3/11/2025

Amsterdam, Ian McEwan: una moral social bajo el acorde de una sinfonía




La historia lo sostiene desde tiempos inmemoriales: en público las virtudes y en privado los vicios. Sin entrar a destripar el argumento, es la línea en que Ian McEwan (www.ianmcewan.com) desarrolla en Amsterdam (sin tilde por ser nombre extranjero en este caso) y que cuestiona los principios morales de la sociedad británica, aunque es perfectamente traspolable a cualquier otra. 

Una novela que comienza en alto, con el funeral de Molly Lane (¿un guiño a Joyce?, ¿intertextualidad?), una mujer de costumbres amorosas atípicas y los cuatro hombres más importantes de su vida allí presentes, aunque la historia toma a dos como epicentro de la narración. Un director de periódico y un compositor de música, ambos en un momento de decrepitud de sus vidas. A raíz de esa situación asistimos a una serie de hechos que refleja la idiosincrasia del ser humano y lo despoja de cualquier atisbo innecesario para hacer ver que está compuesto y se nutre de sus propias miserias. 

En la novela abundan los acontecimientos que te arrojan a un vacío como lector, facilitando su lectura, pero que carecen de emoción. Asistes a ellos, aunque no te impregnas o implicas, bien porque al estar narrada en tercera persona no provoca un acercamiento o que te decantes por ningún personaje. McEwan nos muestra que la sociedad británica del último tercio del siglo XX está corroída, corrupta y enferma, pero a su vez deja patente que no es algo nuevo, pues está sostenida por esos pilares. 

Sin embargo, bajo la narración subyace la cuestión sobre el grosor de la línea que traspasa la moralidad del ámbito privado al público e incluso si existe, y cuál es su definición. Desde que se publicó el libro, en 1998, la sociedad ha cambiado muy deprisa, y el nacimiento de las redes sociales estaba muy próximo, son empresas que pugnan por hacer público lo que siempre ha sido de puertas para adentro y dónde todo vale por incrementar el número de seguidores. 

La excusa de un funeral, momento muy bien logrado para constelar toda la trama donde los hechos de los personajes inciten al lector a juzgarlos o no: la amistad, el político, el dinero, la credibilidad de un medio de prensa, así como la muerte y la finalidad que esto conlleva. Nada es aleatorio. Todo está perfectamente encajado en la novela, incluso el título que parece estar de adorno no es como aparenta. Ahí radica el quid del buen escritor. Que el lector sepa encajar todas las piezas al final de la narración. 

Para mí queda una duda: ¿cómo sería la novela hoy en día con las redes sociales de por medio?

© Miguel Urda Ruiz

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3/05/2025

Hannah Arendt y el siglo XX, Dorlis Blume (eds.): la rebeldía de pensar




Hannah Arendt y el siglo XX es el catálogo que se publicó en el año 2022 a raíz de la exposición en el Deutsches Historisches Museum (DHM) de Berlín sobre la autora y dicho siglo. En España la ha publicado Paidós, en la edición de Dorlis Blume, Monika Bool y Raphael Gross, conjuntamente. Es una obra que nos permite acercarnos a una de las filósofas que más ha profundizado en el ser humano a través de diecinueve artículos escritos por autores de diversas índoles en diferentes aspectos sociales, pero destacados dentro de su ámbito profesional o cultural y que, sin ser una biografía, establece una semblanza homogénea de su vida y los hechos que impregnaron y configuraron su forma de pensar. El libro se complementa con una serie de fotografías que nos acercan a su esfera privada y que están fuera de las imágenes más conocidas de la autora, siendo publicadas por primera vez en esta edición. 

El prólogo comienza con una afirmación que convierte al lector en depositario de un interrogante pasivo: ¿podría entenderse el siglo XX sin los postulados y conceptos que definió Hannah Arendt? Cada lector sacará su propia conclusión, eso está claro y además es necesario, pero una cosa es notoria: sin las formulaciones de la escritora estadounidense (consiguió la nacionalidad en 1951), el siglo XX estaría carente de dos conceptos fundamentales, como son ”la banalidad del mal" y "la dominación total o totalitarismos". 

