2/01/2026

El accidente, Blanca Lacasa: al ritmo que la sociedad requiere




Hay veces que no son necesarias muchas páginas para notar el desenfreno narrativo y aceptar que te lleva al vacío. Hoy en día la sociedad tiene prisa, no se sabe para qué, pero todo debe ser inminente. y la primera novela que leo de Blanca Lacasa está impregnada de todo ello: prisa, inmediatez, urgencia. 

El amor es cobarde, pero a su vez es valiente y solo hay que saber de qué lado quieres estar o están los personajes. Y eso es lo que transmite la escritora, estar en el borde de la hoja de una espada donde dos personajes que se conocen, ambos con pareja y en los que comienza un amor, de esos que traspasan fronteras y que transmiten la sensación de estar más cómodo jugando al quiero y no puedo, antes que mojarse por completo o tomar una decisión, aunque se olvidan de que el instrumento sirva para hacer pupa, con mayor o menor intensidad.

La autora escribe con frases cortas, casi telegráficas, y en tercera persona, pues no desea impregnarse en lo que está contando, al igual que la sociedad, todo ocurre ajeno a todo y muy pocas personas actúan sobre algo ajeno. Aquí es igual, llamadas, canciones, idas, venidas, fichas de una vida para encajar a la perfección, aunque no siempre se colocan o usan de la forma correcta. Sin embargo, la historia la siento cobarde, sin atreverse a datar unos nombres: él y ella, son los personajes de la novela, aunque a su vez tiene sentido, pues puede ser cualquiera que habite en Madrid (ciudad donde se supone el desarrollo de la acción), pero los héroes y los perdedores suelen tener nombre. 

La novela apenas llega a ochenta páginas y puede leerse del tirón, pero eso no significa que no esté bien escrita. Conforme vas leyendo, y puede haber algún momento en el que te pierdas, aunque tengas la sensación de que está bien narrada y que esa confusión va a la par que la realidad de la protagonista, dado que hay momentos donde no sabe dónde está o qué hacer. Hay veces que lo quiere todo y hay veces que no quiere nada. Los personajes no hacen nada del otro mundo, solo reflejan lo que sienten.

Los primeros pasos del amor, no siempre son firmes, ni estables, ni siquiera a veces hay pasos, pues el susodicho llega y no te da tiempo a asimilar lo que ocurre y te arroja en los brazos del vacío, del infinito, de otro cuerpo. Con El accidente ocurre igual, no te da tiempo a pensar cuando estás teniendo uno y al darte cuenta estás llegando al final de la novela y es necesario volver a la acción de los personajes para entrar en su juego que no es otro que la vida misma. 

Habrá que estar atento a la prosa de Blanca Lacasa y por qué no a su próxima novela.

©Miguel Urda Ruiz

Texto y fotografía

1/26/2026

Cósima, Grazia Deledda: la forma de concebir de una vida propía




A pesar de que el ejemplar que tengo en mis manos es del año 2007 y en una cuidada edición de Nórdica libros, –con un excelente prólogo y traducción de María Teresa Navarro–, es el primer libro que leo de la autora Grazia Deledda. Todo un descubrimiento y que viene avalado por el premio Nobel en 1926, –cuando los premios no estaban viciados hacia tintes políticos o justificativos con el fin de rescatar a un autor del olvido– a una escritora, el único que ha sido dado hasta el momento al género femeino en Italia.

Escritora autodidacta, cuya primera novela, de corte sentimental, En el azul, la publicó a la edad de dieciséis años. Forjó una línea narrativa a través del pueblo donde nació, Nuoro, en la isla de Cerdeña, que había permanecido aislado del mundo exterior, dando lugar un imaginario personal, pero basada en vivencias propias con un doble motivo: escribir es lo único que sabe hacer y a la vez, le sirve para sobrevivir. Dejó muy pronto su isla para irse a vivir a Roma tras contraer matrimonio, no obstante, el recuerdo de su pueblo, supuso una fuente inagotable de material para toda su obra literaria.

Cósima es la última novela escrita por Deleda y publicada de forma póstuma; con una prosa sensible, pero sin caer en ñoñería, narra en tercera persona, con el fin de marcar distancia en sus páginas de lo personal, se asiste al primer plano que ocupan las mujeres en toda la narración, mientras que los hombres solo están para enfatizar los rasgos y/o hechos de las mujeres. Aunque no la considero una novela feminista, ni siquiera la crítica la considera una escritora como tal, sino que muestra un mundo que conoce a través de su experiencia. No obstante, hay cierta contradicción en sus páginas, pues escribe con sensibilidad, pero a su vez teme el qué dirán impregnado de ansias de libertad, manifestándolo a través de una tercera persona, quedando alejada de toda responsabilidad o impregnación personal.

La protagonista vive en un pueblo pequeño y todo el mundo es conocedor de todo. La principal preocupación de las familias es casar a las hijas y a ser posible con alguien pudiente; cuando se produce un luto se cierran las ventanas a cal y canto durante cinco años (con solo un año de diferencia de la publicación de La casa de Bernarda Alba, ambas obras manifiestan una tradición cultural permeadas por la geografía mediterránea); el hecho de escribir en un pueblo, donde ser estudioso está mal visto pues sabe que pasará penurias; la vida en el campo y la preocupación por las cosechas; las ideas políticas cuentan y todo el pueblo es señado por el mismo pueblo, nadie está exento de culpa aunque lo único que quieren es vivir en paz.

Deledda nos lleva de paseo al ayer sin caer en la nostalgia, ni el aburrimiento, solo muestra lo que siente a través de su vida. Es una autora relegada para el gran público y que está pidiendo un reconocimiento como lo tiene Natalia Ginzburg o Agustina Bessa Luisa y que comparten la misma idiosincrasia narrativa sobre escribir de lo que han vivido. 

© Miguel Urda Ruiz

Texto y fotografía



1/20/2026

Lo que no se ve, Cristina Fernández Cubas: la fragilidad de lo cotidiano




Han pasado diez años desde la publicación de su último libro de relatos, La habitación de Nona, lo cual induce a pensar que le gusta hacerse de rogar, pero no, no es así. Cristina Fernández Cubas sabe lo que hace, sabe lo que quiere, y sabe darle el toque narrativo apropiado, cuyo resultado es el fantástico libro Lo que no se ve.

Compuesto por seis relatos que constatan, una vez más, la buena maestría para construir relatos, Fernández Cubas construye personajes cotidianos, amistosos, bondadosos, incluso tiernos, pero que a la vez han saltado la raya de lo cotidiano para vivir en su propio mundo, lo cual configura el universo narrativo de la escritora y toma como apoyo para construir elementos que son afines a todos los individuos: el cine, las tiendas, el calor, las amistades, la familia, lo cual puede provocar una desazón en el lector, porque los personajes son lo que son, pero a la vez no lo son o son algo más. Lo común, la rutina, a veces busca una ruptura con la línea de la vida que le lleve a un mundo nuevo; incluso siendo inconsciente el propio protagonista, se deja llevar por los avatares de los acontecimientos con el fin de buscar un agarre al día a día y vivir.

