7/23/2011

No sabía el porque de la batalla -2ª parte-




Volvió a la cama, más rápido de lo que fue al baño. Las sábanas aún estaban calientes, el ruido del camión de la basura llegaba como si estuviesen en su mismo cuarto los basureros. Se puso de su lado preferido para coger el sueño, en posición fetal e incluso se metió el dedo pulgar en la boca. Quería dormir, necesitaba dormir. Una estrella de color rojo intenso iba derechita hacia él. De nuevo la batalla de estrellas. Conforme se acercaba la velocidad aumentaba, y él no podía moverse, apartarse, iba dirigida a él. Despertó empapado en sudor 4.42 minutos marcaba el maldito reloj digital que le regalaron sus compañeros de trabajo cuando cumplió los treinta años. Se secó el sudor con la sábana. También estaba empapada. ¿Por qué iban a por él? La vejiga se hizo notar de nuevo. Beber tantas cervezas no era bueno por la noche. ¿Cuántas se había bebido? La cuenta hacía mucho tiempo que la perdió. Nunca estaba muy atento cuando se trataba de estos asuntos. Una vez rota la seriedad que imprimen las primeras rondan de cervecitas y comenzaban a salir las risas tontas, él se vanagloriaba de las causas por las que tenía el antebrazo derecho más desarrollado: el levantar las jarras de cervezas y la autoestimalción sexual diaria. Entonces todos expulsaban grandes carcajadas, aunque había veces que la conversación ya no hacía gracia, sólo cuando había un integrante nuevo en el grupo. Todos sus colegas ya se sabían el comentario, y había alguna voz –casi siempre femenina- que manifestaba su malestar ante tan absurdo comentario.
Intentó engañar, de nuevo, a la vejiga, dándose la vuelta en la cama. Pero ahí lo tenía en rojo, y en grandes números para que no cupiese duda de que no lo viese bien cuando se hiciese notar el maldito despertador. Las 4.59, un minuto faltaba para las cinco, hora en que sonaría el despertador del vecino del primero.- No, el que copula con la ventana abierta no, el vecino de al lado y que mi dormitorio cae encima del suyo-. Es un despertar a tiempos. Durante treinta minutos va sonando el despertador cada diez minutos y a mi me entran ganas de ir a aporrear su puerta cada diez minutos, como los efectos secundarios del despertador, para decirle que se levante de una vez y deje dormir a los demás, aunque me imagino en el primer aporreamiento a todos los vecinos saliendo a ver que pasa. De pronto, piensa, que no estaría mal ver la forma en que duermen los demás vecinos. Piensa en poner un día esa idea en efectivo. Ver si la vecina de enfrente, Doña Amargada, duerme con los rulos puesto, en camisón o en pijama; o si los vecinos de abajo –sí, sí, los que copulan con la ventana abierta- duermen como su madre les trajo al mundo y suben con esa indumentaria a ver qué sucede.
Interesante idea, interesante idea pensó, mientras esquivaba una estrella para introducirse en un leve e inquietante sueño.