El libro-catálogo nos aparta, pero a su vez también nos acerca, a los temas que vertebraron su obra, como puede ser Eichmann o la condición humana, aunque no entra a cuestionar dichas opiniones, sino que muestra la capacidad de elaborar el pensamiento y de analizar términos y hechos políticos, así como históricos, donde la filósofa manifestó su opinión: la bomba atómica, segregación racial en Estados Unidos, el feminismo, el movimiento estudiantil, el sionismo, la amistad, la situación de los refugiados, el antisemitismo, los totalitarismos, la identidad judía… 

Cada autor, de forma amena, habla sobre un aspecto de la vida de Hannah Arendt, ya sea a nivel profesional o privado, aunque salvaguardando esa parcela de privacidad para no caer en una literatura superficial. En todo ello, con premeditación o no, subyace la figura de "la mujer”; ya que fue una mujer y “judía” que vivió en primera persona la Alemania nazi, así como el sentir del emigrante y la que marcó la pauta sociológica y/o antropológica sobre la condición del individuo desde los albores de la humanidad, y lo que ha movido al hombre desde los primeros hechos datados hasta la actualidad es la contienda. 

Las conclusiones que saco de esta lectura son que las heridas sociales de la guerra no cicatrizan, solo intentan camuflarse con tiempo. El siglo XX repite y calca hechos y que, en efecto, Hannah Arendt es un pilar fundamental del pensamiento de la centuria pasada; sin ella estaría huérfano.

© Miguel Urda Ruiz

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2/28/2025

La mala costumbre, Alana S. Portero: en la ficha equivocada de una sociedad

 




Hay veces que, sin ser consciente de ello, sabes que eres la ficha diferente del puzzle o que no perteneces a él, pero la sociedad te incita a que sí, a que debes encajar. Y esto es lo que deja patente la primera novela de Alana S. Portero, La mala costumbre,que ha llegado para poner un listón muy aceptable en la narrativa actual española y donde se atisban signos de ser una escritora a tener en cuenta.

Narrada en primera persona, nos muestra la vida de una adolescente atrapada en un cuerpo que no es el suyo. La protagonista es la hija de un matrimonio de clase obrera que vive en San Blas, barrio del extrarradio de Madrid (construido en los años del franquismo con el fin de alojar a trabajadores), y que al llegar a la adolescencia descubre que no es como los demás chicos del vecindario. La escritora madrileña nos hace partícipes de una vida para intentar comprender el sentimiento de ser diferente cuando no sabes por qué y estás en las puertas del ser maduro que desemboca tras la adolescencia. Etapa de preguntas y conflictos, pero donde descubres —o tanteas saber— quién eres.

En la novela no hay un héroe, sino que todos los protagonistas son héroes al intentar vivir en una sociedad construida solo para un estamento concreto como son los fuertes. Portero nos muestra dos tipos de convivencia: la que surge o habita en el vecindario, donde el vecino, en un momento de necesidad, es tu mayor aliado y cómplice, aunque todos conocen —o creen conocer— la vida de todos; y el Madrid central (Chueca) de los años noventa, donde los yuppies, la heroína, las divas de la noche —y no tan noche—, cuerpos que tampoco se encuentran en sus cuerpos hacen ver que la diferencia de género no es tan diferente, solo que no está ubicada en el sitio correcto. La novela provoca un giro a Valle-Inclán y sus personajes variopintos siguen vigentes solo que calcados y actualizados a raíz de los cambios que han surgido en una sociedad donde todo parece que es diferente, pero el poso de la supervivencia permanece intacto. Cada uno tiene luces, sombras y la ciudad destila un aire bohemio camuflado bajo el intento de sobrevivir, aunque Madrid no es un personaje que intervenga, solo permanece impertérrito ante los acontecimientos. Los actores llegan, actúan y dejan paso a otro.

A pesar de estar muy bien construida, el final se intuye desde las primeras páginas. ¿Qué sería del héroe si no tiene un retorno? Pero la autora lo hace de forma coherente y sensata al relato. No hay engranajes sueltos que llamen la atención, sino todo lo contrario. Entran ganas de pedir una segunda parte o un axioma de la novela para entrar en la vida de Eugenia, de Paula, de Antonio el camarero o incluso de Margarita, fiel reflejo de la protagonista. Pero queda claro que, según la ley del tiempo, una vida debe irse para que otra ocupe su puesto.


