Campesinos y señores, publicada originalmente en 1973, forma parte de una trilogía, junto a El arado y la espada (1975) y Una paz cruel (1977), publicadas todas ellas en España por la editorial Galaxia Gutenberg, aunque también pueden ser leídas de forma independiente. Y en este caso ha sido traducida del sueco por Carmen Montes Cano y Eva Gamundi Alcaide.
Leer a Kallifatides es leer la verdad, solo que a veces se nos olvida que escuece bastante y no podemos mirar hacia otro lado, porque uno de los rasgos de su maestría narrativa es la facilidad con la que te narra los hechos sin darte cuenta y sin defraudar, porque uno es consciente de que lo que cuenta es verdad, y como el ser humano es capaz de cometer barbaridades por capricho, antojo o simplemente porque sí. La primera cuestión que me surge nada más adentrarme en la novela de Theodor Kallifatides Campesinos y señores es: ¿y tiene algo de bueno una "guerra"? La respuesta no hace falta darla, pues incluso hasta en el bando de vencedores existe dolor. Pero a través de sus páginas –de esta novela y de su obra en general– el autor griego deja patente que la guerra tiene su inicio mucho antes del momento de explosión o de ser declarada oficialmente y que hay un dolor compartido, aunque no equitativo.
La novela, dividida en tres partes, toma como punto de partida 1941, el momento del avance de los fascismos y la llegada de los alemanes al pueblo, aunque hayan sufrido ya en sus carnes los avatares de Mussolini, pero la crudeza de los alemanes será aún más dura, radical y extremista. Kallifatides deja la contienda de fondo y se centra en la confrontación entre el fuerte y el débil de una sociedad pequeña, donde cada día tienen que cruzarse en la plaza del pueblo, en el café o en la iglesia y pervive un rencor no sanado. Todos los habitantes tienen la misma finalidad: sobrevivir, porque emplear la palabra vivir para el pueblo griego sería pedir demasiado. El escritor griego nos adentra en el pueblo Yalós –que significa playa, aunque está alejado de ella– al sur del Peloponeso, para diseccionar la sociedad y para dar así un entendimiento –si es que se puede– a la guerra. Yalós es el ejemplo de todo lo que se vivió en la Segunda Guerra Mundial y de todas las penurias que el pueblo griego lleva padeciendo, a pesar de ser el que instauró la primera democracia. Entre sus páginas pone de manifiesto que en una guerra no solo hay dos bandos: el bueno y el malo, sino que está la guerra social interna de cada pueblo, donde las cicatrices nunca terminan de curar/sanar y solo basta una chispa mínima para prender las ascuas del rencor. A través del microcosmos del pueblo nos deja ver la vida el maestro socialista, el cura heterodoxo, el panadero, el carnicero, los campesinos, el tonto del pueblo, etc., y que a su vez reflejan el miedo, el hambre, las supersticiones, la resistencia o aceptación a la guerra. Y Kallifatides manifiesta el dolor del pueblo griego a través de sus heridas, por no saber aceptar el pasado, sino dejarse llevar. Y a veces una guerra es lo mejor que puede pasar. Grecia era ya un infierno de por sí. Sus rencillas, sus heridas del pasado, su apatía por el presente. Son aberturas que el enemigo sabe aprovechar para introducirse en las venas de una sociedad infectada.
La narrativa del escritor griego es suave, tierna y con una pátina de humor, pero que no la desvía de los hechos que está narrando. Consigue una voz neutral para contar el dolor de los trabajadores, de los campesinos y sobre todo de las mujeres: madres, abuelas, hijas que son el epígono donde la crueldad se ensaña. Leer a Kallifatides es una apuesta segura. El lector sabe que lo que narra es verdad, que no hay distorsión en los hechos; en todo caso, una leve atenuación para evitar sufrimiento al lector, porque sabe bien todo lo que conllevan las guerras.
© Miguel Urda Ruiz
Texto y fotografía