La escritora catalana hace una propuesta arriesgada, –aunque la cuestión sería a la inversa: ¿es necesario arriesgar cuando estás consolidada en el mundo literario? –al continuar escribiendo una serie de relatos que exigen la atención minuciosa del lector. La sociedad va cada vez más deprisa y los lectores, intenta ir al mismo compás; se exige inmediatez, todo lo contrario a la prosa de Cubas.

SATISFECHA. Es la palabra con la que acaba el último relato, y por lo tanto el libro, pero a su vez te saca de él y te hace mirar la figura de la escritora. ¿Está satisfecha con su obra ¿Está satisfecha con ser escritora? ¿Ha conseguido lo que ha querido? ¿Será la última? En cualquier caso, la respuesta es doble: la de la propia escritora, que nunca conoceremos, y la del propio lector, que será quien tenga que sacar las conclusiones de lo que quiere decir. Sin duda alguna, lo único que importa es disfrutar de cada relato, porque Cristina Fernández Cubas se hace rogar y sabe aplicar muy bien, el dicho de lo bueno, si es breve...

© Miguel Urda Ruiz

Texto y fotografía




1/13/2026

El arte de perderse, Rebecca Solnit: las tonalidades de una vida



Quien más o quien menos, alguna vez ha intentado perderse en la vida o por lo menos lo ha pensado. ¿Quién me buscaría? ¿Quién me echaría de menos? ¿A dónde iría? Estas son algunas preguntas que no están en el ensayo de Rebecca Solnit Una guía sobre el arte de perderse, porque la autora se aparta de lo convencional para profundizar en otros aspectos sobre dicho asunto y que no deja cuestión alguna en su justificación.

Lo primero es descartar la palabra "pérdida" como sufrimiento o alejarla del sentimiento de "amor" asociado a la pareja. Solnit distingue otro tipo de pérdida a través de álbumes familiares de fotografías, en momentos dolorosos vividos, en sus orígenes, de lugares, de valores, de lenguas,... porque a pesar de ello, el ser humano tiene que seguir avanzando, ya sea comenzando de nuevo o asimilando lo acontencido.

La autora cuenta su vida, pero sin tener un mapa trazado, sino momentos concretos: hombre tortuga, fallecimiento de una amiga, las secuelas del holocausto, etc., pero fijado en elementos que te llevan a elaborar tu propio mapa de recuerdos o sentimientos y lanzando la pregunta al lector de si es necesario perderse alguna vez, y que a su vez deriva en otra pregunta: ¿Hay que entender la vida? Porque durante la vida se plantean obstáculos y, en vez de luchar con ellos, hay que dejarlos reposar, darse cuenta de ellos y a partir de ahí prestarles atención. Sin embargo, al avanzar en el libro me siento confuso por momentos, pues hay capítulos con el mismo título y tengo la sensación de que me aparta de lo que yo quiero leer. Dejé el libro con mal sabor de lectura para no reseñarlo, pero la semilla de la insatisfacción estaba ya sembrada. Volví a él, esta vez a leer párrafos que tenía subrayados y ahí sí, sí que le di significado al libro.No me atrevo a catalogar o clasificar el libro en un género concreto de ensayo, pues toca, pasa por temas biográficos, filosóficos o artísticos, pero sin caer en lo básico o en algo sin justificar. Emplea el "azul" por un motivo concreto y deja claro que para cada lector la tonalidad será diferente e irá acarreada de unas vivencias propias. 

Es un libro extraño y que se sale de la línea de las publicaciones comerciales, pero fácil de leer y sobre todo que abre un horizonte al mismo horizonte, a no tener miedo al camino, a lo desconocido, a abrazar lo nuevo que vendrá, pero incita a disfrutar del momento sin tener apego al ayer. La vida es un mapa personal e intransferible y somos nosotros quienes ponemos los mojones o señalizaciones en él. Quién la interprete y cómo la interprete dará para otra guía.

© Miguel Urda Ruiz

Texto y fotofrafía


1/07/2026

Pabellón de cáncer, A. Solzhenitsyn: una disección de la sociedad enferma



Aleksandr Solzhenitsyn, escritor, y crítico con el sistema político ruso que le tocó vivir, con esta novela, Pabellón de Cáncer, nos deja ver cómo el hombre –el ser humano–, ante la enfermedad, pierde la condición de persona y su vida queda en otras manos (médicos, enfermeros/as) y por qué no "el azar".

Mediante la estancia de Oleg Kostoglodov en un hospital oncológico de provincias de la Rusia posestalinista, el autor disecciona su funcionamiento con una mirada inquisitiva hacia el sistema totalitario reflejado en cada personaje y cada hecho, de una forma tan intimista que los sentimos próximos a nosotros. El microcosmos de un hospital dirige la vista hacia la matriz social del régimen, donde todo funciona a través de una elaborada red de relaciones favoritistas o caprichosas. El hombre siempre está ávido de favores y siempre quiere más. Todo funciona por conveniencia y según el grado de afinidad con el régimen. Hay unas reglas que cumplir y unas estadísticas a las que dar forma. Da igual si el enfermo está curado o no, si el tratamiento es el idóneo o el tiempo de exposición a los rayos X es el que exige el tratamiento; lo importante es cumplir los plazos establecidos. Todo son planes, estadísticas, en definitiva, números que hay que cumplir ante la cúpula política; lo de menos es la enfermedad del protagonista. Los doctores, con vocación o no, también son un número y deben cumplir unas estadísticas de trabajo con ciertas enfermedades. El mal que una sociedad totalitaria padece y que no es que una sociedad democrática no tenga la enfermedad, sino que es diferente. En una, los medios para curarla son impuestos y en la otra puedes, incluso, quejarte de la enfermedad que tienes.

Es una novela que te hace sentir la injusticia con el enfermo, pero a la vez proporciona un atisbo de ilusión al ver cómo los personajes pueden enamorarse, cómo reciben visitas o cómo buscan su propio remedio para sanar. Incluso percibes cierta alegría cuando el paciente es dado de alta; si está curado o no, es lo de menos, y recibe la libertad para volver a algo que ya había perdido: la libertad. Pero ¿qué ocurre cuando la libertad es insípida? ¿Acaso es mejor estar al resguardo de la gran sombra que provoca el poder totalitario?

Al finalizar su lectura se produce una sensación de vacío, como si te obligan a saltar al infinito sabiendo que no hay vuelta atrás. La historia habla por sí misma, pero debieron pasar casi cuarenta años para su publicación con la llegada de aires democráticos a Rusia para ser consciente de ello. El legado que dejaron los autores que fueron críticos con el régimen está vigente y solo queda manifestar que todo lo que cuentan existió y la línea que puede llevar a que se repitan los hechos es frágil.

© Miguel Urda Ruiz

Texto y fotografía

1/01/2026

Las gratitudes, Delphine De Vigan: un juego de espejos sociales


 

La autora francesa Delphine De Vigan extiende todas las cartas de la vida, en algo más de ciento cincuenta páginas que abarca Las gratitudes, para que tengas que posicionarte desde el inicio de la novela, porque en la vida no hay un ganador, sino que todos somos perdedores, dado que es ella quien maneja la partida y, en todo caso, solo hay que agradecer haber pasado por sus dominios.