© Miguel Urda Ruiz

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2/22/2025

Crimen y castigo, F. Dostioievski: El crimen de un castigo o un castigo para un crimen en la sociedad

 




Un joven de veintitrés años visita a una vieja prestamista de dinero cuyos intereses de devolución son bastante elevados. A partir de ese momento, la cabeza del protagonista, Raskólnikov, comienza a planificar cómo matarla. En tres líneas, este es el resumen de la novela Crimen y castigo, novela que supone el epicentro de un "género" clasificado como "psicológica".

Escrita de un modo rápido, ya que a Dostoievski le apremiaban las deudas, causadas por su afición al juego y narrada en tercera persona, nos muestra a Raskólnikov, un personaje atormentado, aunque no se arrepiente de haber cometido un crimen, sino todo lo contrario, está convencido de que ha hecho un bien para la sociedad. Extirpar un mal para cuestionar al lector si el asesino es una persona mala o acaso es un deshecho del colectivo. La avaricia, ¿cómo debe interpretarse dentro de la sociedad? Sin embargo, Raskólnikov no comete un crimen, sino dos, pero a su vez es un personaje pobre, que no roba por afán de lucro. Siempre está corto de dinero; incluso cuando solo tiene unas pocas monedas en su raído bolsillo, paga un funeral al ver la pobreza de la familia y que no son capaces de poder pagarlo. Lo que se traduce en una dicotomía para mostrar que la sociedad no es perfecta, tiene grietas, socavones y en todos ellos hay personas que se manejan al margen y consiguen un beneficio. ¿Cómo es la persona que intenta eliminar la fricción de una sociedad, teniendo en cuenta que es ella quien establece qué es lo bueno y lo malo, lo que debemos hacer y no hacer? La conciencia vertebra toda la novela, a nivel individual y a nivel colectivo.

El escritor ruso es un verdadero maestro del artífice narrativo para elaborar la trama, hilvanar personajes, acción, suspense, etc. y conseguir que en ningún momento decaiga el interés y cada pieza, cada capítulo, cada parte esté perfectamente integrado con lo que le precede o antecede –aunque con algún error nominal–, cuando hoy en día se escribe apoyados en programas informáticos de texto o incluso los hay creados especialmente que dicen al escritor cuándo debe integrar una acción, un diálogo, cambiar de capítulo y demás estrategias. Escribir una novela de más de seiscientas páginas recurriendo a la mente y a papeles manuscritos únicamente deja en evidencia la grandeza del escritor, aunque Dostoievski es un autor que no tuvo reconocimiento en su época; fue Mijtail Bajtin, quién lo leyó le otorgó su mérito y colocó en la historia de la literatura.

¿Cómo se ve la novela cuando estamos acabando el primer tercio del siglo XXI? Es una novela por la que el paso del tiempo no ha mermado la calidad. Bien es cierto que hoy en día se lee diferente a hace ciento cincuenta años y la tecnología nos ha proporcionado unos recursos visuales que no hace falta que las descripciones sean tan detalladas y minuciosas, pero ha envejecido mejor que otras novelas rusas, como por ejemplo Anna Karenina.

Publicada por Alba Clásica Maior, y traducida del ruso por Fernando Otero Macías, adentrarse en sus páginas es una inversión a corto, medio y largo plazo para el alma con rentabilidad asegurada.

© Miguel Urda

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2/16/2025

Primero estaba el mar, Tomás González: al estertor de un mágico realismo


Puede parecer que lo es, pero no lo es y lo descubres cuando entras en la historia y vas atando cabos conforme avanzas en la lectura. Primero estaba el mar; tiene una sintonía propia, aunque la fecha de publicación en 1983 y forma de mostrar los hechos, nos lleva directamente a mirar a Santiago Nasar y su anunciada muerte. Pero el escritor Tomás González tiene su propia idiosincrasia y recurre a la cosmología Kogui para dejar patente que lo primero de todo, antes que la luz, incluso estaba el mar y después llegó el resto de la naturaleza, incluyendo al hombre.

Un matrimonio joven formado por J. Y Elena, marcha de Medellín a una isla (¿paraíso?), con una máquina de coser y una maleta llena de libros como equipaje, para adentrarse en un futuro incierto, pero ilusionados al dejar atrás una vida bohemia que desprende un halo de desencanto.

