero hacia el interior del edificio.

El corazón vuelve, tímidamente, a su lugar.

Ocho y tres minutos. Ninguna silueta se percibe en los alrededores más próximos a él. Tres minutos, son sólo tres minutos de retraso. Comprueba el reloj de muñeca y después el nudo de la corbata roja, que ella le ha dicho que lleve puesta. El reloj digital marca las ocho y cuatro. Un corto paseo de diez pasos para intentar apaciguar el nerviosismo. Busca un ruido, un gesto, algo que le diga que alguien se aproxima pero nada, ni por la derecha ni por la izquierda. La plaza está ocupada por la fría soledad de una noche invernal.

Piensa si es el sitio que ella le había dicho. Relee el SMS le había enviado esa mañana: “a las ocho frente a la Estación Central”.

Ocho y cinco minutos. Cinco minutos puede considerarse como un retraso bastante considerable. El dígito cambia a seis mientras mira el aparato. Un ruido, un ruido conocido suena dentro de su nerviosismo, proviene del teléfono móvil. Un nuevo SMS.

Un intenso escalofrío había recorrido su cuerpo cuando termino de leerlo.


© Miguel Urda

Imagen Google