© Miguel Urda

7/18/2011

No sabía el porque de la batalla -1ª parte-





No podía dormir porque le atormentaban el ruido de las estrellas. Parecía que había una guerra, chocando unas contra otras. No sabía el porqué de la batalla, pero era intensa. Se había cansado de dar vueltas en la cama, de ver la televisión, de leer, de jugar con la Play Station, de tocarse (sin conseguir que aquello se estimulase mínimamente), de contar ovejitas, elefantes… las estrellas luchaban contra él, contra su sueño. Claro, no lo había pensando, él era el enemigo. Había una conspiración contra su persona.
No quería mirar el reloj digital de la mesita de noche, pero la mirada lo traicionó, marcaba las 3.33 A.M. Pensó que era la edad de Cristo, con tantos tres. ¿A qué hora murió Cristo? No lo sabía. Nunca le había gustado mucho la religión pero ahora le picada la curiosidad. Igual eso era un mensaje del más allá, o mejor un mensaje del Todopoderoso. Él tenía la misma edad de Cristo, treinta y tres años, estaba a tres de marzo y había mirado la hora por última vez a las 3.33. Mañana miraría a la hora en que murió. De pronto pensó: “que muerte tan tremenda ahí en la cruz, medio en cueros, mezclándose el sudor con la sangre y un montón de gente observándolo con mucho morbo”. Le dio un pequeño escalofrío.
La vejiga le reclamó su atención. No tenía ganas de levantarse, hacía frío. Sólo de pensar en pisar descalzo el suelo de mármol blanco para ir al baño le quitaron las ganas, pero fue un intento en vano de engañar a su portador de orina. Esté protesto de nuevo.
Al miccionar en la noche, se sentaba en el inodoro, era más cómodo y no tenía que estar apuntando para que todo el chorrito cayese dentro. No le gustaba el contacto con la fría tapa al sentarse. Qué diferente era –pensó- sentarse en la taza de un inodoro por la mañana o por la tarde a hacerlo de madrugada. Hay veces que uno se sienta para disfrutar del hecho de hacer esas necesidades. Cuando pensamos que la cosa va para largo, cogemos una revista y no nos damos cuenta que estamos ahí sentados hasta que alguien de la familia aporrea la puerta. ¡Qué salgas ya! ¡Estas fabricando la mí….! ¿Te falta mucho? ¡Mira que me lo hago encima!… y tantas frases bonitas e intensas que nos surgen cuando la necesidad de evacuar de nuestro cuerpo es inminente. Sin embargo, cuando uno se sienta en el wáter en la madrugada, es diferente, todo esta en silencio, se escucha el ronquido del vecino de al lado –que su pared pega con la pared de mi cuarto de baño-, los envidiables jadeos de los vecinos del piso de abajo, que copulan con la ventana abierta… Casi parece que uno se sienta en la taza con miedo a invadir la tranquilidad que impera en la madrugada.
Se bajó los pantalones despacito, levantó la tapa y con mucho cuidado se sentó, había algo de miedo a que se le escapen unos gases sonoros porque en los pisos de hoy todo se escucha y como quien no quiere la cosa, el miembro masculino estaba relajadito y empezó a soltar lo que lleva largo rato acumulado. Una vez que se ha terminado llega otro problema de gran calado, ¿tiras o no tiras de la cisterna?




CONTINUARÁ


© Miguel Urda

7/06/2011

Lo que tú quieras



Esta noche, más tarde, te diré que te amo y quizá para entonces estés lo bastante borracho como para creerme, porque el amor llega así, de sopetón, primero con un suspiro y después un intenso cosquilleo en todo el estómago que no te permite vivir.

Para decirte “te quiero” necesito que estés ebrio porque así después no podrás reprocharme nada, e incluso es posible que no te acuerdes de nada de lo que te he dicho. Míralo de la forma que tú quieras y sí, soy cobarde, pero te quiero. Cada uno tiene una forma de amar y la mía es así, en la distancia. He observado durante mucho tiempo cada movimiento tuyo, provocando que los latidos de mi corazón se desboquen cuando te veo pasar. Las veces que hemos coincidido, tú apenas me has hecho caso, pero sólo ver esa sonrisa, con la que me saludaste cuando te vi por primera vez, supe que serías mío.
El amor no se dirige, se quiere o no se quiere; hay conjugación de corazones a la primera o no las hay por eso creo que entre nosotros no hay amor ahora mismo porque no te fijaste bien en mi. Había demasiada gente en la pedida de mano de mi hermana a mi padre y yo era un personaje más de tu historia de amor que pasó desapercibido para ti. De forma disimulada pregunté por ti en casa, y mi hermana me decía que no fisgonease, que estuviese en mis cosas. Cada vez que la veía regresar después de estar contigo el humor era diferente, traía una sonrisa, y sin decir nada y a toda prisa se iba a su cuarto, yo la seguía y le preguntaba, quería que me contara, pero me decía que no era cosas de cría, dándome con las puertas de su cuarto en las narices.

Hay muchas novelas escritas sobre el amor sin llegar ninguna a un punto de unión o de ecuanimidad. Nosotros escribiremos la nuestra. Dejaremos huella en la historia del amor, yo seré tu mujer, tu puta, tu esclava, tu amante, tu compañera, tu fiel servidora… seré todo lo que he leído en los libros de amor en la biblioteca y lo que tú quieras con tal de que me digas te quiero. Saldrán de tu boca estas palabras despacito, deletreando cada consonante, cada vocal, hasta ir juntándolas todas para decir las palabras mágicas que yo tanto deseo sentir. Entonces cuando las escuche, y mi corazón las reciba, dará órdenes para que me vuelva loca por ti. Me postraré a tus pies, mi alma se encadenará a ti, con un candado invisible cuya llave tiraré al fondo del océano más profundo. Ya nadie podrá separarnos.