Una inicial y un nombre propio. Es lo primero que llama la atención de los personajes: ¿por qué el protagonista masculino no tiene nombre y Elena sí? El guiño a la mitología está claro, solo que ella no esperó al héroe. Sin embargo, la historia que lo impregna es el cuento de la lechera, pero eso mismo hace al protagonista valiente: arriesga a pesar de que el lector sepa que no va a conseguir lo que se propone. González va construyendo los capítulos con los hilvanes necesarios y justos para que el lector equilibre la historia y saque sus propias conclusiones.

La narración, que a pesar de su dureza, no defrauda en ningún momento y sus capítulos cortos nos hacen ver que la vida es como una novela o viceversa, donde todo se cuenta en intervalos de imágenes. Una historia intensa, igual que la atmósfera donde viven los protagonistas. Ingredientes o recursos de un realismo: la madera, la vegetación, el mar, la crueldad, la muerte... que construyen el marco narrativo para dejar patente que el hombre está de paso por la tierra, o si me lo permiten, en el mar, que estaba antes. Lleno de dicotomías: débil/fuerte, rico/pobre, señor/siervo... Es la máquina de coser quien da sentido a la historia al intentar reconstruir lo que ya no tiene arreglo por muchas puntadas que se den. La vida no se puede cambiar. Es posible que lo diga la cosmología Kogui, o quizás no haga falta adentrarse en ella para saber que el destino es un aliado del mar; el resto no cuenta, solo son los protagonistas de la historia, pero quien mueve la historia no es otro que el mar. 

Hay que tener más en cuenta a Tomás González o lo que es lo mismo, leerlo más.

© Miguel Urda

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2/10/2025

Ru, Kim Thúy: la vida, no siempre es vivir




Hay veces, no demasiadas, que la crítica literaria tiene razón, como es en este caso. Ru, una única palabra para narrar la vida de Ann Tῑnh en el exilio que debe de emprender a raíz de la Guerra de Vietnam. El significado del título de la novela en vietnamita se traduce como "flujo – de sangre, de dinero–", mientras que en francés es "arroyuelo", término apropiado en ambos idiomas para establecer el epicentro de la vida de la protagonista.

Es una novela que pasa disimulada por los anaqueles de las librerías y bibliotecas; solo el boca a boca ha provocado un efecto contagioso. Escrita, casi, a modo secuencial bajo una narración simple (cuando hay calidad se nota), pero con una prosa rozando los límites de la poesía, muestra los hechos que llevan implícitos una guerra y lo que el ser humano padece por intentar vivir. Presente y pasado conjugados narrativamente a la perfección. La guerra, la pérdida de los valores tradicionales, los hijos, el futuro, el consumismo, el amor (por la pareja, por la patria, por los hijos) están engarzados en la novela de tal forma que no es consciente de lo que está leyendo porque necesita terminar la historia. En una guerra da igual si eres partícipe, estás a favor o en contra e incluso es muy difícil distinguir y esclarecer quiénes son los perdedores o los ganadores, si es que en realidad los hay, pues habría que clarificar el bando de cada uno y lo que representa. El exilio siempre supone comenzar desde cero, tengas la edad que tengas y la cultura que tengas. La autora coloca a su protagonista en la zona francófona de Canadá, al igual que hizo ella, aunque no queda claro si la novela es autobiográfica o no, pero a buen entendedor/lector pocas palabras más que decir.

La verdad, casi siempre, duele. Ser consciente de que lo que cuenta ha pasado, de que el ser humano es caprichoso, cruel y miserable cuando sus miras son unos intereses propios, lo sabe el lector. Conocer que los hechos que cuenta Kim Thúy son verdad, —sean biográficos o no es otra cosa—, pero la guerra la crea el hombre, sin tener en cuenta sus consecuencias. El pueblo vietnamita sabe lo que es padecer la guerra que marcó un antes y un después en Estados Unidos como país perdedor, pero, aunque ganes una guerra, siempre hay perdedores dentro de ella. Sobre todo, cuando el exilio te hace pagar una factura con la pérdida obligada de tus raíces y te provoca la duda de si debes volver o es conveniente volver al sitio que una vez perteneciste, pero solo te queda el nombre familiar. El progreso avanza a la misma velocidad que la guerra. Sin mirar las consecuencias y sin preguntar.