A través de tres personajes —Michka (anciana), Marie (joven y vecina) y Jerome (logopeda)— asistimos a un diálogo generacional y un juego de espejos sociales reflejados en una gratitud recíproca cuando el cuidador es cuidado por alguien que cuidó. La escritora inserta de forma directa el gran interrogante que provoca la vejez. ¿Cuándo te das cuenta de que uno es viejo? ¿Cómo lo aceptamos? ¿Cómo lo acepta la sociedad? Porque está claro que a la vejez se llega –o llegaremos–, pero la cuestión es, en qué momento seremos conscientes de ello. Y llegados a este es el punto de inflexión:el aceptar que ya eres un anciano y, si estamos preparados para ello o no, pues una cosa es evidente e indiscutible desde el momento que se es consciente: todo el camino restante es hacia el final.

La anciana Micka, nos muestra cómo una persona que siempre se valió por sí misma, con un trabajo significativo y autónomo, debe comenzar a valerse con ayuda de los demás, dejando patente una incomodidad en el lector, porque toca temas por los cuales la sociedad de occidente –en oriente tienen otra forma de ver a nuestros ascendientes– intenta colocar un telón (tupido o no, según el punto de vista con que se miren) sobre la mal llamada "tercera edad". ¿A partir de qué edad se forma parte de dicho segmento social? ¿Cuándo ya no puede valerte por uno mismo? ¿Cuándo ya no eres útil para trabajar? (Aquí puede haber mucha discrepancia, pues la sociedad cada vez requiere de gente más joven para trabajar y, a los cincuenta años, ya no se te considera apto para desempeñar un puesto de trabajo en una empresa). Una de las cuestiones que sostiene a la novela es la forma con que trata la decrepitud del ser humano, pasando por temas como la soledad, el abandono, el trato del adulto hacia la persona que ya no es dueña de sí misma, la pérdida de facultades o incluso la cuestión de si el "anciano" es solo un número o una carga que no provoca ninguna rentabilidad para la sociedad.

La novela no engaña en su desarrollo y deja algunas aristas para que el lector piense y extraiga sus conclusiones, pues existe una especie de tabú al hablar sobre la ancianidad; siempre pensamos que nos queda lejos (es algo que les pasa a los demás), y más en una sociedad que prima el culto al cuerpo con el fin de alargar lo máximo posible la llegada de un final. 

Las gratitudes nos muestra que no se necesita mucha prosa para evidenciar la realidad, y más cuando no queremos verla, pero que está ahí. No sientes rechazo a lo que está contando, quizás asombro, porque el lector sabe que los hechos que narra pueden tocarle a uno, ya sea en primera, en segunda o en tercera persona. Guste más o guste menos, nadie escapa del final de la vida, aunque sea en una fantástica narración como es Las gratitudes.



© Miguel Urda Ruiz

Texto y fotografía






6/09/2025

Bibliotecas, una frágil historia. A. Pettegree y A.D. Weduwen: las entrañas del conocimiento

 


El libro, el artefacto, ha demostrado ser excepcionalmente resistente a lo largo de   los siglos: sobrevivió a la caída del Imperio Romano, al cambio del medio del  manuscrito a la imprenta, a la Reforma protestante y a la Ilustración, a los bombardeos indiscriminados y a los numerosos intentos de limitar el acceso a textos inaceptables. En tiempos más recientes se ha librado de muchos de los enterradores tecnológicos enviados para llevarlo al crematorio: los microfilmes, los CD-ROM y, ahora, el libro electrónico. La pura condición tangible del libro es un elemento clave de su éxito, como también su versatilidad: manual, tótem, enciclopedia y fuente de entretenimiento. Y la biblioteca, como ubicación y concepto, ha compartido esta mutabilidad. 

Este párrafo es un extracto del libro aquí reseñado y que recoge toda su trayectoria argumental que abarca desde sus inicios hasta la actualidad, pero con un afán incitador para el lector con el fin de remover su curiosidad. Existe una ingente cantidad de libros publicados sobre el origen, el papel, de los autores, de todo el proceso que conlleva el libro, etc., pero que trate sobre el edificio que alberga el conocimiento yo no tengo referencias). Este el referente sobre la figura eterna de la biblioteca de Alejandría, pero los datos que existen son pobres e inexactos; o incluso escritores que escriben sobre las bibliotecas de otros escritores, pero en base a su composición bibliográfica. Muy poco sobre el edificio en sí.

Escrito de una forma amena y con una proliferación de datos que en ningún momento se hacen pesados, sino todo lo contrario; anima a seguir leyendo sobre las entrañas del conocimiento y del lugar que lo alberga. Lo cual lleva directamente a una pregunta que puede carecer de sentido, pero es necesario hacerla porque el tiempo se encarga de modificar los conceptos. ¿Qué es una biblioteca? A lo largo de la historia no siempre ha tenido el mismo significado y utilidad. Pero muy pocas veces se piensa en toda la vivencia que hay detrás. Y eso es lo que nos encontramos en el libro de Andrew Pettegree y Arthur der Weeduwen, un recorrido por las historias de las bibliotecas y sobre todo, su valía según el momento social o histórico. El libro toma como referencia una idea que permuta con el paso del tiempo y es: ¿cuál es el significado de una biblioteca? Es decir, una biblioteca tiene que tener un propósito o una justificación. Parte de los albores de las primeras civilizaciones, las sociedades clásicas donde el conocimiento estaba en manos de los esclavos, pues escribir o copiar era un trabajo tedioso; las bibliotecas en la Edad Media, donde la cultura la ostentaban los monasterios; y lo que supuso el resurgir de las ciudades en el Renacimiento y su adaptación, lo que provocó un traslado a la ciudad de la curia con el fin de seguir manteniendo fieles.

Los autores entran en el quid de la cuestión de las bibliotecas y lo que supuso, por ejemplo, en el Nuevo Mundo tras el descubrimiento de América o tras la Guerra de la Independencia en los Estados Unidos de Norteamérica. Y sorprende ver cómo el libro fue (y lo es) un arma de negocio; cómo surgieron los coleccionistas o vendedores de segunda mano, incluso la creación de un catálogo de libros para ser vendidos. Otro aspecto a destacar es la colonización de Oceanía y la apertura de las primeras bibliotecas en Nueva Zelanda o Australia. Detrás de todas ellas hay algo más que ser un simple recinto que acoge libros.

La imprenta tiene su propio apartado y sorprende leer cómo su puesta en marcha fue a lo largo de veinte años y los costes que suponía imprimir, teniendo además como enemigos a los monjes que veían peligrar su labor centenaria.

Para todo aquel que lee, escribe o estudia, el término biblioteca tiene una connotación propia y sabe que es un refugio que le ayudará a crecer en su conocimiento personal. Biblioteca: una historia frágil es un libro para acudir a él porque deja muchas aristas abiertas a la curiosidad y a seguir investigando por cuenta de uno mismo, pues proyecta líneas de futuro y de pasado que al usuario de las bibliotecas se nos pasan de largo. ¿Qué libros deben incluirse en una biblioteca? ¿El canon de clásicos ha sido siempre el mismo en la historia? ¿Los libros de una biblioteca tienen valor emocional o económico? Además, los autores muestran cómo el libro ha sido un arma cultural política (biblioteca de judíos en Alemania nazi, por ejemplo, o dictadores) y que ha sufrido los vaivenes de cada época histórica y ahora, cuando se acaba el primer cuarto del siglo XXI, el libro es objeto de debate, sobre su pervivencia, calidad, títulos impresos, Internet (arma de doble filo). Sin embargo, ahí está y sigue sobre los anaqueles de las librerías, en los estantes de las bibliotecas oficiales y ocupando un lugar privilegiado en los hogares.