¡Porque vas a quererme! de eso estoy totalmente convencida, aunque por el camino haya dejado alguna muerte. No me importó matar por ti. Me ha dado un poco de pena ver agonizar a mi hermana, pero yo era feliz, viéndote allí desde la sombra, en su habitación, hablando con mi padre, con los médicos, de la rara enfermedad… Y esta noche te haré mío. Porque todos los hombres beben cuando se les muere su novia, o su mujer. Tú llorarás en mi hombro, beberás. Seré tu consuelo, derramarás lagrimas que serán fuente de energía para redirigirlas hacia ti convertidas en amor. Ya no habrá marcha atrás, amor mío, y ahora sí puedo llamarte amor mío, porque ya no hay nadie que se interponga entre tu y yo. Yo te daré todo lo que ella no te dio y que tu tanto le reprochabas. Os espiaba cuando podía y así escuché cómo ella no te dejaba que le tocarás los pechos o meterle la mano por debajo de las braguitas. Decía que no, que era pecado. A mi no me importa pecar, no hay Dios más grande que tu. Seré toda tuya, ya estoy viendo el día que crucemos el umbral de nuestra casa, recién casados. Yo vestida de blanco con una larga cola de muchos metros y tu llevándome en tus enormes brazos, vestido de príncipe azul, con tu pelo rubio. Seremos felices, amor mío, muy felices, ya me encargaré yo de ello.


©Miguel Urda

6/23/2011

Anoche soñé




- Esta noche he soñado contigo, Clara.
- ¿Y qué soñaste?
- Que vendíamos muebles.
- ¿Y qué más?
- Sólo muebles, no había nada para más vender, ni siquiera una ilusión.
- Pero, no seas así, las ilusiones nunca se pierden, en el momento que se pierden uno va zozobrando en el barco de la vida.
- La vida no es un barco, la vida es una mierda de la que estamos todos impregnados. Somos hijos de la mierda.
- No, no somos hijos de la mierda, Samuel, en todo caso somos “hijos del agobio” como decía Triana. ¿Te acuerdas de aquella época? Ahí si que teníamos sueños, ¿quién no tuvo un sueño en la adolescencia? éramos inocentes.
-Tu eras inocente, Clara, yo no. Nunca lo he sido. Siempre he sido un hijo de puta y tú lo sabes. Por eso estoy aquí.
Clara no puede negarle ese último comentario y sujeta el mango del teléfono con más fuerza. No quiere mirarle directamente, pero tampoco tiene posibilidad de desviar la mirada en el reducido habitáculo. Intenta pensar algo rápido que decirle.
-La vida nunca te ha sido fácil – le responde.
-Pero soy un hijo puta.
-No digas eso, Samuel, -le grita Clara a través del teléfono.
Le gustaría abrazarlo, acariciarlo, besarlo, mimarlo. Como único consuelo le queda poner su mano en el sucio cristal. Él le corresponde con el mismo gesto. Ambos emiten una sonrisa. -Estas muy guapa, Clara.
-Me he puesto guapa para ti.
- Lo sé -responde Samuel- Yo iba a afeitarme, pero llevamos tres días sin agua caliente. Dicen que la caldera está estropeada. Y es una mentira así de gorda, es dinero que ellos se embolsan. El domingo pasado se encontraron muerto al “gallinas”, dicen que murió en la madrugada de frío. Aquí vamos a ir cayendo todos, Clara. El invierno solo ha hecho comenzar y aquí es muy largo...
-Te traeré ropa de abrigo en la próxima visita. Te lo prometo.
-No, Clara, no. No gastes dinero en mí, yo me las apaño bien, gasta ese dinero en ti y en tus padres.
-Mi madre me preguntó ayer que cuando venía a verte. – ¿Sabes?- y le dije que mañana. Nunca me ha dicho nada, ni siquiera cuando te vio cómo huías con las manos manchadas de sangre.
-Tu madre es buena gente, Clara. Cuídala.
-Tu no eres malo, Samuel. La vida no ha sido justa contigo. –dice Clara, en un intento de fundirle ánimos.
Le mira directamente. Bajo el gorro de lana sobresalen mechones de pelo gris, la barba es de muchos días y presenta una reñida lucha entre los vellos negro y grises. Tiene intensas ojeras y los labios resecos. No se atreve a decir que esta más delgado, porque lleva mucha ropa encima, pero intuye que esta en la cuerda floja de la vida.
Su vida siempre había permanecido en ese estado. Venían dos niños en el parto, él salió primero, con el segundo hubo problemas, el cordón umbilical enganchado, la partera abrió, fue imposible cortar la hemorragia… Dos muertes a sus espaldas unos instantes después de nacer. Hubo varias muertes en el pueblo sin un motivo, sin un asesino, aunque todas las miradas corrían hacia él. En la comunión del hijo del Alcalde una mancha de sangre le delató; paso varios años en el correccional de la capital. Al cumplir los dieciocho lo expulsaron a la calle con la carrera de sobrevivir en la vida aprendida. Nunca volvió al pueblo, la gran ciudad le acogió como un hijo propio. Se habituó pronto a los bajos fondos, a las meretrices, a las calles oscuras… y a vivir huyendo siempre. Nunca conoció lo que era tener un hogar, el calor consecutivo de un lecho, de un olor común, de unas reglas familiares… Ella es el único contacto con el exterior. No hay nada establecido, escrito entre ellos, solo es complicidad que la vida proporciona para sobrevivir. Siempre huyendo con esa soledad perpetua y desconocida en él.
- Anoche soñé contigo, Clara. –dice él-. Siempre me ocurre la noche antes de que vengas a verme y no consigo dormir bien.
- ¿Y qué soñaste, Samuel?
-Soñé que vendíamos muebles, Clara.




