La autora francesa Delphine De Vigan extiende todas las cartas de la vida, en algo más de ciento cincuenta páginas que abarca Las gratitudes, para que tengas que posicionarte desde el inicio de la novela, porque en la vida no hay un ganador, sino que todos somos perdedores, dado que es ella quien maneja la partida y, en todo caso, solo hay que agradecer haber pasado por sus dominios.
A través de tres personajes —Michka (anciana), Marie (joven y vecina) y Jerome (logopeda)— asistimos a un diálogo generacional y un juego de espejos sociales reflejados en una gratitud recíproca cuando el cuidador es cuidado por alguien que cuidó. La escritora inserta de forma directa el gran interrogante que provoca la vejez. ¿Cuándo te das cuenta de que uno es viejo? ¿Cómo lo aceptamos? ¿Cómo lo acepta la sociedad? Porque está claro que a la vejez se llega –o llegaremos–, pero la cuestión es, en qué momento seremos conscientes de ello. Y llegados a este es el punto de inflexión:el aceptar que ya eres un anciano y, si estamos preparados para ello o no, pues una cosa es evidente e indiscutible desde el momento que se es consciente: todo el camino restante es hacia el final.
La anciana Micka, nos muestra cómo una persona que siempre se valió por sí misma, con un trabajo significativo y autónomo, debe comenzar a valerse con ayuda de los demás, dejando patente una incomodidad en el lector, porque toca temas por los cuales la sociedad de occidente –en oriente tienen otra forma de ver a nuestros ascendientes– intenta colocar un telón (tupido o no, según el punto de vista con que se miren) sobre la mal llamada "tercera edad". ¿A partir de qué edad se forma parte de dicho segmento social? ¿Cuándo ya no puede valerte por uno mismo? ¿Cuándo ya no eres útil para trabajar? (Aquí puede haber mucha discrepancia, pues la sociedad cada vez requiere de gente más joven para trabajar y, a los cincuenta años, ya no se te considera apto para desempeñar un puesto de trabajo en una empresa). Una de las cuestiones que sostiene a la novela es la forma con que trata la decrepitud del ser humano, pasando por temas como la soledad, el abandono, el trato del adulto hacia la persona que ya no es dueña de sí misma, la pérdida de facultades o incluso la cuestión de si el "anciano" es solo un número o una carga que no provoca ninguna rentabilidad para la sociedad.
La novela no engaña en su desarrollo y deja algunas aristas para que el lector piense y extraiga sus conclusiones, pues existe una especie de tabú al hablar sobre la ancianidad; siempre pensamos que nos queda lejos (es algo que les pasa a los demás), y más en una sociedad que prima el culto al cuerpo con el fin de alargar lo máximo posible la llegada de un final. Las gratitudes nos muestra que no se necesita mucha prosa para evidenciar la realidad, y más cuando no queremos verla, pero que está ahí. No sientes rechazo a lo que está contando, quizás asombro, pero porque el lector sabe que los hechos que narra pueden tocarle a uno, ya sea en primera, en segunda o en tercera persona. Guste más o guste menos, nadie escapa del final de la vida, aunque sea en una fantástica narración como es Las gratitudes.
© Miguel Urda Ruiz
Texto y fotografía
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