Publicado por Capital Swing, pasamos por la historia de las bibliotecas con sorpresa y queriendo saber más, pero queda claro que "el artefacto", como definen al libro sus autores, es un arma muy poderosa en cualquier momento histórico y circunstancia. Al igual que una biblioteca un futuro sin libros, es algo impensable. El tiempo y los libros van de la mano. Queda constatado y reafirmado por los autores A. Pettegree y A. der Weduwn que sabe adaptarse a cada momento de forma discreta, simple, básica; solo hay que mirar a nuestro alrededor y contemplar su presencia.


© Miguel Urda Ruiz

Texto y fotografía



6/03/2025

Desmembrado, Joyce Carol Oates: el alma humana sin aditivos





En alguna reseña anterior lo he dicho: no es fácil leer a Joyce Carol Oates y en este libro de relatos, Desmembrado, lo vuelvo a reiterar. La autora norteamericana recurre al ser humano en su vertiente más transparente o primitiva, donde refleja que las condiciones sociales le dotan de una serie de capas (disfraces) que camuflan sus instintos más primarios y no siempre con una finalidad benevolente.

Si hay algo que está claro es que a Oates, a pesar de su edad (87 años cuando escribo esta reseña) no le tiemblan los dedos (para teclear o escribir a mano) a la hora de manifestar de forma pública los instintos más perversos del ser humano, ya sea a través de un asesinato, una violación o el maltrato hacia la infancia, entre otros muchos aspectos que son los que vertebran su narrativa. Solo apela a que el lector la haga suya. Conocedora de la Norteamérica profunda y que es la más desconocida para el gran público, sus personajes están desgajados de la sociedad. Hay algo que les hace pertenecer, pero en realidad no pertenecen. Buscan cobijo en el alcohol; en matrimonios para huir del qué dirán o incluso de la soledad; o en asociaciones benéficas para que la sociedad vea que, en el fondo, tiene un alma caritativa.

En Desmebrado, todas las protagonistas son mujeres, e hila muy bien los argumentos de cada relato para hacernos sentir de cerca los hechos y la obsesiones que hay detrás de cada una, desde una vendedora de una casa que no quiere ser consciente de que ya no es suya, hasta cuerpos desembrados, como bien dice el título, pasando por bidones de agua con un contenido que te hacen pensar cuando vas al grifo de tu casa; juegos entre realidad y ficción a través de una garza, para acabar con una visión un tanto descarnada de las instrucciones de vuelo.

La autora tiene la facilidad de hacer que su prosa sea cercana, directa y escueta a través de párrafos breves e incluso, me atrevo a decir, simples, pero a su vez es lacerante, incisiva, descarada y es ahí donde entra la diatriba de la narradora con el lector, porque no recurre a técnicas narrativas complejas, ni da rodeos; todo está claro desde el inicio, con unos detalles mínimos, y solo queda ceñirse a los acontecimientos de la narración.

Al terminar de leer a Joyce Carol Oates, el lector ya no es el mismo. Primero, porque sabe que el ser humano puede actuar de la forma que ella lo muestra, y segundo, porque los personajes son perfectamente traspolables a un mundo cercano, ya sea el vecino próximo o lejano, el familiar más odioso o incluso el propio cónyuge. Hay que huir de la aparente fragilidad que presenta la autora (igual que de la dulzura que emite Ana María Matute) porque solo es el envoltorio donde cobija su forma de ver la vida.

©Miguel Urda Ruiz

Texto y fotografía


5/28/2025

El asedio de Troya, Theodor Kallifatides: cuando el tiempo es el vil (y único) testigo



¿Ha cambiado en algo la sociedad desde hace 2800 años? Es la primera conclusión que saco al terminar de leer la novela de Theodor Kallifatides. Quien de forma magistral logra compaginar la Tradición (Ilíada) y el Pasado (Segunda Guerra Mundial) con un presente donde el lector entra en un juego de paralelismos perfectamente construidos. En ambos casos, Tradición y Pasado, el autor sueco deja patente que los ingredientes, elementos y sensaciones que perviven en las guerras a lo largo de la Historia son los mismos: odio, amor, venganza, muerte... Pero todo ello perfectamente hilvanado bajo la protagonista principal, una joven maestra griega que recurre a la narración de Homero para evitar que sus alumnos sean testigos directos de la guerra y les afecte lo menos posible. En el mito clásico tienen un papel preponderante los dioses y Kallifatides recurre al hombre. ¿Cómo es el hombre ante la guerra? ¿Ante el dolor? ¿Ante el futuro y el pasado?

El autor griego, pero exiliado en Suecia desde 1964, manifiesta en el epílogo de la novela que considera la Ilíada: "como uno de los más firmes poemas antibelicistas jamás escritos [...] Tan solo he querido que lo conozca más gente". Y estoy de acuerdo con la segunda parte —la primera la dejo para que el lector saque sus propias conclusiones—, el poema que inaugura la literatura en Occidente es uno de los libros de los que más se habla, más se cuestiona, más se estudia... pero es, quizás,poco leído, ya sea por su forma narrativa o porque hay veces que el hecho de ser tan conocido le reste valor, dejándolo para una ocasión menor.

Kallifatides maneja la técnica narrativa a su capricho y sabe lo que quiere contar (insisto, él lo deja ya claro en el epílogo) y nos lleva a historias paralelas de la Guerra de Troya y a la Segunda Guerra Mundial en su vertiente griega, que en cierta medida es la más desconocida para el gran público, pero bajo la musicalidad narrativa de Las mil y una noches, para que el lector sienta curiosidad sobre lo que pasará al siguiente día.

La Historia, en cualquier sentido, es cruel, porque está impregnada de dolor. Pero subyace la cuestión de si es necesario el dolor que provoca el hombre, ¿para qué sirven las guerras? ¿o por qué sacrificar a gente inocente por venganza? Theodor Kallifatides consigue acercar al gran público y, a través de algo tan íntimo, cercano, como es el dolor de una madre, de una esposa y de un héroe, algo tan sustancial que no resulta difícil ver que el pasado es igual que el presente. El hombre o el individuo es un ser básico que intenta sobrevivir al momento que le ha tocado. La Tradición es Presente y el Presente está formado por la Tradición. Kallifatides no defrauda. Saber contar historias sin cansar y dar al lector lo que quiere, pero bajo un prisma muy particular. Es un valor seguro.

© Miguel Urda Ruiz

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5/22/2025

Indigno de ser humano, Osamu Dazai: la construcción de una derrota social




Nada más adentrarse en sus primeras líneas, entendemos que el título, Indigno de ser humano, no lleva a engaño y lo que viene a continuación no va a ser fácil de digerir, pero es necesario leerlo.