© Miguel Urda

6/12/2011

SUNSET PARK




Nada más tener conocimiento de que había una nueva novela de Paul Auster en el mercado, me froté las manos e incluso me ilusioné cuando vi el título, Sunset Park, y leí las primeras líneas. Todo apuntaba a un nuevo manjar literario de este autor. Pero todo quedó en eso, en expectativas.
En las primeras páginas de la novela comienza a percibirse toda la arquitectura novelística de Auster con sus engranajes, (relación conflictiva entre padres e hijos, casualidad, lucha por sobrevivir, New York, perdidas de identidades…) y parece que va a ir in creccendo pero ocurre todo lo contrario, esta comienza a perder fuelle a gran velocidad, lo cual todavía me hace enfurecer más al comprobar que están todos, todos los elementos de una buena novela Austiliana, pero se queda ahí en ingredientes que no llegan a hervir. La lectura alcanza un punto donde las páginas se hacen tediosas, me voy a mis asuntos mientras estoy leyendo, tengo que volver a releer, me pierdo en los personajes, estoy deseando pasar hojas para encontrar acción, algo más, solamente encuentro el cansancio que me produce esta novela. Disertaciones, reflexiones… que para mi entender lo que hacen es llenar y llenar folios hasta completar un número determinado de páginas.
Si hay algo que tiene este autor es que su obra no deja indiferente. Unos suben al altar novelas que otros bajan al infierno. Esta novela esta a distancias enormes -hablando siempre en términos cualitativos- de Trilogía en New York, El palacio de la Luna o Brooklyn Follies. Yo tengo una teoría sobre Paul Auster , creo que escribe una novela buena cada tres o cuatro años, y cada año pone el piloto automático y escribe la novela que le exige la editorial de forma anual. Aunque en cierta medida le tengo algo de envidia: ya quisiera yo que me saliesen páginas y páginas para llenar una novela, sin esfuerzo alguno.
Debo confesar algo que me duele bastante: no he podido terminar de leer el libro. Mi experiencia lectora me avala en que hay libros para una época concreta, un determinado momento, una situación personal determinada… No sé si ahora se dan todas las coyunturas adecuadas para leer Sunset Park, lo que si es cierto que en mucho tiempo no había dejado un libro sin finalizar, todavía incrementa mi cabreo cuando compré el libro sin esperar a la edición de bolsillo, es decir, qué me gaste 18.50 Euros. ¡Me sentí estafado!
Dos veces me siento decepcionado por ti, Paul. Con tu penúltima obra, Invisible, me quedé un poco sin saber qué decir, qué opinar, pero Sunsent Park ha sido la gota que ha colmado el vaso. ¿Qué te ocurre Paul Auster? ¿Cuánto tendremos de esperar para tener una novela como las que tu sabes deleitarnos?¿Se te han acabado las ideas? ¿Te has habituado a ver tus novelas en las listas de mejores libros vendidos y te has relajado? ¿Te ha sobrepasado la fama y el reconocimiento literario de tus compañeros?
No me aferro a la idea de que tus, tramas, argumentos, ingeniosidad… estén agotados, pero como medida de precaución siento decirte Paul –y en cierta manera tu te lo has buscado- que desde ahora ya no compraré ningún libro tuyo, ni en formato grande ni en bolsillo, hasta que tenga la certeza de que es una verdadera obra de arte, una joya literaria como esas que tú sabes escribir. ¿Hay algo peor que un lector decepcionado?