Conocer a la escritora Kim Thúy supone conocer la verdad en manos de sus protagonistas. Oriente no es solo Japón o China. Hay una literatura (Viternamita, Coreana, por ejemplo), buena narrativa, que viene con intenciones de quedarse y mostrar su forma de ver la vida o, lo que es lo mismo, de vivir la vida.

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© Miguel Urda

2/04/2025

Vengo de ese miedo, Miguel Ángel Oeste: cuando el dolor es verdadero






Comenzar una narración en alto y mantener el ritmo durante una novela no es fácil. Tienes que tener muy buena destreza con la prosa y sobre todo con el argumento. El autor malagueño lo consigue en un principio al iniciar la historia con la noticia de la muerte de la madre del protagonista justo cuando iba a tomar un vuelo. Lo que detalla a continuación es la disección, sin prolegómenos, de una familia a la que le viene grande tal denominación. Porque no todos los individuos valen para el matrimonio, ni para ser padre/ madre, o para amar.

A través de la autoficción —¿Cuánto hay suyo en esta historia?— plasma la desestructuración de una familia de clase media y la violencia doméstica en los años ochenta. Dos engranajes que van unidos, pero sin saber cuál va primero o qué desencadena lo siguiente. 

Vivir de rodeados de sexo, drogas y alcohol, además con la distinción de que el mayor se lleva todos los palos mientras que el pequeño por alguna razón que se nos escapa recibe más benevolencia por la parte del progenitor, y siempre bajo el cobijo de la "abuela" que "paciente" todo lo ve y todo lo "acepta" aunque a su generación no se le permitió quejarse o expresar sus sentimientos. Y si la infancia es el pilar que define la madurez del individuo, cómo será la persona adulta que ha crecido rodeado de todo ello. Miguel Ángel lo muestra al hacer ver como el presente de su personaje está plagado de los miedos forjados en el ayer e intenta que no revierta en la familia que ha construido o las personas que tiene a su alrededor. Aunque hoy en día hemos avanzado en cuestiones de violencia (doméstica, de géneros…) En la época de los albores de la democracia la sociedad era otra y todavía se miraba a otro lado. En un bloque de vecinos todo se sabe, o por lo menos se intuye lo que pasa cuando los gritos, los golpes y las visitas de la policía son habituales. Y ahí radica la cuestión de la novela, te hace partícipe de algo que el lector sabe que existe y que quién más o quién menos conoce algún caso cercano, familia o conocido próximo, y el silencio y hermetismo con que se rodea todo. 

Al dolor uno se acostumbra o se habitúa, lo acepta como tal, pues, es lo que ha tocado vivir. La primera pregunta que surge en torno a la historia es por qué no tomó otro camino cuando tuvo la mayoría de edad o porqué siguió viviendo en la misma ciudad o barrio que abastecen el infierno de su cotidianidad. Desprenderse del pasado no es fácil y más cuando las heridas supuran al saber que tu progenitor está cerca y merodea en tus mismos lindes, lo cual muestra que la cobardía siempre está al acecho y puede asomar por la puerta. Sin embargo, llega un momento donde la narración parece estereotipada: los malos son los padres que crean el infierno y los hijos tienen que aprender a salir de él. Una prosa que requiere una depuración para centrarse en el verdadero asunto y narrarlo de forma más continúa sin tantos saltos de página con la finalidad de aumentar el grosor de la novela. Pero también se puede sentir cierto rechazo hacia ese protagonista o narrador en primera persona que nos hace creernos cada una de las palabras que escribe porque no existe el temor de que tenga un punto de vista diferente. La verdad es única cuando solo hay una versión.

El miedo está en el presente y en el pasado de cada vida o de cada ser humano. Es algo innato, y a veces hasta necesario para superarlo.


© Miguel Urda Ruiz

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1/29/2025

La vegetariana, Han Kang: las consecuencias de un aleteo




La autora coreana, Han Kang, ha sido galardonada con el último Premio Nobel y ya se sabe que la Academia no da puntada (premio) sin hilo. Su decisión ha llenado horas en los medios de comunicación y se han escrito cantidades ingentes opiniones sobre ello, pero solo hay que leerla para saber el tino del galardón. Con muy pocos títulos publicados, la escritora coreana refleja una prosa que deja patente la visión de la mujer en Corea del Sur y cómo la tradición pierde valores a favor de la occidentalización, permitiendo realizar preguntas sobre la forma de ser del individuo.