Baso la presente reseña en la edición de Sajalín editores, con una cuidada traducción de Montse Watkins, donde Osamu Dazai parte de tres fotografías y un diario para contar una historia, donde en todo momento subyace la línea de la autobiografía. Publicada al finalizar la Segunda Guerra Mundial, nos adentramos a través de un individuo, como reflejo, en todos los escombros sociales que padece Japón al estar sometido al imperialismo estadounidense y a una tradición milenaria que grita a destajo anhelos de libertad. No obstante, este mismo personaje que no está de acuerdo con formar parte de los hilos de una sociedad doblegada. Y deja constancia de ello manifestando su desprecio por el ser humano. Aunque esta forma de ver la sociedad no es nueva e incluso puede leerse cierto paralelismo con Mishima al ver al hombre como alguien amorfo y que necesita una máscara para sobrevivir, yo pongo el punto de vista más en un existencialismo, donde, tras una derrota o una debacle, el hombre busca un sentido, algo a que aferrarse, como puede ser Meursault. Dispone de todo el tiempo por delante y supone que puede llegarse a la verdad del individuo.

A través de Yozo, un joven acomodado cerca de la provincia de Tokio, entramos a ver las entrañas de la mente humana donde todo aquello que conforma al ser humano le provoca desprecio y lo único que merece su consideración son las prostitutas, a las que considera como el oxígeno de la vida para ser usadas. Es una novela donde no sobra nada. Apenas hay descripciones y se centra en el individuo. Contando las miserias externas a las que se enfrenta, así como las sombras que todo ser humano posee en su interior y cómo las ve según el momento. Pero el autor sabe que el hombre es un ser sociable y necesita al otro para sobrevivir y utiliza la figura del "bufón" para integrarse en la sociedad. Hacer reír al otro para que nadie sepa que yo soy incapaz de reír.

Una vez acaba su lectura, llega el desasosiego. Demasiado de todo, y cuando digo de todo, digo acción, hechos del ser humano, miseria, etc., y una duda planea sobre si es una novela apta para todos los públicos. La respuesta es no. Primero, porque si te acercas a ellas sin tener un conocimiento del país nipón y las consecuencias que tuvo la Segunda Guerra Mundial, habrá muchos factores que no se lleguen a comprender; y segundo, porque leer las miserias del alma humana conlleva cierto pudor y es necesario estar preparado para ello. Antes de leer a Osamu Dazai, hay que pasar por Dostoievski, Camus y Mishima, quienes dejan patente que el ser humano es algo que carece de alma, solo que la disfraza para creérsela él mismo; una vez asumido esto, entonces se podrá disfrutar de la narrativa de este escritor japonés.


© Miguel Urda Ruiz

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5/16/2025

El zorro ártico, Sjón: una emoción narrativa al desuso



Por una vez, y que no sirva de precedente, estoy de acuerdo con que haya países que están de moda, como es el caso de Islandia, porque conlleva descubrir cosas que estarían relegadas a su propia cultura, como es el caso del autor Sjón, seudónimo de Sigurjón Birgir Siguroson. He llegado a él a través de la novela aquí reseñada, El zorro ártico, que compré en una exposición sobre dicho país, motivado más por la curiosidad del país que por el interés en sí de la historia. Una sorpresa en todos los sentidos narrativos posibles. Es un libro admirable, que se acepta sin justificaciones y que se disfruta. Tres cualidades esenciales para considerarla como una buena novela.

Sjón es un autor contemporáneo (nacido en 1962) cuya obra está catalogada como de las más innovadoras en su país y que toca varias artes, como por ejemplo escribir canciones para Björk. Aunque en este caso toma como parte la tradición, leyenda y folclore popular conjugados en una prosa escueta, pero certera y que parece imitar al clima del gélido país, para adentrarnos en una historia bonita. Porque la palabra es esa, bonita. No hay que pedirle más porque todo lo que viene a continuación va implícito en lo que el lector quiera exigirle al texto. Y por supuesto que lo tiene. No hay nada al azar.

Los hechos comienzan en 1883, donde todavía las fronteras no están tan divididas como en la actualidad, ni el mundo tan usurpado, ni la naturaleza tan esquilmada como hoy en día. Dividida en tres partes, lanza ante el lector la lucha entre el hombre y la naturaleza, el hombre y su propia lucha y una lucha continua para saber si el hombre pertenece a la naturaleza o es algo aparte, que te llevan directamente a pensar en Jack London o Hemingway, donde sus obras tienen un contacto directo con la naturaleza. Sin embargo, Sjón no cae en excesos, va al quid de lo que la escena requiere en ese momento, ni existe una didáctica moral; quiere contar una historia. Nos cuenta una historia, pero entrando en ella de forma tímida, donde todo es comprensible, aunque hay cosas que no terminan de cuadrar, pero hay que dar gracias a la espléndida traducción de Enrique Bernárdez; con su justificado epílogo da sentido a toda la narración y a que en cierta medida nos pueden pasar como extraños o ajenos dado la idiosincrasia de los factores culturales de este país y que son desconocidos para nosotros.

Islandia tiene una tradición literaria, mantenida de forma oral durante muchas generaciones, que ha permitido que la sustancia que forjó su costumbre no se haya perdido, dado que es un país ajeno al comportamiento del resto del mundo. Tiene una idiosincrasia que no se deja malear y son los demás quienes ponen su mirada en el país.


© Miguel Urda Ruiz

Texto y fotografía

5/10/2025

Oposición, Sara Mesa: cuando la comodidad te convierte en un ser atonal



¿Es un ganador o es un perdedor el funcionario? Es la pregunta que me surgió cuando terminé de leer Oposición. Porque tener un puesto de trabajo seguro para toda la vida laboral garantiza seguridad económica, pero ¿no desaloja de los sueños que se tuvo alguna vez al estar instaurado en un trabajo repetitivo y monótono de forma perpetua? La cuestión es que el cuerpo de funcionarios siempre estará en entredicho (ya lo dijo Larra en el siglo XIX: "Vuelva usted mañana") o, lo que es lo mismo, pagan justos por pecadores o pecadores por justos cuando los hay que trabajan de verdad. Sara Mesa trabajó como funcionaria y en sus páginas habla de algo que conoce muy bien. Sabe cómo funciona la administración, su maquinaria y todo el engranaje que la circunscribe, y lo deja al descubierto con esta madura novela, donde no hay nada al azar.

Lo primero que se encuentra el lector es una mirada hacia Kafka, donde pervive al día el universo tan particular que creó y que en la novela está perfectamente transpolado; el mundo de la administración y todo el engranaje que hay dentro, desde lo que hay que hacer para mover un papel o para dar parte de un fallo en un ordenador. BUROCRACIA.

Con un lenguaje gris, triste, apagado, pero no simple o aburrido, que lleva intrínseco el tono oficial de la administración y sin caer en tecnicismos, nos sumerge en una novela desarrollada en tres tiempos o en tres partes, como si jugase con un proceso administrativo donde está el inicio, los pliegos de preguntas, la de respuesta y la conclusión que corresponde ni más ni menos que al equipo de "los sabios". Lo cual ya dice mucho sobre ella, pues tiene muy claro lo que quiere contar y en quién deja la responsabilidad de emitir un veredicto.