© Miguel Urda

6/06/2011

Secuencias repetidas

Para mi amigo Karmele, quién en el peor momento de aquel verano, consiguió que yo esbozase una sonrisa.


El sábado pasado fui a la playa un poco más impulsado por el calor reinante que por tener ganas en realidad. Cuando llegué, ¡no me lo podía creer, allí estaba mi amigo Karmele! Fueron abrazos, gritos de alegría, y sin dilación alguna comenzamos a darle al palique, a ponernos al día de lo que había sido todo este tiempo. La efusividad del reencuentro se evaporo enseguida. De pronto sentí que el verano anterior había acabado ayer. Los gestos volvían a repetirse, encontré el mismo olor al verano anterior, la gente de otros años asidua a la playa estaba allí: el ladillas, Muriel, la chochito partio, el paranoico… pero había transcurrido mucho: un otoño insípido, un invierno extraño y una primavera expectante.
Comenzamos a hablar de los temas realmente importantes cuando la tarde nos hizo parecer que llevábamos mucho tiempo compartiendo ese primer día de playa. Charlamos de temas de esos que los dos sabemos y comprendemos. No dejamos asunto alguno por tocar: hablamos de este, de aquel, de lo otros, de… y de… y todo rociado con grandes dosis de carcajadas. (Imposible no reírse con Karmele)
Sin saber muy bien cómo ni porqué, casi al atardecer, apareció una botella de vino tinto, y el grupito enseguida se formó alrededor de ella, como si fuese el reclamo para dar la bienvenida al verano. Todos comenzamos a hablar sobre el ayer, y el rápido transcurrir del tiempo. Algunos decían que nos veían igual, otros que más delgados, otros que con más arrugas,… y podrá ser verdad, pero yo este año tengo más ganas de sonreír que el pasado verano .