Hay una teoría naturalista que dice que el aleteo de una mariposa se resiente en su polo contrario y es lo que ocurre con La vegetariana al tomar una decisión. A raíz de que la protagonista de la novela, Yeonghye, decide hacerse vegetariana, asistimos desde tres puntos de vista a las repercusiones que provoca su decisión en su mundo más próximo. Esa es la base en la que se construye la novela ¿quién está capacitado para decidir respecto a otra persona? O ¿por qué no se respeta? El ser humano es egoísta y toma decisiones sobre lo que mejor le puede venir a él cuando es un elemento tangencial y no el quid de la cuestión. 

La narración comienza en alto. ¿Por qué molesta tanto que la protagonista se convierta en “vegetariana”? Es la idea que está en la cúspide de la historia, pero el trasfondo es muy jugoso. Temas como el patriarcado, la opresión de la mujer, el límite entre realidad y ficción, y el paso del tiempo están presentes. Todo lo que está a su alrededor sufre un cambio. Su marido, su cuñado y su hermana. Un trío de narradores que emanan como si fuesen ramas del tronco que es la protagonista al querer volver a la tierra y que ven sus vidas trastocadas. 

Y subyace varios interrogante ¿Por qué no se le permite seguir con lo que quiere ser?¿Padece una enfermedad la protagonista? La respuesta inicial podría ser por una cuestión de salud, pero no, los verdaderos veganos saben qué alimentos deben ingerir para tener todos los nutrientes en su cuerpo. La escritora coreana transmite un hilado de tramas sociales que están presentes y sobre todo que no aceptadas por su sociedad. Publicada en el año 2007, ha sido a raíz del premio cuando ha atraído en forma masiva al público. Su prosa es llana y cercana a cualquier lector, lo cual conlleva un doble mérito: entretener, por un lado, y sacar conclusiones sociales, por otro. 

© Miguel Urda Ruiz

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1/24/2025

Después del invierno, Guadalupe Nettel: el intento de vivir




Hay novelas que lees una vez y sabes que tienes que volver a leerlas. El porqué no lo tengo muy claro o, mejor dicho, no lo tengo. Es lo que me ha pasado con Guadalupe Nettel, autora que sigo desde su primer libro, que fue de relatos Los peces rojos. Leí, al poco, su publicación en el año 2014, Después del invierno, y la novela me dejó un sabor amargo-dulce que me impidió decir nada en su momento. Diez años después vuelvo a ella, pero sigo manteniendo la misma posición. Me provoca una sensación dulce, aunque hay algo amargo que no termino de dilucidar; sin embargo, prefiero quedarme con ello, pues sé que en algún momento dado (¿dentro de otros diez años?) volveré a leerla.

Es una historia reflejada a través de personajes inmigrantes que intentan buscar una solidez en sus vidas. Y cuando digo solidez, me refiero a que todos quieren construirla teniendo como eje una relación sólida. Claudio, Cecilia, Ruth y Tom son las esquinas de un cuadrado narrativo que están desgajados de la vida e intentan acoplarse a alguien para sobrevivir, porque hay veces, que sin ser conscientes de ello están –estamos– muertos en vida. Y el gusto o aficiones de los personajes por los cementerios que es el ápice que tapiza la narración para cubrir y mostrar sus necesidades, carencias y virtudes, así como de entrar en la intimidad del inmigrante, en la ciudad que le acoge y evidenciar que sus raíces no siempre están en la profundidad deseada.