A lo largo de la novela nos encontramos con todo un desglose de funcionarios, que cualquier ciudadano de a pie conoce (dudo que haya alguien que no haya tenido alguna experiencia), y que son perfectamente identificables a nivel particular: el entregado y que parece que va a heredar la administración correspondiente; el pasota y que solo va a cumplir con el tiempo mirando el reloj; o aquel que ni el ojo de la pantalla y no ve otra cosa. Y otros que pasan de largo por el lugar, pero que cobran religiosamente su propia nómina.

La autora juega con los elementos del argot del mundo funcionarial: el tiempo para desayuno o para medir la efectividad de los trabajos; el surrealismo de crear programas para dotar de trabajo a personas que llevan meses con los brazos cruzados; la funcionaria que desarrolla la poesía en su tiempo de trabajo o el amor por los gatos; aunque todo puede sintetizarse a través de los tiempos del café. El tiempo que dedica el funcionario a desayunar (cada compañero de mesa pertenece a un rango de desayuno, aunque seas de otro rango jerárquico); el juego con las cápsulas de café y donde subyace la "crítica" de si el funcionario siempre está tomando café; el hecho de que dentro de la propia administración esté mal visto que un funcionario interino o en prácticas tenga dudas sobre si opositar; el entrar a dedo en un puesto, ya sea relevante o no.

Oposición no caerá al olvido fácilmente, ni se convertirá en una historia obsoleta, sino que irá cogiendo solera con el paso del tiempo, donde el lector (exigente) sentirá la historia viva y podrá estar a favor o en contra de ella según el punto de vista desde el que se mire, pero lo que está claro es que Sara Mesa toca en el quid intrínseco de la administración, de la burocracia, del funcionariado. Nada es desconocido para el lector, ni siquiera los sueños que se dejan por el camino por culpa de una tediosa (¿y ansiada/obligada/esperada?) Oposición.

© Miguel Urda Ruiz

Texto e Imagen 


5/04/2025

Tokio, estación de Ueno, Yu Miri: la realidad a través de unos ojos cerrados




Una novela fiel a la tradición y el sentimiento de no ver la realidad o de permanecer ajena a ella porque la sociedad nipona todavía conserva estigmas de su pasado y que surge en la civilización actual cuando la ocasión lo requiere.

La autora, Yu Miri, narra una historia de paralelismos. El protagonista, Kazu, nace el mismo año que el emperador japonés y, de una forma azarosa, su vida transcurre junto a la de él, aunque en sentidos diferenciados. Pero ahí radica la cuestión, nos permite acercarnos a ese mundo, –tan impenetrable a ojos de Occidente– de la sociedad nipona para ver la diferencia de clases y estatus. A través de analepsis, descubrimos la vida del familiar Kazu, su mujer, la relación con sus hijos y que todo no es como uno quisiera o incluso, como lo soñó en algún momento. El hombre se sacrifica en pos de la familia, pero el pago individual es muy alto: no ver crecer a sus hijos y lo que llega a convertirse en un estigma personal que no permite integrarse en la sociedad y ver que cada individuo tiene su pedigrí de sinsabores.

Emigrar es un sentimiento común en todas las culturas y podría decirse que las consecuencias son las mismas, pero aquí hay que focalizarlo en el individuo y donde no todo el mundo lo acepta como tal y se adapta a la sociedad receptora. Kazu lo intenta y emigra a Tokio, a la gran ciudad, con la finalidad de mejorar su calidad de vida, y encuentra trabajo en la construcción del Estado Olímpico en el año 1968. Pero la realidad es diferente a lo pensado o incluso soñado. Y esto lo muestra Yu Miri cuando el protagonista no consigue hallar su sitio en la gran ciudad. Dos caras de la misma moneda o del mismo estatus social: los marginados, los sin techo, que sobreviven en un apartado de la estación de tren, alimentándose de las sobras de comida que los restaurantes depositan en bolsas de basura y que Kazu llega a conocer, pero que al pasar la comitiva del emperador desalojan todo lo que puede afear la vista de la comitiva. El esplendor de miedo está atento a que pueda verse su sombra y nada pueda afearla.

Hay un momento de confusión en la narración, pero está muy ensamblada, pues la autora quiere jugar con el lector, o quiere que esté atento y no se distraiga, provocando un efecto de duda al final de la historia. Todo es lo que es, pero nada es lo que parece viene a ser el resultado final de la novela.

Japón sigue padeciendo la losa de la tradición milenaria. Es un alimento del cual se nutren las artes, pero cada vez la sociedad japonesa aclama nuevos valores. Yu Miri es una apuesta segura por la nueva literatura nipona. Tiene su voz propia, su estilo propio y sobre todo prima la veracidad.

©Miguel Urda Ruiz

Texto y fotografía


4/29/2025

Cosas que ya no existen, Cristina Fernández Cubas: cuando el recuerdo es materia viva



Cristina Fernández Cubas está consagrada como una de las mejores escritoras de relato de la última etapa literaria de nuestro país, pero que, a día de hoy, carece de esa proyección pública expositiva al no formar parte de todos los círculos literarios o redes sociales como postula el momento actual.

Cosas que ya no existen es un libro de relatos que tiene como base el recuerdo, pero en forma de materia viva y en el cual subyace una pregunta todo el tiempo: ¿es real o es ficción? La autora te hace ver que el tiempo provoca el recuerdo, y que el recuerdo se manipula con el tiempo, y que son los dos elementos necesarios, y casi imprescindibles, que sostienen una vida de la cual la literatura se alimenta.

Quince historias para trazar una línea biográfica cogida de su mano –¿de su recuerdo?– y nos hace cómplices de su paso por el instituto de bachillerato, por ciudades como Buenos Aires, El Cairo, Barcelona o espacios (una biblioteca, un avión, una azotea –¿cómo una metáfora del horizonte y de la que vendrán más historias? –), aunque van jalonando la vida del momento y donde no queda otra cosa que aceptar lo que está ocurriendo y aceptarlo y, por qué no, disfrutarlo. Se percibe que detrás de cada historia hay una vida vivida y viva. Aunque apela a ese lector cómplice a la vez que inteligente para saber que te está contando su vida sin que sea necesario decirlo y que incluso uno mismo como lector pueda ser el protagonista de la historia.

Una prosa depurada, mínima, quieta, sin dobleces, pero con recovecos que incitan al lector a ir más allá. Todo es lo que es, pero teniendo en cuenta lo que busque en ese momento el lector, aunque una cosa está clara: no se sale indiferente de las historias de la autora catalana. Incluso a veces, uno acaba con la sensación de que es amigo de la escritora y que recuerda cuando le contó una anécdota o un hecho inverosímil. Porque uno de los elementos que da mayor valía a su prosa es la credibilidad de cualquier tema que esté narrando: la muerte, los amigos, la familia, pero la cuestión es cómo narrarlo. Fernández Cuba sabe manejar la pluma y la palabra, algo esencial para transmitir al lector la sensación que quiere contagiar.