©Miguel Urda


5/10/2011

Dudo de ti lo mismo que tú dudas de mí



– ¡No!, –dice ella de forma rotunda-, ¡qué no le beso!
–Pero ¿por qué?
–Porque me da un poco de asco –contesta ella-. Además, ¿cómo me garantiza usted que sea realmente un príncipe?
–Si no me besas difícilmente lo sabrás –responde la voz.
–Eso se lo dirás a todas, pero yo soy una princesa de verdad.
–Claro, claro –responde su interlocutor– eso mismo dicen todas, que son princesas de verdad e incluso hay alguna que dice que es reina.
– ¿Acaso dudas de mí? –le espeta la princesa.
–Dudo de ti lo mismo que tú dudas de mí.
–Pero entonces ¿cómo estoy yo segura de que usted sea un príncipe? Hoy en día hay mucho engaño.
–Toda la vida ha existido engaño, –le responde la voz.
–Deme pruebas de que usted es un verdadero príncipe. –dice la princesa en un tono algo infantil.
–Tendrás que confiar en mi igual que yo confiaré en ti.
–Eso es verdad. ¿Le han besado muchas princesas? –le pregunta ella.
–Ay, niña bonita, si yo te contase quienes me han besado creo, que dejarías de buscar al Príncipe.
–Cuénteme, cuénteme ¿quién le ha besado? –pregunta la princesa.
–No preciosa, si yo te dijese algo de quién me ha besado en busca de su príncipe sería muy poco decoroso por mi parte. No olvides que yo soy un verdadero príncipe.
–Oiga, ¿usted no será un príncipe gay?, porque tal y como están las cosas últimamente... Mire lo que le ha pasado a la princesa del país vecino. Le ha salido rana, ja,ja,ja
–Solamente tienes una forma de comprobarlo –dice la voz– dame un beso y conseguirás que yo sea el príncipe de tus sueños.
– ¡No!, me tiene que dar pruebas que bajo esos ojos saltones y ese color verde viscoso se esconde un verdadero príncipe. ¿Sabe? estoy cansada de buscar en chats, emails, internet… todos dicen ser príncipes y ninguno es el príncipe de mis sueños.
–Dame un beso y podré demostrarte que soy un príncipe como los de antes, de los que tú sueñas.
– ¡No!, -responde tajante la princesita- me tiene dar detalles. Le haré una pregunta y me tiene que dar tres respuestas como solo respondería un príncipe azul. ¿Qué es una princesa?
– Una princesa es la golondrina que adorna el viento; la flor que ilumina el jardín; el olor que acompaña al sueño de los enamorados.
–Sí, sí, –grita alborozada la princesita – eso que ha dicho solo sabe decirlo un príncipe. ¿A qué va a ser verdad, ranita, que eres un príncipe camuflado? Oye, ¿no serás un espía de mi madre?, que quiere casarme con el príncipe regordete, con la cara llena de granitos y que a mí no me gusta. Yo quiero un príncipe de sueños.
–Dame un beso y lo comprobarás –dice la rana–.
–Es que sabe, señor príncipe–rana, me da mucho asco besarle, está usted mojado, viscoso, tiene un aspecto tan feo que…
–La decisión es solo tuya, princesa mía. Si realmente buscas un príncipe, aquí está. Con solo un beso lo podrás conseguir.
–Ya pero,…
–No hay peros –dice la rana, un poco cabreada– cógeme en tus manos, cierra los ojos, acerca los labios a mi piel y tendrás a un príncipe de sueños, en tu vida.
–Sí, pero…
– ¡Pero qué! –Protesta el anfibio – ¿Ahora qué pasa?
–Que me dan mucho asco las ranas –responde la princesita-. ¿No podría convertirse en una linda tortuguita que es más fácil de besar?
–Ya me tienes un poco cansado princesita engreída. Si me quieres besar me besas y si no me voy en busca de otra princesa que quiera a un príncipe de verdad.
–Bueno, está bien, allá voy, pero...
–Pero que… –grita la rana
–Nada, nada. – Dice la princesa – allá voy
La princesa, coge a la rana en sus manos, con cierto gesto de asco cierra los ojos y acerca los labios su piel.
Se escucha un sonoro beso y se produce un intenso destello en los ojos de la linda princesita.




© Miguel Urda

4/21/2011

Frente a la estación central



Faltaban cinco minutos para las ocho pero ya estaba allí, en el lugar que ella le había indicado. No, no estaba nervioso, o intentaba reflejarlo. Era invierno pero el sudor le corría por la frente. Sería por el exceso de abrigo, se dijo.


Cuatro minutos para la hora de la cita y no la veía aparecer, ni siquiera distinguía una figura humana en la oscura y desierta lejanía. Cotejó, de nuevo, que el reloj de la muñeca y del teléfono móvil estuviesen sincronizados. Dos minutos para las ocho y a pesar del intenso frío del mes febrero tenía el cuerpo empapado en sudor. No quería pensar en la cita, pero era algo imposible de apartar de su cabeza.


Las campanas comenzaron a dar las ocho y compitiendo en agudeza visual sobre que reloj mirar primero para comprobar la exactitud de la hora, sus ojos se inclinaron por los dígitos que marcaban el aparato telefónico. Cuando sonó la octava campanada ya había comprobado por tres veces que ambos instrumentos marcaban la misma hora, sin diferencia alguna de segundo.


Ocho y un minuto. Ya llega tarde aunque sólo son sesenta segundos, pero ya pasa de la hora indicada. Seguía sin distinguir la aparición de persona alguna. Volvió a mirar el reloj. Dos minutos pasaban de la hora a la que le citó. Un coche se acerca, se detiene delante de él, lo conduce un hombre, le acompaña una chica joven, no consigue verla bien, pero es ella, el pelo largo y lleva una bufanda roja, el indicativo de que es la chica con quién ha quedado. El corazón comienza a tomar velocidad, a latir a un ritmo muy apresurado. Intenta tragar saliva pero su garganta está seca. Se abre el coche, la joven mujer se despide con un beso de su conductor. Suda, tiene las manos y la frente transpiradas; la chica es más baja de lo que él esperaba. Va a decirle su nombre, ella ni siquiera se da cuenta de él, solo comprueba el reloj y comienza andar con paso ligero hacia el interior del edificio.