Nettel maneja muy bien la técnica narrativa y sitúa la historia en cuatro puntos geográficos muy dispares. Cuba, México, París y la ciudad de New York, pero que tienen como epicentro poblacional al inmigrante, bien como país de acogida o como emisor. Este siempre llevará la losa de serlo por mucho que pase el tiempo y adopte las costumbres del lugar y sea admitido como tal. New York, donde reside el protagonista, es una ciudad construida a base de ellos y él se siente cómodo allí, y además ha conseguido algo que no está al alcance de todos los foráneos: comprar un apartamento. Con este juego geográfico los personajes se cruzan y dejan al descubierto la verdad de sus emociones. Cosa que a veces es dolorosa, al ver que la vida que tienes no es la que deseas. Por momentos tengo la sensación de que intenta jugar con el azar, pero no lo consigue. Los personajes están muy bien cogidos y, sin ser conscientes, ellos saben lo que quieren, lo que buscan o lo que desean, que en el fondo es una característica del ser humano y tan de moda hoy en las redes sociales, encontrar su propósito en la vida. 

Sin embargo, y esto me ha pasado con más autores hispanos en una narrativa reciente (Abad Falcone, María Gainza), tengo la sensación de que quieren mostrar que saben mucho y llenan sus novelas con datos y referencias estériles para el desarrollo de la historia. La escritora mexicana lo hace al citar a escritores y músicos, que no aportan nada al lector y que enmascara la cultura que posee, lo cual se traduce en el efecto contrario. 

Diez años desde su publicación y el tiempo ha pasado por la novela, o mejor dicho, la tecnología. Alude a emails, teléfono fijo —con su contestador—, mensajes de texto... Desde el 2014 a hoy (albores del 2025, cuando escribo estas líneas) la comunicación ha sufrido una transformación ingente, sin miras al pasado y el tiempo de espera, versus contra la inmediatez que impera en la actualidad. ¿Cómo sería esta novela sin tener que esperar la respuesta de un mensaje de texto o estar pendiente de una llamada en un teléfono de toda la vida? El tiempo otorgará su veredicto en su momento.

© Miguel Urda Ruiz

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1/18/2025

El mar, John Banville: un ápice de felicidad caducada







Un escritor para considerarse como tal debe reunir tres cualidades: que sepa narrar, que sepa contar y que sepa escribir (parece algo simple y esencial, pero no lo es). John Banville reúne las tres y lo refleja con total maestría o profesionalidad en la novela El mar.

Y la historia es simple, y definida en una frase: es la estancia de un hombre que acude a un lugar de verano en su adolescencia tras la muerte de su esposa. Esa mirada al pasado ya hace poner en alerta al lector, dado que es un sentimiento maleable, ya sea al antojo del escritor, del narrador o incluso de la persona que lee la historia. Novela está dividida en tres tiempos que reflejan las edades del hombre: infancia que muestra el descubrimiento del deseo, el inicio en el sexo y la muerte; una madurez que va unida a la enfermedad de su mujer, Anna y una tercera parte híbrida donde intenta escribir sobre ambos momentos, pero descubre que están unidos por una traza invisible la cual no puede obviar. Que el personaje que vertebra la novela sea un marchante de arte, Max Morden, da sentido a que la historia se vaya construyendo como si fuese un cuadro, detalle a detalle, pero con total maestría para que el lector vaya integrando su parte correspondiente y le dé su propia cohesión. Así como su conocimiento de Joyce a través de la forma de construir los diálogos. 

El mar, en el sentido concreto o abstracto, acoge una inmensidad de agua y de extensión que da cabida a todo tipo de personajes, (románticos, suicidas,...), pero que en este caso nos remiten a una búsqueda de la felicidad, o pensar que hubo un tiempo en el que se fue feliz. Porque la soledad está presente en la obra de Banville, y no la termine de aceptar el protagonista, dado que es forzada, este intenta rescatar la felicidad del ayer. Pero no hay que pensar que es una novela triste, sino todo lo contrario: es feliz porque ha tenido una vida donde ha amado. El autor irlandés necesita que su lector no pase de puntillas por la novela, quiere que el poso de la narración quedé en él y la perciba como el mar con sus tonalidades diferentes según la hora o el momento del día. La vida, la muerte, la soledad, la felicidad —impostada o creada—,los colores... Tienen cabida en esta novela y provoca que el lector lea cada frase con detenimiento. Nada es arbitrario. Los grandes narradores saben que su oficio es hilar bien toda la narración. El mar, ya sea metafóricamente o no, es un tejido de sensibilidad exhibido por la narrativa de un verdadero artesano del oficio. 

Solo puedo añadir una palabra más: sublime.

© Miguel Urda Ruiz

Texto y Fotografía