A pesar de ser una escritora de prosa temprana, no alcanzó el merecido reconocimiento de sus colegas hasta mediados de los años noventa, pero el público sí se lo otorgó desde sus primeras publicaciones. Su obra está reclamando una reedición.

©Miguel Urda Ruiz

Fotografía y texto



4/22/2025

Cartas a sus amigos, Marguerite Yourcenar: la rigurosa exactitud de la palabra




Setecientas setenta y seis páginas de correspondencia (sin incluir índice onomástico y de destinatarios). Se dice pronto. Toda una vida en cartas, podría resumirse el libro y la reseña en sí. Publicado por la editorial Alfaguara en el año 2000, recoge la nutrida correspondencia de Marguerite Yourcenar que mantuvo a lo largo de su vida con un considerable número de personas, pasando por amigos, familiares o relacionados con los temas laborales (ser escritor es un trabajo). Este volumen corresponde a una serie de cartas que están depositadas en el "Fondo Yourcenar de Harvard" en la Biblioteca Houghton y que son copias realizadas mediante papel carbón de los originales mecanografiados. Hay cartas de colecciones privadas o de otras instituciones, todas ellas debidamente anotadas a pie de página. Este legajo de cartas lleva implícita la pregunta de ¿cuánto escribe esta autora? Porque en la nota preliminar y en el prefacio queda señalado que el libro recoge un número de cartas datadas y registradas. Hay otro tanto a la espera de ser clasificado.

La primera misiva es del año 1909 y la escribe a su tía Jane, a la edad de seis años. Y la última corresponde a poco antes de su fallecimiento en 1987, es de fecha 22 de octubre y la envió a su amigo Yannick Guillou, confirmándole un viaje a Bruselas, que no pudo llevar a realizar. Escribir cartas como tal hoy en día puede parecer algo añejo o quizás nostálgico y solo queda un grupo minoritario de personas  –entre los que me encuentro– que mantienen correspondencia como tal –incluso puedo aceptar el intercambio de emails con un contenido personal como correspondencia–. 

La cuestión a desglosar es que se puede contar en una vida, o, dicho de otra forma, que no sucede en una vida para hacerlo partícipe a otro interlocutor. Yourcenar es consciente de ello y, según el momento de su vida, hace mayor o menor hincapié en el asunto tratado. Habla del esfuerzo que le llevó escribir Memorias de Adriano y el éxito que le proporciono, teniendo en cuenta que una de las premisas que mantuvo durante toda su carrera literaria fue la preocupación por la palabra y la rigurosidad y constatación de los hechos que narraba. No dejaba nada al azar, retocando o reescribiendo en caso de ser necesario en nuevas ediciones; Opus Nigrum es otra novela que ocupa mucho espacio en las cartas y la repercusión que tuvo al ser publicada; a través de la correspondencia descubrimos a una mujer preocupada por la naturaleza, (la masiva matanza de focas acontecida en los años 70 y 80 en Canadá –con carta a la actriz Brigitte Bardot incluida, gran defensora de los animales–), la condición femenina y el hecho de ser mujer; lo que significa escribir y lo que conlleva, tanto positivo como negativamente; su punto de vista sobre los biógrafos y los errores que cometen, siempre motivados por un interés subyacente; la familia y su dispersión o falta de arraigo aunque intenta ser justa con ellos y las motivaciones que producen dicha dispersión; y siempre presente, pero en un segundo plano aunque no por ello carezca de importancia su compañera de vida Grace Frick siempre presente en la correspondencia y que la define como su amiga íntima.

La religión (cristiana, judía y budista) pasa por sus manos y habla sin tapujos sobre lo que opina; una visita a España donde refleja su opinión sobre Lorca y Sevilla. Pero llega un momento donde su trabajo –escribir, escribir, escribir– copa todo argumento de sus cartas: con los críticos literarios, con las editoriales, con el director de cine al ser llevada una novela suya al cine y su punto de vista, la petición de documentación para el desarrollo de su trilogía familiar Archivos del Norte.

Aunque puede asustar, el tamaño del libro es todo lo contrario; permite acercarse a él de forma tímida y momentánea. Leyendo unas cartas al día, otras al siguiente y así sucesivamente. Pero queda constatado al terminar su lectura que Marguerite Yourcenar está en el cenit de la literatura y hasta el día de hoy no ha sido desplazada, ni creo que llegue a serlo.


© Miguel Urda Ruiz

Texto y fotografía

4/16/2025

El peregrino, J. A. Baker: la naturaleza sin prisas




Dentro del género novelístico, todavía existen historias que parecen ser contadas por primera vez o por lo menos que nos sorprenden al adentrarse en ellas. Porque hablar de una novela cuyo eje es la contemplación de la naturaleza resulta atípico, ya que lo normal es hablar de la acción o los personajes, pero aquí Baker, cuya obra narrativa se limita solo a dos libros, se limita a estudiar los dos elementos primarios que forman o son parte de lo que llamamos vida: la naturaleza y el hombre.

El hombre que contempla la naturaleza a raíz de un estudio sobre el halcón peregrino durante un intervalo de diez años. Esta es la base argumental de la historia, que en cierto modo puede parecer insulsa, pues depende del grado de interés que uno tenga con la naturaleza y su forma de leer, porque no hay una trama o una historia al uso tradicional. Sino que se trata de una contemplación de la naturaleza junto al hombre; es, por lo tanto, una convivencia común donde no hay un límite, solo un fin: contemplar la belleza de un ave, el halcón peregrino en el condado de Essex, antes de que las aves sufrieran una mengua de población debido a los pesticidas o productos agroquímicos. Nos detalla las características del ave: el peso, el tamaño, el plumaje, sus hábitos migratorios, la forma de cazar, el oteo de (posibles) presas, así como el desarrollo de su forma de actuar según la estación del año.

A pesar de ello, considero que Baker escribió una novela muy bien trazada y con el mismo ritmo que proporciona la naturaleza, una musicalidad acompasada, para lectores sin prisa y que quieren deleitarse con su minuciosa prosa, al igual que se hace con la naturaleza cuando no hay prisa. Es una novela que hoy en día no se publicaría por una editorial de gran tamaño y que en este caso sirve como reflejo para aprender a narrar lo minucioso sin caer en una somera descripción.

La naturaleza y la prosa pueden ir de la manoEl peregrino es una constatación más de ello, dirigida solo a lectores narrativos exquisitos y que no tengan prisa por encontrar una historia. Es la contemplación del hombre ante la naturaleza y el depredador. Novela publicada originalmente en 1967, pero no llegó hasta el 2018 a España, de la mano de la editorial Sigilo, y bajo la traducción de Marcelo Cohen. Son doscientas quince páginas de una prosa lenta, densa, pero a su vez bella como lo es la naturaleza.


© Miguel Urda Ruiz

Texto y fotografía

4/10/2025

Una velada en la librería Morisaki, Satoshi Yagisawa: El sentimiento propio de una librería




Desde hace unos cuantos años hay una especie de corriente de novelas que tienen como argumento, epicentro o desarrollo (o todo junto) una librería, sobre todo en Japón, donde proliferan los títulos que remiten a ellas. Y sin entrar en el valor social o antropológico del porqué, sí que resulta llamativo el hecho; la impresión que se extrae es de una evasión como lector, dentro de un mundo que sabemos que nunca nos defraudará.