El corazón vuelve, tímidamente, a su lugar.


Ocho y tres minutos. Ninguna silueta se percibe en los alrededores más próximos a él. Tres minutos, son sólo tres minutos de retraso. Comprueba el reloj de muñeca y después el nudo de la corbata roja, que ella le ha dicho que lleve puesta. El reloj digital marca las ocho y cuatro. Un corto paseo de diez pasos para intentar apaciguar el nerviosismo. Busca un ruido, un gesto, algo que le diga que alguien se aproxima pero nada, ni por la derecha ni por la izquierda. La plaza está ocupada por la fría soledad de una noche invernal.


Piensa si es el sitio que ella le había dicho. Relee el SMS le había enviado esa mañana: “a las ocho frente a la Estación Central”.


Ocho y cinco minutos. Cinco minutos puede considerarse como un retraso bastante considerable. El dígito cambia a seis mientras mira el aparato. Un ruido, un ruido conocido suena dentro de su nerviosismo, proviene del teléfono móvil. Número desconocido. Sí, ¿dígame?


Un intenso escalofrío había recorrido su cuerpo cuando apretó el botón de finalizar la corta llamada.


© Miguel Urda

4/01/2011

Tengo una duda -2ª parte-


Siento admiración por la familia del 2º H, aunque no la conozca en persona he podido comprobar que son grandes ciudadanos. Son participes de la asociación “Sonrisas para la alegría” y cada dos meses reciben una carta manuscrita de los ocho niños que tienen apadrinados en el tercer mundo. Pagan religiosamente su cuota al Partido Popular cada dos meses; tienen contratado un Plan de pensiones y un seguro de decesos para cada miembro de la familia.

El vecino del 3º D fue quien más asombró me ha provocado. Si la comunidad de propietarios se enterase el porqué de la ausencia de palomas y gatos pondría el grito en el cielo y en los Juzgados. Tenemos a un disecador de animales viviendo con nosotros. Aunque debo de reconocer que es un oficio interesantísimo. La cantidad de productos que hay para dar más realce a los animales muertos, y el mercado de compra-venta de animalitos son impresionantes. Mi vecino está muy reconocido en EBay. Tiene varias estrellas que le otorgan mucha credibilidad, aunque a mí no me gustó mucho la gaviota que le compré. Tuve que deshacerme enseguida de ella porque Lupita la gruñía constantemente.

Qué yo no pase tantos apuros económicos con mi pensión se lo debo al niñato de los pelos largos del sexto A, del quinto portal. Menudo economista está hecho. Es un bróker corrupto de la bolsa total. Siguiendo las instrucciones de la revista “Economía para los negados”, a la que está suscrito, me he abierto una cuenta corriente en el Money Swiss Bank de Ginebra a la que destino la plusvalía de los fondos de inversión que compre al vender la acciones de la Compañia Alta velocidad submarina días antes de desplomarse.


Pero lo que hace que vaya con ilusión a robar la correspondencia es el vecino del 5º B. Utiliza los anuncios de clasificados de las revistas de contactos. Hace seis meses que le escribió una Alta Funcionaria del Cuerpo Diplomático de Senegal. Aquí estuve muy tentado de devolver la carta pues me parecía una intromisión al honor en grado máximo, pero me pudo la curiosidad. Le escribí yo, haciéndome pasar por mi vecino. Me fue muy difícil interceptar la contestación a la respuesta de mi carta. En ella me decía que mi carta la había enamorado, que pasaba noches enteras saboreando mi prosa; le conteste que yo también había sucumbido a su forma de expresar los sentimientos. Casi que sé que se fue al traste mi travesura pues me dijo que pensaba venir unos días y quería verme, yo le dije que sí aunque no sabía cómo hacer cuando llegase el momento concreto pero debido a unas benditas fiebres tropicales tuvo que suspender el viaje. Estar atento a su carta me era muy complicado pues el sobre es muy pequeño y tenía que estar trasteando en el buzón con el peligro de que me pudiesen coger a pesar que adiestré a Lupita para que me ladrase si venía alguien, por lo que decidí contarle a mi amada que dado que esperaba una visita suya lo mejor era mudarme de casa a una más grande para que estar más cómodos en este amor epistolar cuando se hiciese real, así conseguí que las cartas llegasen a mi buzón.