Una velada en la librería de Morisaki es la segunda parte o continuación; aunque ambas pueden leerse de forma independiente, es un libro al que no hay que pedirle nada más, aparte de un rato de degustación literaria dentro de la sociedad japonesa, o de Tokio en concreto. Sin embargo, la novela no está exenta de un contenido que incite a ir algo más allá. A raíz de tres personajes: un matrimonio, Satoru y Momoko, que regentan una minúscula librería de segunda mano con un pedigrí de tres generaciones, y Takako, sobrina de Satoru, quien les regala un viaje con motivo de su aniversario de bodas y debe quedarse a cargo de la tienda. Nos encontramos con personajes que no encajan en la sociedad; con una serie de malentendidos sin resolver, porque la propia sociedad conlleva al individuo a no expresar sus emociones; y que el ser humano tenga una herida intrínseca sin resolver o incluso perpetuada en el tiempo porque la sociedad nipona, a pesar de estar en pleno siglo XXI, sigue arrastrando el lastre de una tradición milenaria.

Una novela de fácil lectura, ya sea en una tarde de playa o de sofá en invierno, pero que consigue llevarte a Jinbocho, el barrio de Tokio dedicado a las librerías de segunda mano. Conseguimos oler los libros, palparlos, indagar en los títulos a los que hace referencia para incrementar nuestra biblioteca e incluso logra transmitir ese amor que el dueño de la tienda siente por ellos. Nos dan ganas de ir a instalarnos allí o incluso abrir nuestra propia librería. Japón nunca deja de sorprender.


© Miguel Urda Ruiz

Texto y fotografría

4/04/2025

Aquí y ahora, Cartas. P. Auster - J. M. Coetzee: dos grandes de tú a tú




¿Qué ocurre cuando la amistad de dos escritores, –grandes, por supuesto,– llega a hacerse pública? Primero, que entramos en una parcela de su vida privada; y segundo, un sentimiento de admiración-aprendizaje-envidia, todo junto o separado, da igual el orden, porque lo importante es que el libro reseñado deja al descubierto el intercambio de correspondencia durante cuatro años de Paul Auster y J. M. Coetzee, mostrando su intimidad, pero sin caer en la vulgaridad o traspasar la línea del espectáculo que Guy Debord consideró necesaria o adictiva para el gran público.

Cuatro años de escritura epistolar motivados por una admiración mutua y que tuvo como origen el encuentro de ambos escritores en el Adelaide Literary Festival del año 2008, reto propiciado por Coetzee, manifestando a Auster el deseo de un proyecto común. Aunque no queda claro si son a través de cartas escritas como tal, de emails o mediante fax. Publicado a través de una colaboración entre las editoriales Anagrama y Mondadori en 2012.

No hay un "yo te escribo, me escribes tú" y una respuesta al unísono, sino que es un intercambio de correspondencia cuando uno de los dos escritores lo requiere. Entrar en la intimidad de dos escritores es lo similar a entrar en el vacío de un salto, pues no sabes lo que te puedes encontrar. Ya sea de Coetzee o de Auster, percibimos que bajo la capa de escritor –a veces, puesta a modo de excusa o haciendo gala de ella– existe un individuo con idénticas inquietudes que el ser humano que va cada día a trabajar, o con los mismos problemas familiares que cualquier familia: hijos, suegra, matrimonio, etc. Dialogan sobre temas muy variados, dando cada uno su peculiar visión de los hechos y, por citar algunos, son: la crisis económica del 2008; el gusto por el cine y la adaptación de sus novelas; los nervios del escritor ante una conferencia; errores que comete un escritor o incluso lo que el lector espera de ellos; cómo afrontar una cena de Navidad; o si es pertinente dejar la lectura de una novela a medias, dada su escasa calidad.

El tiempo ha pasado por esta correspondencia dejando elementos que podrían considerarse caducos, pero eso no quita, que se aprecie un valor narrativo tanto de la forma subjetiva, como sobre el hecho concreto o la manera de pensar de cada autor. Uno se queda con las ganas de saber más de ambos. 

Paul Auster nos dejó en 2024 y esta parcela de su vida, que él quiso exponer al gran público, no solo deja patente su calidad como escritor; sino que también proporciona una curiosidad acrecentada sobre el resto de la obra de Coetzee. Quedan muchas dudas en el aire, a la par que ninguna, pues el deleite de ambas conversaciones es sublime. Solo lanzar una cuestión a las editoriales: ¿por qué no hay más colaboraciones de este tipo? El lector se lo agradecería.

© Miguel Urda Ruiz

Texto y fotografía


3/29/2025

Carmiña. Correspondencia, Julián Oslé: los réditos de una amistad




Soy consciente de que tendré opiniones desfavorables en mi contra sobre lo que voy a decir de este libro que entra por los ojos, sin duda alguna. La literatura está plagada  de personas que hablan, que dicen, que compartieron, que fueron amigos, conocidos, cónyuge, amantes de tal o cual escritor. Sin embargo, llega un momento donde esa relación traspasa una línea porque la sensación que se percibe es que se puede sacar unos réditos de dicha amistad, y más cuando el autor/a ha fallecido.

Carmina. Correspondencia es un libro profusamente editado, y publicado por la editorial Tres Hermanas, mostrando una faceta privada de la vida de Carmen Martín Gaite y Julián Oslé, basado en la "excusa" de una larga e intensa amistad. Publicado en el año 2024 como un avispado pre-adelanto de todas las publicaciones que este año (2025) están viendo la luz, motivadas por el centenario de su nacimiento.

Al incluir e intercalar objetos personales (postales, fotografías, caligramas, recortes periódicos...) que atestiguan esa amistad, y la estancia de Martín Gaite por la costa gaditana,  no hay que exigirle más, su lectura es amena e incluso curiosa. Es el testimonio de una amistad. Y esa es la excusa, mostrar una parcela de la intimidad para acercarnos más a la escritora. Aristas o trozos de su vida privada al descubierto. Como testimonio, sí, pero para mí subyace un interés peregrino en "demostrar que eran amigos" cuando la verdadera amistad no necesita mostrarse. ¿A quién quiere asombrar? Es posible que sea al propio autor.

No lo voy a negar, he disfrutado contemplando –todos tenemos algo de voyeur– el intercambio de correspondencia. Pero quien conoce un poco la figura de Carmen Martín Gaite, sobre todo a través de sus obras, puede apreciar que no aporta nada nuevo. Su forma de ver la vida y la literatura (o la literatura como una forma de vida), lo generosa que fue con sus amigos, la etapa más nefasta de su vida motivada por la muerte de su hija. Me quedo con un sabor agridulce que no consigo aclarar: amargo porque desvela una parcela demasiado íntima para reflejar una amistad, y que podría llevar a pensar si a la autora le hubiese gustado semejante exposición de su privacidad, y dulce, pues nos muestra que bajo esa escritora subyace una mujer cuyo propósito fue vivir.

No obstante, me remito a las palabras que Carmina dijo en alguna ocasión respecto a su vida: "Quien quiera conocerme, que lea mis novelas".

© Miguel Urda Ruiz

Texto y fotografía