Lo que nunca pude imaginar es que la cosa llegase tan lejos y ya tengamos puesta la fecha para la boda, aunque tengo una duda: ¿debo de invitar a mi vecino del 5º B al enlace?

© Miguel Urda

3/27/2011

Tengo una duda -1ª parte-


Tengo como hobbie robar la correspondencia de mis vecinos. Los lunes les toca los inquilino del 1º F y 4º A del portal uno; el agraciado del miércoles es el vecino que vive en el portal tres en concreto en el 2º H; los viernes le toca al portal que está un poco más apartado, es decir, el número cinco y los afortunados vecinos a los que las correspondencia no le llegan son los que habitan en el 5º B y 6º A. Los sábados lo tengo algo más complicado porque el inútil del cartero solo trae cartas certificadas o urgentes. Aun así hago una ronda por si acaso.

Estaba cansado de que llegasen a mi buzón sobres a nombre de un tal MARCELO ISMAEL DE DIOS BENDITO. Eran tres o cuatro cartas las cartas equivocadas que recibía a la semana. ¿El idiota del cartero no sabía leer? Bien clarito en mi buzón y en letras mayúsculas ponía Don JAVIER PEREZ DEL ALBA. Además si hubiese sido un poco observador se habría dado cuenta de que a mí solo me llegaba correspondencia de “Del club de los Combatientes en la Guerra Civil”, del Arzobispado de Sevilla y de la Caja de Ahorros.

Un día, monté en cólera al encontrar una carta mía en el suelo del portal y que no había tenido cabida en mi buzón al estar ocupado por un sobre color amarillo, tamaño folio y muy abultado en grosor. Cuando leí el destinatario mi enfado subió más alto que mi colesterol.

Cuando tomaba mi infusión digestiva y relajante después de comer observé que me había traído el sobre que no me pertenecía. Al cogerlo de nuevo me extraño su peso. No tenía remitente solo destinatario. Y llevado por el recuerdo de la ira que provocó esa mañana en mí, decidí abrirlo. Eran casi cincuenta folios de un color amarillo sepia. Era la primera entrega de un curso de correspondencia sobre nudos marineros. Nunca me había interesado el tema pero al ojearlo me resulto curioso.

Como una acción repetitiva del hecho anterior volvió a sucederme lo mismo dos días después. Sobresaliendo en mi buzón me encontré otro sobre amarillo. Mismo destinatario, mismo grosor. Segunda entrega de dicho cursillo.

En la tarde de ese mismo día, al regresar de dar un paseo con Lupita me llamo la atención que en uno de los buzones de mi portal sobresaliese una esquina de un sobre. Como un gesto decidido lo agarre y metí debajo de mi abrigo. Debo confesar que fue acto un malévolo, pero el cartero había tenido la culpa de provocar un desequilibrio en mi vida.

Esa primera y pequeña travesura provocó una continuidad delictiva, y por la mañana deseaba impaciente que se acercase la hora donde escuchase el sonido carrasposo de la moto del cartero. Fue cuestión de meses y paciencia saber que correspondencia debía venir a mis manos.

Entonces Lupita y yo comenzábamos nuestra ronda. Gracias a la empresa pirata del primero F me adentré al mundo de la informática: Emule, Hotmail,... carecen de secretos para mí. Pude craquear la play Statión y la Wii gracias al suplemento de la revista lo que oculta la informática y que sé me olvido devolvérselos; he conseguido saber la manera de conseguir poli tonos gratis y poder instalarlos en mi móvil táctil de última generación que cayó en mis manos cuando completé los cupones regalos de puntos de los catálogos que nunca llegaron a su destinatario.

Los vecinos del cuarto A es un poco guarrilla pero gracias a sus folletos he vuelto a revivir momentos que ya tenía olvidados. Si mi difunta Angustias se hubiese enterado que hoy en día hay braguitas comestibles, volvería a morirse del susto; o que los preservativos, cosa que mi esposa y yo jamás usamos, tienen sabores, y muy bien conseguido, sobre todo el de chocolate. O que hay velas que imitan a los órganos reproductores masculinos. Muchas veces se lo reprocho: Angustias, te fuisteis tan pronto y sin saber tantas cosas del mundo que despreciabas.


CONTINUARÁ



© Miguel Urda